En la muerte del poeta Carlos Sahagún

02.09.2015 | 03:41

Tras publicar Primer y último oficio en 1979 (Premio Nacional de 1980), Carlos Sahagún quiso desaparecer del escaparate literario. Todavía en 1995 me dio autorización para incluir poemas suyos en una antología colectiva; pero algunos años después me la negó para editar su poesía completa. Sahagún era alguien habituado a decir no: a entrevistas, congresos, fama póstuma, manuales de literatura. Catedrático de Instituto, se escapó de la tarima, a la que regresó tras ejercer de inspector educativo un tiempo. Su carrera docente la había empezado en Exeter (Inglaterra); para terminarla volvió a irse de una España a punto de morir de éxito, esta vez a Palermo. Era bueno, en el buen sentido de la palabra. Ahora ha muerto sin dar tres cuartos al pregonero: estaba instruido en desaparecer sin que nos percatásemos.
Su primer libro, Hombre naciente (1955), es un conjunto de sonetos bien armados, pero la voz que se escucha es la de un adolescente colonizado por Miguel Hernández; por eso lo excluyó de su bibliografía. En 1957 obtuvo el premio Adonáis (Profecías del agua, 1958), que habían ganado poco antes Claudio Rodríguez y José Ángel Valente. Ese libro y Como si hubiera muerto un niño (1961) evocan la infancia de un niño de la primera posguerra que conoció la vejación y el dolor de los vencidos. Y aunque Sahagún es un espléndido poeta amoroso, no quiso que los gozos del amor hiciesen olvidar una guerra donde «murieron tantos justos, tantos pobres». Por su título, Estar contigo (1973) hace pensar en un volumen amoroso; y aunque lo es también, ante todo es el gran libro de poesía cívico-política de su generación. Con Franco aún vivo, hay un poema necrológico que celebra su desaparición y la democracia que vendría: «Mientras vivió, permaneció en lo alto. Hoy quedan, / retratos pisoteados, libros y panegíricos, / y algo como un horror en la conciencia / colectiva»...
Pero la democracia que llegó lo decepcionó. De esa amargura y de su pesimismo consustancial da cuenta Primer y último oficio, punto final de su obra. Ese libro está entre los más bellos, atribulados y sombríos de su tiempo histórico, quizá solo parangonable a alguno de Antonio Gamoneda, aunque más sobrio y menos desgarrado y vehemente. Es verdad que en la poesía solemos buscar una suerte de consolación; pero, paradojas del dolor, resulta difícil no sentirse redimido por esa luz crepuscular de Sahagún, que muestra la vida como un derrumbadero de sueños: «los navíos no zarparán, / las islas remotas no existen».

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