Opinión

Silogismos políticos

20.03.2015 | 04:01

En una reciente entrevista televisiva el líder de IU, Alberto Garzón, afirmó que un político que roba no es de izquierdas. La presentadora quedó ojiplática esperando la sesuda fundamentación de tan rotundo juicio. Pero el ufano político tan solo reiteró la frase como si se tratase de un mantra exento de posible análisis. Aquella noche mi mente andaba un poco embotada por tanto debate insustancial con que los medios nos suelen castigar en períodos electorales. Y quizá buscando cierta evasión que me sacase del hastío, me vino a la mente la escolástica medieval. Mi imaginación se puso a fantasear. Imaginé entonces una distópica España donde la afirmación de Garzón, cual dogma teológico medieval, se asumiese por fe, revelación de algún libro sagrado o por la autoridad indiscutida de algún presunto sabio. ¿Qué nos diría Garzón?

Tratándose de un escolástico del siglo XXI no sería impensable que el joven líder de IU recurriera entonces a una suerte de argumento ontológico similar al de san Anselmo. El concepto «ser de izquierdas» es equivalente a «ser moralmente perfecto». Y siendo así, al pensar con detenimiento en él, se da uno cuenta de que «ser honrado» está necesariamente unido a su esencia. Es entonces inconcebible que alguien sea de izquierdas y sea a la vez un ladrón. Negar esta evidencia no es cosa de malvados, sino de insensatos que no entienden lo que piensan; como Anselmo decía de los ateos. ¿Recuerdan? Dios es un ser perfecto. La existencia real es una perfección. De modo que basta pensar correctamente en Dios para evidenciar que existe.

Si la presentadora no acababa convencida tras la clara exposición, el escolástico Garzón, bregado en la disputatio, podría utilizar, como antaño, el resultón raciocinio silogístico. El ejemplo más clásico y famoso del susodicho razonamiento aristotélico expresaba que todo hombre es mortal y que también Sócrates lo es. El nuevo, calcado del anterior, vendría a decir lo siguiente: Todo hombre de izquierdas es honrado. Juan es de izquierdas. Luego, Juan es honrado. Pero, ¿qué pasaría en aquel mundo imaginado si Juan, que es de izquierdas, roba? Pues que no es Juan, no es verdaderamente de izquierdas o sencillamente no roba. La premisa mayor quedaría intacta.

Pensé más detenidamente en ese mundo destilado por mi calenturienta mente y descubrí que, después de todo, no era tan disparatado, pues tal escolástica política se aplicó profusamente en los años setenta. Cada vez se hacía más evidente que la URSS era una cruenta dictadura donde la élite gobernante no era igual que el resto de los mortales. Sin embargo muchos no lo veían así. Recuerdo al pobre Solzhenitsyn por televisión contando las penurias padecidas en su celda siberiana y denunciando las perversiones del sistema soviético. Y cómo una hueste de intelectuales se indignó por su mentiroso testimonio. El maltratado Solzhenitsyn se quedó pasmado al constatar cómo tantas personas presuntamente inteligentes, que incluso habían viajado a la URSS, negaban la evidencia. Es decir, que la URSS seguía siendo un paraíso porque era comunista o, volviendo a nuestro primigenio silogismo, que Juan no robaba porque era de izquierdas. De modo que la premisa mayor: un país comunista es un paraíso, seguía estando vigente. A principios de los ochenta algunos dejaron de afirmar que la URSS era un paraíso. Pero el silogismo seguía funcionando. La URSS pasó a definirse como capitalismo de estado. O sea, que finalmente resultó que Juan no era de izquierdas, pero el comunismo seguía siendo un paraíso. ¡Acabásemos!

En los setenta y ochenta el eficaz silogismo desprestigiaba mecánicamente a los malintencionados críticos. Todos ellos filocapitalistas, contrarrevolucionarios, derechistas y fascistas. Solzhenitsyn incluido. Y es que las cosas habían cambiado muy poco desde Galileo, otra víctima del silogismo. El dogma medieval decía que todo cuerpo celeste giraba alrededor de la Tierra. Galileo, que era heliocentrista y negaba lo anterior, invitaba a sus adversarios a mirar los cielos a través del telescopio. Pero los escolásticos no veían lo mismo que él. Para muchos los satélites de Júpiter no existían. Para otros sí, pero sus órbitas alrededor del gigantesco planeta eran una ilusión provocada por las lentes del endemoniado aparato. Y entre la autoridad del sabio Aristóteles y los mentirosos cristales, los escolásticos se quedaban, claro está, con lo primero.

La escolástica medieval acabó por ceder ante el empirismo de Francis Bacon y el racionalismo cartesiano. Bacon y Descartes advertían que el razonamiento silogístico servía para exponer con claridad algo previamente asumido como verdad, pero resultaba inútil para deducir una nueva verdad. O sea, que se trataba de un engañabobos. Pero, ¿podrían también desmontar la afirmación de Garzón? Bacon recomienda la inducción empírica. Tras constatar por experiencia que Juan, Pedro y Javier son de izquierdas y no roban, podríamos enunciar una ley, siempre provisional, que afirmase que los políticos de izquierdas no roban. No obstante, bastaría un caso particular que contradijese esa ley para echar abajo la verdad general del enunciado. El puntilloso Descartes, algo más parco, subrayaría que el enunciado en cuestión no es claro ni distinto. Y aun siendo considerado verdadero por fe, revelación o autoridad no es desde luego cierto. Es decir, es dudable, pues no es evidente per se ni se concluye tras sólido razonamiento. Motivos suficientes para rechazarlo.

Obviamente el tema que se dirime aquí no es si es mejor ser de izquierdas o de derechas. Cuestión peliaguda que tan solo se podría responder tras arduas especulaciones metafísicas. Tampoco tratamos de averiguar si efectivamente los políticos de izquierdas no roban, bizantino problema que escapa a mi modesta capacidad. El asunto más urgente, por básico y elemental, es de orden epistemológico: ¿es mejor ser escolástico, empirista o racionalista? Usted, estimado lector, tiene la última palabra.

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