11 de septiembre de 2015
11.09.2015
Tribuna
A Sotavento

«Agua va...»

12.09.2015 | 00:38
«Agua va...»

«Septiembre seca fuentes o se lleva puentes». Este es uno de los tantos refranes utilizados a la hora de definir el noveno mes del año. Otro afirma que por «San Miguel vuelve el calor otra vez».
Respecto a las lluvias el refranero esta vez ha cumplido en Torrevieja. Las precipitaciones registradas durante estos dias suman en torno a los ciento diez veinte litros por metro cuadrado, propiciando la limpieza de polvo y paja en calles, fachadas y vegetación, amén del del simple gozo de verla caer enfundado en una bolsa de basura, humilde pero útil para la ocasión.

En este pueblo donde casi nunca sabe llover, porque raras veces vemos caer el agua de forma menuda pausada, tomándose su tiempo, se han vuelto a poner en entredicho los viejos, nuevos y novísimos estropicios perpetrados por la voracidad de los promotores urbanísticos.

En este sentido recuerdo cuando en el año 1989, también en septiembre, se contabilizaron en una noche trescientos diez litros por metro cuadrado. Fue la última vez que se perdieron las salinas. El agua dulce diluyó la sal.

En aquella ocasión la N-332 en el tramo comprendido entre la bajada del Alto de la Casilla y la pedanía de La Mata, la zona denominada como «El Hondo del Marino», se inundó cortándose la circulación durante varios días.

Algunas señales de tráfico quedaron casi tapadas por la altura del agua embalsada, y se inundaron las incipientes viviendas situadas en la margen derecha del vial. Cuando la maquinaria pesada comenzó a abrir una zanja con el fin de que el agua embalsada continuase su camino natural hasta el mar, el promotor de aquella urbanización me comentó sentirse tranquilo argumentando que pasarían más de veinte años en volver a caer tanta agua. Pensado algunas veces que aquel urbanizador fue el primero en aplicar al urbanismo local aquello «del que venga detrás que arreé».

Hablan de lluvias torrenciales, como si por aquí fuesen un fenómeno relativamente reciente. En tiempos donde sólo existían las viviendas del casco urbano, ya en ocasiones los labriegos afincados en el paraje de La Hoya (actualmente importante complejo residencial) debieron ser rescatados con jarvetas.
En el año cincuenta del pasado siglo la lámina de agua de la laguna salinera aumentó de tal modo que llegó casi a alcanzar la carretera de Crevillente. En aquella ocasión también se perdió la cosecha salinera y la sal se sacó de la laguna de La Mata.

En definitiva: El mar en sus orillas y el agua tierra adentro, poseía, tenía, escriturados los terrenos para discurrir. La avaricia de los hombres se los ha ido robando a dentelladas. En estos tiempos que nos ha tocado vivir, se me antoja una blasfemia de las de antes, escribir sobre un episodio, un hecho que puntualmente han trastocado nuestra rutina diaria. Abrumados por tantas tragedias cada vez mas agobiantes las del Mar mediterráneo, el Mare Nostrum, rebautizado como Mare Mortum, me resisto a caer en la indiferencia, aunque no llego a comprender la gobernanza de quienes mandan aquí y en la gran puñeta.

No entiendo como los países árabes cuyos jeques no saben dónde meter el dinero aboquen a la tragedia a su gente (que huye de una guerra tan insensata, como todas las guerras, peregrinando por toda europa) a los teóricamente suyos no les remedian ni una sed de agua. ¿Geopolitica? No entiendo las guerras, a lo mejor por eso alguien dejó escrito que si Dios existiera tendríamos que llevarlo a los tribunales.

Chachivaches
Mientras tanto y a la espera de Dios diga algo que siempre está callao, te tropiezas con situaciones reconfortantes, repletas de ternura como la protagonizada por el niño José Montero Vera, el hijo de Lucia, la del estanco donde compro el tabaco.

El vivaracho chiguito, alumno de tercero de primaria, se montó a la puerta del establecimiento de su madre una pequeña paraeta, un puestesico de cachivaches, de esos que todos de niños hemos puesto alguna. Con candidez infantil logró recaudar más de cien euros al venderlos durante sus vacaciones, y los invirtió en alimentos. Dos carros llenos a tope entregó días atrás a la ONG Alimentos Solidarios.
Con un con qué. Pepe no quiso comprar habichuelas, aceite o arroz. Se inclinó por magdalenas, zumos cereales, cacaos leche... «Los niños deben disfrutar desayunando» - dijo-.

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