Las elecciones no son para el verano

En otros tiempos, en agosto apenas había actividad que mereciera la pena para la prensa

06.09.2015 | 11:05
Las elecciones no son para el verano

La falta de noticias económicas y políticas contribuía al placer vacacional; el derrumbe de los mercados era impensable, porque hasta los inversores descansaban; los políticos, lejos de sus escaños, se perdían y, a lo más, se dejaban fotografiar en rincones de la montaña o el mar.

Sin elecciones políticas a corto plazo, el «cerrado por vacaciones» suponía la ausencia de campañas electorales, ruedas de prensa, discursos y mítines, y la paz se instalaba para todos, porque muerto el perro, se acabó la rabia.

Pero la realidad es rebelde y, en este largo y tórrido verano, nos ha traído multitud de incidentes. Obviando las malditas guerras, referiré solo algunos: En junio y julio, la tragedia griega amenazaba a la Unión Europea, y, por repercusión, al resto de economías mundiales. El 24 de agosto, lunes negro de las bolsas, se produjo la hecatombe de las Bolsas mundiales, contagiadas por la de Shangai, que están haciendo sudar tinta china al mundo entero, porque si la fiebre asiática proviene de la segunda potencia mundial, ¿quién no se pone a tiritar? Otro lunes, el 31 de agosto, puede calificarse como el lunes negro del desempleo en España: en ese día causaron baja 333.107 trabajadores, convirtiéndose en el peor de los últimos años, lo que hace pensar en una desaceleración de nuestra economía, que, no obstante, muestra otros rasgos alentadores.

En tan decepcionante marco se nos ha mostrado cada día la terrible gravedad del desamparo de miles de refugiados sirios y otros emigrantes que se revelan ante un sino que les condena a una vida insoportable y de la que, aun a cambio de la muerte, buscan amparo en un mundo mejor: el nuestro. Un mundo globalizado, que se sirve de la universalidad sólo para expandir sus afanes comerciales, que no su solidaridad.

En el contexto nacional, bajo el tórrido calor, nuestra economía también sufre las consecuencias de las mal llamadas elecciones catalanas, donde se dilucidará cuanto al señor Mas y demás independientes travestidos les da la gana en sus tribales sueños que devienen en pesadilla para los demás. Mientras, la Justicia, lenta pero segura, ajena al tiempo, pone en evidencia, una vez más, las posibles mordidas de CiU, que el President, como tantos otros políticos han hecho, niega a destajo, sin necesidad de que cante el gallo, culpabilizando al Gobierno de España, y a las fuerzas del orden que cumplen con su deber, ajenas al calendario electoral, porque esta España se pierde entre un sinfín de elecciones en todo tiempo y lugar.

Pasadas las municipales y algunas autonómicas, llegan las catalanas, primero, y las generales en diciembre. Nos están permitiendo ver cómo la huestes políticas han tornado en agosto al Parlamento, tomado la calle y aparecido en los medios. Ora para presentar y discutir los Presupuestos; ora para hacer políticas de apoyo, contención al enemigo y ninguneo. Y como, nuestros políticos, antaño pasivos, son hoy activos, viajan para mostrar su poderío y recabar apoyos, en contra del inmovilismo del que se les acusa: Rajoy en Alemania y Sánchez en Sudamérica, como ejemplo.

Con tanta prisa, el partido en el Gobierno se ha tomado en serio lo que a todos alarmaba: el recochineo y el desprecio a lo judicial de muchos gobiernos territoriales. El presidente, ni corto ni perezoso, abandonando el dolce far niente en los abusos del independentismo catalán, se ha puesto manos a la obra. Eso sí, olvidándose del tiempo y la forma, y sin contar con los demás. La proposición de ley para acabar con el ninguneo que los gobiernos autonómicos hacen a las sentencias del TC, que desacatan cuando y cuanto les place, en una burlesca actitud que no tienen reparo en disimular, es coherente con el sentido común, como también lo es el enfado de los demás grupos, que no su desacuerdo, porque se les haya ignorado en su elaboración y presentación. Aunque afirmen lo de «¡a buenas horas!», hay que acabar con los grandes estragos, entre otros los económicos, que están causando los sueños independentistas de quienes con sus ronquidos no dejan descansar.

Decía Groucho Marx que «la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos y aplicar las soluciones equivocadas». Pero no siempre es así. Es verdad que los políticos suelen rehuir enfrentarse a los problemas graves con voluntad de consenso. Véase, además de los citados, la reforma de la educación, de las administraciones públicas, de la financiación autonómica, de la justicia, de las pensiones, del agua, y sobre todo, del tejido económico para poder alcanzar y sostener el nivel de empleo necesario. Dejan para mañana lo que duele desde ayer, aun siendo asuntos de Estado sobre los que deberían de alcanzarse soluciones consensuadas, duraderas.

A rebufo de las elecciones, con la necesidad de aprobar, contra viento y marea, los presupuestos de 2016, los parlamentarios, apenas si han tenido vacaciones, ¡quien lo iba a decir! Dedicados a justificar o rechazar las medidas presupuestarias; a calentar a sus huestes en plena precampaña; hasta a tomar posesión de alcaldías y comunidades, adoptando medidas que, unas veces sí y otras no, tienen sentido, aunque convendría que huyesen de juicios de valor y adoptasen decisiones coherentes en función de su necesidad y con sentido de eficiencia.

En este agosto de disparates, de dimes y diretes, se han afirmado cosas y se han desmentido a continuación, cuando no silenciado. En materia fiscal, en el proyecto de Presupuestos es notoria la falta de importantes medidas tributarias, porque ya fueron adelantadas por el Ejecutivo a comienzo de verano, especialmente en el IRPF, para que sus efectos económicos y sociales se advirtieran por los ciudadanos con mayor prontitud, y a beneficio de inventario electoral. La sempiterna bajada del IVA cultural, que por enésima vez casi se anunció, para librar a la cultura del lastre que soporta, no se ha visto plasmada en el proyecto, y es que «una cosa es predicar, y otra, trigo dar».

Y duele, una vez más, que el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, haya arremetido y tildado de frivolidad la demanda de justa financiación para nuestra Comunidad. Exige que cumplamos, sin más, el objetivo del déficit del 0,7%. No importa nuestra escasa e insuficiente financiación estatal; de nada sirve que, siendo más pobres que la media de España, aportemos más de lo que recibimos para ayudar a otras que están mejor. Nuestras quejas son, para él, mandingas. Y lo dice, ¡qué ironía!, sabiendo que tenemos razón. Así se lo han confirmado todos los informes y estudios económicos realizados al efecto, algunos encargados por él mismo a los más prestigiosos expertos. No es de su interés acabar con el agravio. Prefiere seguir el consejo del hidalgo: «Procure siempre acertalla el honrado y principal, pero si la acierta mal, sostenella y no enmendalla».

Pues bien, aunque lo escribiera el valenciano Guillen de Castro en «Las Mocedades del Cid», es un disparate y eran otros tiempos. Continuar en el error es anuncio de perdedor para unas elecciones que están ahí. Esta solidaridad mal entendida que se nos exige es regresiva, dañina. Justo lo contrario de la solidaridad que no se tiene con nosotros en otros territorios. En materia del agua, por ejemplo.

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