Tribuna

Urbanismo y ocio

06.09.2015 | 11:05
Urbanismo y ocio

Hace diez años, con motivo de la información al público del Plan Especial del Centro Tradicional de Alicante, desde la Plataforma de Iniciativas Ciudadanas se impulsó un debate en el que quedó claro que la resolución de los problemas de este sector urbano precisaban de un conjunto de intervenciones en rehabilitación de viviendas, equipamientos, accesibilidad, escena urbana, ente otros, que incentivasen una regeneración de un área con una problemática de pérdida y envejecimiento de población, un parque de viviendas muy antiguo y con un alto porcentaje de pisos vacíos; y ya entonces se planteaba la problemática de la contaminación acústica, alertando del problema que podría suponer para el barrio la preeminencia de la hostelería sobre una estructura de actividades públicas y privadas más diversas. De este plan ha quedado un retén de la policía local, un centro de personas mayores, algún otro local municipal de uso impreciso, y la Calle de las Setas, dejándose intactos los problemas de base.

Los gobiernos municipales de los últimos años se han sentido siempre más cómodos instalados en un urbanismo desregulado en el que el devenir de la ciudad está dictado por el mercado, limitándose la administración local a tramitar sus iniciativas sin entrar en evaluar sus consecuencias. La herencia de esta manera de entender el urbanismo la encontramos desde la planificación urbanística a la gestión del espacio público. Los gobiernos municipales anteriores no supieron, o no quisieron, entrar a valorar, ni los efectos perversos de una libérrima política de implantación de actividades de hostelería de copas en el Centro Tradicional, ni el impacto que iban a producir en la convivencia social. De los primeros destacan: la contaminación acústica, la ocupación intensiva del espacio público, la degradación del patrimonio arquitectónico y cultural, y las secuelas de suciedad en la calle.

Se ha pretendido justificar la política de actividades hosteleras de copas en el Centro en la creación de empleo y en un pretendido modelo turístico. Con relación al primero, es posible que sea cierto que estas actividades hayan generado empleo en términos cuantitativos, pero también lo es que se trata de empleos temporales poco cualificados: No se trata de menospreciar ningún trabajo, un empleo en hostelería es tan digno como cualquier otro, otra cuestión que cabría preguntarse es si las condiciones de los empleos en ese sector son también dignas; lo que se quiere es insistir es que el empleo cualificado es el que fortalece la economía de una ciudad a largo plazo, haciéndola más próspera y atractiva.

Un modelo turístico impulsado por el turismo de copas supone ignorar otras potencialidades y recursos de la ciudad para atraer visitantes. Pero en cualquier caso, la «ciudad de los turistas» no se puede imponer a la «ciudad de los ciudadanos» por una razón fundamental: mantener la hegemonía de la primera sobre la segunda significa poner el paradigma de la ciudad como negocio y como espacio para el consumo, por delante de la ciudad como comunidad y lugar de convivencia. Es lo que ha ocurrido en Barcelona, situación que ahora se quiere reconducir.

La problemática provocada por las actividades hosteleras en Alicante, exige, a corto plazo, corregir desviaciones haciendo cumplir la normativa de ocupación de vía pública y horarios, como se está haciendo desde el Ayuntamiento. A medio y largo plazo las políticas urbanas que afectan a estas cuestiones habría que dirigirlas en dos caminos esenciales. En primer lugar sería conveniente una reflexión colectiva sobre la realidad de las actividades de ocio en la ciudad, a través de un análisis y diagnóstico del tejido social y urbanístico ligado a las mismas para el conjunto de la ciudad realizado con una visión amplia del empleo de tiempo libre para todo grupo de edades, en el que el consumo de alcohol no sea prioritario. A partir de un diagnóstico sobre potenciales, carencias, debilidades y conflictos de las actividades de ocio y tiempo libre, se trataría de elaborar unos objetivos y criterios generales para toda la ciudad dirigidos hacia: descentralización del patrón actual del ocio en la ciudad, definir niveles e intensidad de ocupación del espacio público por tipos de actividades públicas y privadas, incentivar el mix funcional de actividades públicas y privadas, entre otros.

En segundo lugar, y para concretar unos objetivos para el futuro urbanístico del Centro Tradicional, se debe de buscar qué papel y función debe asumir esa zona en el conjunto del territorio urbano. La inminente revisión del PGOU nos pone en una situación que habría que aprovechar para profundizar en todas estas cuestiones y en darles un marco urbanístico y jurídico adecuado, pero previamente habría que tener claro qué ciudad y qué modelo de convivencia queremos darnos los ciudadanos. En cualquier caso, el Plan General no resolverá por sí sólo todos los problemas de la ciudad. En el caso del Centro Tradicional será preciso implementar acciones sectoriales en vivienda, comercio, accesibilidad, entre otras, tanto públicas como atractivas para la iniciativa privada.

En un artículo reciente en INFORMACIÓN, alguien afirmaba que las actividades de copas en el Centro Tradicional «han dado vida» a unas «calles que estaban muertas». Se trata de una visión muy pobre de lo que debe de ser una «ciudad viva». Los que sostienen esa idea deberían saber que la vida sólo se puede encontrar en un ambiente humano, como el que aparece en las ciudades donde es posible la convivencia sin intermediarios mercantiles; en las que se dan las condiciones para una vida ambiental y psicológicamente sana; ciudades que ofrezcan diversidad de opciones para el tiempo libre con propuestas de ocio activo y creativo, en fin unas ciudades que nos hacen madurar como personas y ciudadanos. ¿Es todo esto lo que nos ofrece una ciudad pensada para el turismo de copas?

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