El Autismo, ¿Una cuestión de Salud Pública?

16.11.2013 | 14:28

Por qué la problemática del autismo supone una preocupación mayor en el ámbito de la salud mental? ¿ Qué respuestas dar a estos padres y familias atormentadas ante la incapacidad por comprender qué le ocurre a su hijo?
Las llamadas «enfermedades» del espectro autista están cobrando tal dimensión en la actualidad, que vale la pena preguntarse no solo por su causa, sino también por la manera de cómo afrontar y llevar adelante estos tratamientos; y, sobre todo, cómo acoger el sufrimiento de estos padres y estos hijos que acuden a diversos profesionales para encontrar una respuesta o una solución posible.
En 1994, el año de la salida del DSM IV, las estadísticas decían que había un niño autista cada 2.000. El año pasado -2012- el organismo americano encargado de volcar los datos de las enfermedades a nivel de la población mundial, el Centro de Control de enfermedades de Atlanta, contabilizaba un niño cada 80. Hoy 2013, uno cada 70. En países del sudeste asiático como Corea, un niño cada 38. Sin duda, un verdadero problema de salud pública.
Estas cifras resultan sorprendentes a la luz de sus resultados, no solo por la alarma social que despiertan, sino también nos hace preguntar por los criterios diagnósticos a la hora de evaluar los síntomas y los criterios estadísticos aplicados muchas veces, según los intereses del mercado.
Lo que sí resulta indiscutible es la dificultad para determinar las razones que originan las patologías del espectro autista. Nos encontramos en la actualidad que no hay certeza respecto a las causas que las producen. En el caso del autismo, aún más que en otras patologías mentales, nos vemos confrontados a dicha dificultad, debido a que las razones son poco determinantes y su poder explicativo es sorprendentemente limitado.
Por ello resulta una discusión obsoleta quedarnos enredados en la búsqueda de una causa cuando hay una variedad de factores que han jugado su partida a la hora de presentarse las cartas del autismo.
Pero más allá de ello, encontramos al niño, a su familia, que espera y demanda un abordaje que permita hacer de ese niño un adulto capaz de gestionar su vida, con su modo singular de integrarse a este mundo.
Sugiero adentrarse en los testimonios de sujetos autistas que dan cuenta de una manera magnífica su forma particular de pensar la realidad, y habitar en ella.
Sabemos que si hay algo que caracteriza al niño autista es que, en primera instancia, establece una coraza que lo mantiene alejado del universo en que vive. Rechaza este mundo y en este movimiento, generalmente, rechaza también el lenguaje si muchas veces no habla es porque él se defiende del mundo y del lenguaje que lo representa.
Digo defenderse, porque por diferentes razones, ninguna suficientemente con un poder explicativo determinante, nos muestra que el encuentro del sujeto humano con este mundo no es sencillo, y hasta me arriesgaría a decir que no es de la naturalidad que habitualmente pensamos.
Lo que sí podemos afirmar es que este choque que se produce en el encuentro del autista con el mundo, el mundo hablado, supone para él una intrusión de tal magnitud que no suele permitir casi ningún acercamiento. Aunque parezca absurdo, rechaza de manera rotunda todo contacto con su entorno, ya sean personas cercanas, padres, hermanos, etc.
Sin embargo, si bien es una característica general, típica de la patología del espectro autista, es fundamental mantener la particularidad, su propia forma de llevar la enfermedad, siempre en cada sujeto es distinta, es imposible tratar el autismo sea un niño, un joven o un adulto con protocolos establecidos o únicamente con conductas de reeducación.
La práctica clínica del psicoanálisis con el autista muestra justamente que es poniendo la lupa en este tratamiento de la singularidad, del detalle de cada enfermo, de su propia manera de interactuar o no con los objetos que le rodean. Y de la explicación que se le brinda a los padres sobre estas cuestiones que se producen verdaderos efectos terapéuticos.
Hay que hacer un verdadero esfuerzo por escuchar al autista, «aunque no hable», más allá de todo protocolo y de todo seguimiento pautado, ya que de esta forma podemos captar en esa armadura, con la que se mueve el niño autista, un espacio, por mínimo que sea, para poder establecer una conexión. Y ayudarlo a salir a su medida de la indiferencia con la que opone su entrada al lazo social.
Sí, se trata de escuchar, de estar atentos, para producir una intervención que permita ampliar ese borde, ese circuito o conducta repetitiva y muchas veces esteriotipada, que hace de barrera al encuentro con lo novedoso. No se trata de anular la conducta o el movimiento esteriotipado, sino de abrirlo a nuevos elementos que despierten su interés.
Los psicoanalistas verificamos que cuando se trata de operar de manera intrusiva, efectivamente, puede ser que el niño aprenda ciertas pautas de comportamiento o ciertas palabras para ser utilizadas en los momentos precisos, pero siempre, y esto es el nudo de la cuestión, sin apropiarse verdaderamente de su ser de sujeto, de su humanidad, es decir, sin hacer de esas palabras o de esos actos algo realmente suyo.
Se convierte más bien en un autómata que se mueve en una realidad que verdaderamente siente que no le concierne. Se mantendrá indiferente y en muchos casos lejos de la posibilidad de apropiarse de un lenguaje propio. Lo que en definitiva se ve es que las prácticas intrusivas dejan aún más en las tinieblas su propio sufrimiento.
¿O es acaso, quizá, que cada vez más los profesionales del ámbito de la salud mental rechazamos el sufrimiento humano y preferimos educar autómatas? Inquietante destino si los programas de salud se orientan en esta dirección.
Si verdaderamente no nos dignamos a escuchar más y solo nos convertimos en unos expendedores de medicamentos, de pautas, etc, lo que conseguiremos, al fin, es fomentar aún mas el empecinamiento del sujeto autista de estar fuera de este mundo.

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