Elogio de la locura

Verano cínico

27.08.2015 | 03:01
Verano cínico

Un cínico desprecia la riqueza, la gilipollez. Desprecia todo lo que nos esclaviza y nos hace vivir postrados, con el acojone a flor de piel. He ahí el germen ineludible de la libertad

A este paso -no creo que me atreva a meterme en esa camisa de cuarenta varas-, dado que el anterior artículo en INFORMACIÓN fue Estoico verano y el próximo puede ser Veranillo epicúreo, a este paso, digo, daremos un curso de filosofía por entregas.

El presidente del Gobierno, después del batacazo electoral de mayo lo ha dicho claro y alto a los prebostes y a las bases del partido: hay que pisar la calle, hay que estar con la gente, hablar con ellos. Menos despachos y más pisar los sitios por los que anda el pueblo llano. Lo ha puesto en práctica y lo hemos visto bañándose en ríos gallegos, tomando café en bares de pueblo y haciendo senderismo como si de un peregrino de Santiago cualquiera se tratase. Es lo que tienen las campañas electorales, que políticos de todo signo y condición se lanzan al besuqueo, a firmar autógrafos, a hacerse fotos con los niños y a bailar en las verbenas de pueblo con la que se ponga por delante. Todo por un voto, que hay que arañarlos hasta debajo de las piedras. Los políticos, de toda condición. Sin excepciones. Otra cosa es que cuando ganan haya que pedir audiencia diez veces y esperar para ver si cae la breva y puedes acceder al que antes te abrazaba sin que lo pidieras.

Lo mismo que no me atrevo a impartir un curso de filosofía por entregas en este Elogio de la locura que huele a Erasmo de Roterdam, tampoco se me ocurre -para que no me llamen gilipollas, con razón- compararme en nada con el presidente. Me gusta, sin embargo, desde siempre, pisar la calle y hablar con la gente. Se aprende casi tanto como en los libros y, dependiendo de con quien se trate, a veces, mucho más.

En el bar donde desayuno y tomo café a diario, hay un par de mesas de abuelos - estoy a punto de cogerlos en lo que a edad se refiere- en las que ya me voy pidiendo un hueco. Los abuelos acaparan los periódicos, acaparan las sillas y las mesas. Hay que adaptarse al medio para sobrevivir como ya dejó claro Charles Darwin. O te alías con ellos o no pillas un diario escrito y tienes que tomar el café de pie como si fueras un israelita celebrando la marcha por el desierto.

La televisión está repitiendo noticias una y otra vez. Salen cortes de políticos de distinto signo hablando de los presupuestos que van a aprobar a la voz de ya aunque luego sea otro gobierno, el que salga de las urnas en diciembre, quien tenga que bregar con ellos o trampearlos en la medida de lo posible. Unos presupuestos populistas, electoralistas en los que todo tiene un tufo dulzón, social, preocupado por el prójimo, casi caritativo. En estas, uno de mis abuelos colegas, impreca en voz alta al telediario: ese señor es un cínico.

Se hace, tras la expresión contundente, un silencio sepulcral.

El vocablo cínico se emplea hoy solo en sentido peyorativo. Se aplica mucho a los políticos en sentido de mentiroso, que tiene la cara como el cemento, que no cumple lo que promete o que es capaz de decir con la sonrisa puesta y ejecutar sin mover un músculo, la mayor de las tropelías, que es capaz de defender hoy una cosa y mañana la contraria con la misma pasión y vehemencia. Cínico, en el peor de los sentidos, es el que va de honradísimo, de que jamás se ha llevado un duro, publica eso a los cuatro vientos y de pronto lo vemos esposado, saliendo del furgón policial, rodeado de guardias civiles que registran los locales por los que se mueve y sale, de pronto, con un mandamiento de prisión firmado por el juez competente de la Audiencia Nacional. Cínico en el peor sentido pero no en el sentido original.

Los cínicos -cara de perro, desde el punto de vista etimológico- eran unos filósofos de cuatrocientos años antes de Cristo. Pretendían, como todos los filósofos y los que no lo son, vivir felices. Su receta -parecida a la de los estoicos de quienes hablamos la semana pasada- era permanecer imperturbables antes los avatares y los embates de vida diaria. Pretendían resistir, con impasibilidad y casi con desvergüenza burlona, la pobreza, el hambre o el frío porque son cosas que «no dependen de la propia voluntad y siempre nos vienen impuestas». Pregunten, si no, a tantos pobres como pululan por Alicante, si lo son de forma voluntaria.

Un cínico desprecia la riqueza, la gilipollez, el lucir las apariencias, el lujo imbécil, los puños vueltos y los gemelos, los relojes de oro y los coches de ocho cilindros, los barcos de setecientos metros para el fornicio y los aviones privados. Un cínico desprecia todo lo que nos esclaviza y nos hace vivir postrados, con el acojone a flor de piel. He ahí el germen ineludible de la libertad.

Diógenes, el cínico, comía un plato de lentejas y otro filósofo cutre, pelota del rey, le dijo: «Si trabajaras para el rey no tendrías que comer lentejas». Él contestó: «Si comieras lentejas no tendrías que trabajar para el rey». Yo querría ser cínico.

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