Elogio de la locura

Verano maldito

03.09.2015 | 16:01
Verano maldito

Se corta la saga filosófica. No queda otro remedio. Verano estoico, soportando el calor bochornoso que deja los sesos como una masa informe y pringosa, casi chocolate a la taza. Verano cínico, escuchando promesas que jamás serán cumplidas sobre el bienestar que nos espera cuando ganen las elecciones quienes tienen que ganarlas casi por derecho divino, porque el poder es una prolongación lógica de su ser y porque sólo ellos y nada más que ellos saben administrarlo, gestionarlo con la mesura, la inteligencia y el provecho que poseen de manera genética.

No he podido hablar del verano epicúreo. He tenido poco espacio en él para placeres físicos e intelectuales, para ausencia de dolor y existencia llena de paz y equilibrio, lo que buscaban los seguidores del filósofo de Samos que da nombre a la escuela.

Este ha sido un verano achicharrante en el que no hemos ganado para trancazos ni para jarabe de la tos. Por cierto, el jarabe hay que pagarlo porque la Seguridad Social no hace frente a las bronquitis. Voy a mi galeno, confiado, y le digo: doctor, no puedo dormir porque de tanto cambio, del aire acondicionado al bochorno y del bochorno al aire acondicionado, me han quedado los bronquios anegados como las cañerías del Titanic. Mis esfuerzos por respirar se reducen a una serie de pitidos entre los que no se mueve ni una gota de aire. Saco el talonario de muface y me suelta el doctor: guárdalo que estos medicamentos no entran en el seguro. A pagar. He aquí el estado del bienestar.

Parece que va a comenzar el refresque. Ojalá y la virgen, como dicen en mi tierra en una muestra de sincretismo cristiano-musulmán, que como bien afirmaba Américo Castro, España ha sido hecha, durante siglos, por la conjunción activa de judíos, moros y cristianos, viviendo en una armonía creativa muy superior a la actual.

Miro el telediario con la ansiedad propia de la novicia que va a arrojarse en brazos del amado, como si acudiera a esos banquetes cuasi sacramentales en los que las caídas de ojos echan fuego -ver literatura mística del siglo de oro-. Espero las noticias sobre el tiempo. Las otras las he oído dos mil trescientas veces. Que acabe de una vez este sopor que inhabilita para cualquier tarea física, psíquica o intelectual. Nada. Sigue la mancha roja sobre el mapa de España -con perdón que el mapa de las isobaras y las bajas presiones no es una premonición- sigue la mancha roja extendida como una losa, sobre península y Baleares, la masa de aire sahariano que nos aplatana.

Veo en la televisión una multitud de personas andando por parajes agrestes, siguiendo las vías del tren, padres y madres con niños en brazos, con enseres raquíticos, con bolsas, con botellas de agua. No es ninguna romería. No son las fotos de la Santa Faz. Esta es una romería maldita.

Millones de personas, en todas las épocas y lugares, han sido echadas de su pueblo por causa de la guerra. Es el sino de la humanidad a lo largo de su historia: guerras y migraciones. Los hombres, desde Atapuerca hasta hoy, se mueven en busca de la comida, del agua y de la vida en paz. Un contrasentido demoníaco: los hombres provocan guerras -los poderosos, los trincones, los que anhelan el poder a cualquier precio- y los hombres sufren sus consecuencias -los pobres, los débiles, los que no tienen donde caerse muertos ni grupo de poder que los proteja-. El monstruo bíblico Leviatán, animal temible que menosprecia a todos, es omnipresente. Está clarísimo que el hombre es un lobo para el hombre.

Los expulsados de Siria -creíamos que la revuelta contra el tirano al-Asad, recordemos las primaveras árabes, iba a ser buena y ha sido peor el remedio que la enfermedad. Vagan a pie por Serbia, buscan entrar en Europa como sea y en Hungría facilitan la tarea poniendo concertinas con cuchillas por debajo de las cuales tienen que colarse a duras penas chiquillos que no entienden por qué están perseguidos y por qué han de arrastrase bajo las cuchillas en un intento desesperado por sobrevivir. Me recuerda esta imagen a los republicanos españoles que huyeron a Francia a través de los Pirineos, cuando las tropas franquistas estaban a punto de caer sobre Barcelona, y fueron tratados por los franceses a palo limpio confinándolos como a sabandijas en las playas de Argeles sur Mer.

Este Estado Islámico que pretende instaurarse universalmente bajo la inspiración del Corán tiene un grave problema. Como todas las dictaduras pretende cortar la cabeza -literalmente- a todo lo que no sea de su color. En este crimen contra la humanidad no solo son víctimas los hombres de carne y hueso. Se han cargado la civilización occidental que nació hace cuatro mil años en las orillas del Tigris y el Eúfrates. El templo de Baal, dios de ecos bíblicos, del éxodo mosaico, los templos de las civilizaciones asirias, ninivitas y babilónicas, los toros que adoraban, como símbolo de poder, aquellos hombres en los que empezaron a nacer las ideas de trascendencia. La cultura de la humanidad, estos estados islámicos, se la han pasado por el forro. Nos han matado un poco a todos. Todos somos hoy más huérfanos.

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