El mundo está gordo

06.09.2015 | 11:05
El mundo está gordo

Leo una estadística que me deja espantado: La mitad del mundo muere por las consecuencias de la opulencia: Obesidad, complicaciones cardiovasculares, diabetes? Y la otra mitad tiene hambre. A ver cómo se come esto.

Vamos a ver, majete: Tú que me estás leyendo, que por las mañanas te levantas y te miras al espejo diciendo: «me tengo que quitar estos michelines»? Sí, tú? Resulta que te estás comiendo la parte de otra persona. Así, sin anestesia.

De modo que hay dos asignaturas pendientes en este asunto: La primera es el reparto de la riqueza, no solo en comida, también en agua, en recursos, en energía? pero de eso hablaremos otro día. El segundo asunto es enseñaros a comer. Vamos a ello.

Aquí tenemos mucha experiencia en eso. No en vano el diseño de Homo sapiens es cosa mía. En aquellos tiempos –parece ayer– las cosas no eran como ahora. Había glaciaciones incomodísimas, depredadores por todos lados, la agricultura apenas producía tres nabos y un tomate, no sabíais pescar, no habíais inventado el frigorífico? Consecuencia: me las tuve que ingeniar para que pudierais almacenar reservas en vuestro cuerpo para pasar las épocas de carestía. E inventé la grasa.

Sí, ya sé, ya sé lo que me vais a decir. Pero entonces la grasa fue todo un hallazgo.

Además, en otros planetas todavía sigue siendo eficaz y segura. Es verdad que en ellos no nació el tal MacDonalds. Pero lo que entonces fue todo un invento, el tiempo lo ha transformado en un inconveniente.

¿Qué, que no os ha pasado nunca a vosotros en vuestras vidas?

Poco a poco fuisteis evolucionando y al principio no había problema alguno. El problema que teníamos era alimentar a toda la caterva. Lo hacíamos de la mejor manera que podíamos, con los productos que teníamos a mano, de la tierra, del mar y algún que otro animal de cuatro patas. Pero con moderación. Y así inventamos la dieta mediterránea. Ese fue JC. Cuando estuvo por Palestina le encantó el aceite de oliva, el atún, los tomates –de Mutxamel, son los mejores de la Galaxia– y, sobre todo el vino. Aún recuerda uno llamado Fondillón, que cada vez que sube alguien de Monóvar le hace traerle una botellita. Así de fácil: dieta de isla desierta, como dice un cardiólogo que envié a Alicante hace algún tiempo y se llama Sogorb, el que más sabe del Universo de colesterol y de casi todo. Pues con esta dieta las cosas iban de maravilla. Pero ha sido en estos últimos cuarenta años. Alguien descubrió que las grasas saturadas –yo no sé bien qué es eso, pero parece que son malísimas, según me dice JC–, el azúcar refinado, los donuts producen adicción, necesidad de comer más y más. Además, otros alguienes inventaron el coche, los ascensores, los sofás y el mando a distancia, con lo que la hemos acabado de estropear.

Consecuencia: El Homo sapiens que tan bien arregladito lo habíamos dejado ha evolucionado a homo obesus. Y cuando antes moríais de hambre ahora lo hacéis de abundancia. Ojo, que esto no ha hecho más que empezar. Yo, que sabéis que puedo ver el futuro, estoy espantado: en 2115 la talla mínima de ropa será la 52 y los aviones tendrán un asiento por fila? ¡incluso en Ryanair!

Así que o le ponemos remedio a esto o el Planeta Tierra va a convertirse en Planeta Grasa. Y el problema de los niños ni lo imagináis?

Bien. Hasta aquí el problema. Veamos las soluciones. No son dietas milagrosas de esas que salen en las revistas cada vez que se aproxima la operación bikini, no. Se trata de algo mucho más sencillo, pero más difícil a su vez. Se trata de cambiar los hábitos alimenticios y el estilo de vida: Veréis: hay que volver a la dieta natural, esa mediterránea que tantas veces hemos comentado: Pescado, vegetales, aceite de oliva, un chatito –¡uno!– de vino? y dejar el chorizo y los pasteles para ocasiones excepcionales. En vez de hamburguesas yasabeisdonde, reintroducid en la dieta de vuestros hijos los bocadillos, los potajes de la abuela –la olleta de Alcoy es especialmente nutritiva y sabrosa– y el agüita de la fuente. Segundo paso: coche en el garaje, prohibido ascensor, unas buenas zapatillas de deporte y media hora diaria de correr, nadar, remar, o lo que demontre os guste.

Pero –y esto es lo realmente importante– no se trata de hacerlo una semana, hasta que el eco de estas palabras se apaga, no. Se trata de cambiar vuestros hábitos, como os he dicho. Y, en caso de duda, como un neumólogo alicantino que no quiero nombrar recomienda a sus pacientes: «Dieta del medio plato: Una ración como si fuera para el niño».

¿Veis qué fácil, hijos míos?

Os dejo, me voy al Arena a remar un rato, que uno es Dios, pero también ha de cuidar sus arterias?

PD. Según la Fundación Dieta Mediterránea, las bases de esta alimentación son «el aceite de oliva, consumir alimentos de origen vegetal en abundancia (frutas, verduras, legumbres, frutos secos), el pan y los alimentos procedentes de cereales (pasta, arroz y sus productos integrales), alimentos poco procesados y de temporada, consumir diariamente productos lácteos, principalmente yogurt y quesos, la carne roja se tendría que consumir con moderación y si es posible como parte de guisos, consumir pescado en abundancia, agua y vino solo en las comidas, realizar actividad física todos los días».

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