Opinión

La secta del cuarto voto

26.08.2015 | 05:13
La secta del cuarto voto

El Vaticano concluyó que el fundador de la Legión de Cristo perpetró «gravísimos y objetivamente inmorales comportamientos que se configuran como delitos y manifiestan una vida sin escrúpulos y sin auténtico sentimiento religioso»

Confieso que conforme me documentaba sobre la vida de Marcial Maciel, fundador de la congregación de los Legionarios de Cristo y el movimiento Regnum Christi, sentía que me acercaba al corazón de la tiniebla de una extraña secta que el propio Vaticano define como la obra de un «psicópata, contumaz delincuente y sin sentimiento religioso alguno». Este monstruo, que según un ex seminarista, se resumía en: «Terror, mística, disciplina, engaño y explotación», consiguió un imperio económico-religioso (los pobres son un buen negocio, decía Maciel). Este imperio consistía en 1.500 inmuebles, 400 sociedades operativas, 22.000 personas contratadas, 800 sacerdotes legionarios y 2.500 seminaristas. Su alcance económico se cifra en 20.500 millones de euros. A través de la entidad financiera, Integer, gestiona en todo el mundo: 15 universidades, 50 institutos de educación superior, 176 colegios, 132.300 alumnos, 75.000 miembros del Regnum Christi, 1.064 laicos consagrados y casas en 22 países. En España esta congregación dirige 7 colegios en Barcelona, Madrid, Sevilla, y Valencia, y la Universidad Francisco de Vitoria en Madrid. Pertenecen o han pertenecido al Regnum Christi, algunos de los más ricos empresarios con glamour que daban sabrosas donaciones –Maciel siempre apuntó muy alto- las Koplowitz, los Oriol, y sobre todo Ruiz-Mateos, y políticos del entorno de Aznar: su mujer Ana Botella, los ex ministros Acebes, Michavila y Marcelino Oreja, y Gustavo Villapalos exrector de la Universidad Complutense de Madrid.

Marcial Maciel sacerdote mejicano (nacido en 1920 y fallecido en 2008, hijo de madre beatificada y sobrino del obispo San Rafael Guízar), de muy joven sintió la llamada de crear una orden, fundando los Legionarios de Cristo. Por sus dotes seductoras, consiguió que una viuda multimillonaria le diera cuantiosas donaciones para su congregación, y siguió creciendo su secta ultra católica por su habilidad para granjearse las simpatías de las aristocracias mexicanas, su maestría para obtener recursos económicos y crear la red de protectores que tejió en el Vaticano a través de donaciones dudosas, unos cien mil euros anuales a la Santa Sede, y coche con chofer a los principales prelados de Roma.

Pero este fundador en el fondo era un sexópata que calmaba sus ansias con infantes y adolescentes seminaristas -se calcula en más de 200 sus víctimas juveniles-, convenciéndoles de que al masturbarle o dejarse penetrar sexualmente estaban haciendo una buena obra porque él tenía «permiso especial de Pío XII», pues tenía «retención de semen» que era muy malo para su salud, según testimonio fidedigno de varios seminaristas. Cautivador de mujeres con las que procreó varios hijos (en Madrid tuvo una amante que vive holgadamente con su hija, y pareja estable de una joven mejicana de 19 años cuando la sedujo a los 45 años y padre de tres hijos en Cuernavaca).  Fundó sin autorización alguna la «casa de las consagradas», grupo seglar de 900 jovencitas de 15 a 17 años, que vivían casi aisladas de su familias y que debían dar cuantiosas donaciones. Era adicto a distintas drogas, y se descubrió que su libro El salterio de mis días, libro de cabecera de la Legión de Cristo, era simplemente un plagio de un texto escrito por Luis Lucia.

Pudo mantener con discreción esta vida de crápula por saberse rodear de una red protectora de beneficiados y complicidad en los superiores, y especialmente por exigir el «cuarto voto», que era el del secreto, el de no criticar y no denunciar nunca a sus superiores, impuesto a sus sacerdotes y seminaristas, bajo pena de excomunión y expulsión.

Pero ya, desde 1978 algunos legionarios atacados sexualmente por Maciel en su niñez o adolescencia, le hicieron llegar a Juan Pablo II misivas en las que relataban los horrores perpetrados contra ellos, pero la respuesta fue el silencio. Incluso un obispo mejicano y un sacerdote se entrevistaron con el entonces cardenal Ratzinger, y después de escucharles les dijo que no podía hacer nada por ser Maciel protegido del Papa, que le había nombrado «guía de la juventud». Sólo cuando en Méjico se publicaban revistas y reportajes de televisión denunciando sus tropelías, Ratzinger, poco antes de morir Juan Pablo II, le apartó de la dirección de los Legionarios, y siendo ya Papa le ordenó que se retirara de toda actuación eclesiástica, pero mandó archivar el expediente por la edad de 86 años y su enfermedad. Dos años después de su fallecimiento se abrió una comisión de 5 obispos que llegaron a la conclusión de que el fundador perpetró «gravísimos y objetivamente inmorales comportamientos que se configuran como delitos y manifiestan una vida sin escrúpulos y sin auténtico sentimiento religioso, confirmados por testimonios incontrovertibles». El Vaticano propone quitar el carisma del fundador, y refundir esta orden. Pues toda congregación católica requiere, según el Derecho canónico, una doble inspiración divina: la experiencia de Dios en el fundador, y haber recibido éste un don para edificar a la Iglesia y evangelizar al mundo. La Legión de Cristo jamás ha tenido este sustento, por lo que sólo procede disolver esta orden ilegal que algunos llaman del diablo. Pero hay muchos intereses económicos que lo impiden. Efectivamente, después de un proceso que ha tomado cuatro años, en noviembre de 2014 la congregación de los Legionarios de Cristo finalmente ha recibido la aprobación del Papa Francisco de sus nuevas Constituciones, cerrando así el proceso de supuesta renovación que inició en esta institución eclesial luego de conocerse la doble vida de su fundador.

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