Una despedida triste

28.07.2013 | 18:55

Hubiese querido despedirme con ironía, con humor, con optimismo pero me ha resultado imposible. No puedo evitar tener, en el trasfondo de mi mente, el trágico accidente de tren. No puedo, estoy triste y rabiosa. Rabiosa porque reconozco que la vida es así, absolutamente depredadora, a veces, con los que más quieres, absolutamente cruel. Por un momento se eclipsaron los Bárcenas, los ERE, la crisis, la corrupción y hasta la Marca España. Por un momento, los protagonistas fueron las personas anónimas, aquellas que nunca saltarían a los medios salvo en condiciones excepcionales. Por un momento no hizo falta Alto Comisionado para la Marca España, no hicieron falta himnos ni medallas para que, desde todos los lugares se desbordase el orgullo, la emoción de compartir espacios geográficos con gente excepcional. ¡Ay que ver, cómo somos, cómo es la vida! Tanta inversión en construir e intentar vender la marca de un país y hasta en reprobar la actitud crítica con él cuando denunciamos sus fallos, para que una tarde de julio, sin marketing político, las gentes de este país dejen sin palabras a mucha, mucha gente que le falta el respeto y maltrata a su ciudadanía.

Una tarde de julio se detuvo el reloj de la vida de 78 personas; una tarde de julio muchos fueron los que abandonaron huelgas, quehaceres domésticos, desempeñaron su profesión aun estando en paro, trabajaron y ayudaron por encima de sus posibilidades, hicieron de enfermeras improvisadas, abarrotaron los hospitales para donar sangre, para compartir lo mejor de ellos mismos. Una tarde de julio no hicieron falta grandes eventos deportivos, mítines políticos ensalzando el país para que la gente hiciera gala de la solidaridad que estaba viendo, oyendo y leyendo en todos los medios. Una tarde de julio, muchas personas dieron una lección de compromiso ciudadano. ¿Y, qué es aquello de la solidaridad? Pues no es conmoverse con el morbo de las imágenes, no es hacer crítica burda de lo que se hizo o no se hizo bien, es ayudar desinteresadamente a tus iguales, ayudarles como a ti te gustaría que hicieran contigo. El trágico accidente ensombrece una semana agitada en el ámbito político, una semana en la que la actualidad destaca justamente por la falta de solidaridad de los políticos con sus conciudadanos. Sí, como lo oyen, la corrupción es, sin duda, el comportamiento más insolidario que una persona pueda tener con sus iguales; aprovecharse de la pertenencia a un partido, a una organización, sustraer dinero público u ocultarlo sacando provecho propio es algo absolutamente deleznable.

Ya ven, en este país andamos sobrados de ello. De igual forma, legislar contra la ciudadanía, amparada por las competencias que el cargo atribuye, es uno de los actos más insolidarios que se puedan cometer. Verán de qué hablo. Esta semana hemos conocido la noticia de que las mujeres sin pareja y las lesbianas no podrán acogerse a los programas de reproducción asistida incluidos en la Seguridad Social. Sin haberlo comprobado, no serán multitud, tan sólo un pequeño porcentaje en términos económicos. Conocemos algunas destacadas líderes del PP que han enarbolado su progresía al optar en su día por una maternidad en singular, sin tener un hombre a su lado. En mi modesta opinión, negar a otras mujeres lo que tú has elegido como proyecto de vida personal, y que te has podido permitir por tu estatus económico, es muchas otras cosas, pero sobre todo es un acto egoísta e insolidario. Porque la ayuda solidaria no entiende de banderas, creencias ni ideologías; es aquella que se presta sin discriminación. No entiendo que un político dé las gracias por las muestras de solidaridad, como no entiendo que un cargo político pida excusas por haber insultado o menospreciado a determinadas personas por sus afectos, pertenencias geográficas o sus pertenencias identitarias. Como la solidaridad, las pertenencias y los afectos son únicos e intransferibles como dice Amin Maalouf.

Nadie tiene dos iguales. Al directivo de la Marca España cesado y al alcalde de Callosa de Segura, me gustaría decirles que sus opiniones personales no son relevantes, en cambio el respeto hacia la ciudadanía no es una cuestión baladí, no es un favor que se le hace, es sencillamente una obligación. Quienes ostentan un cargo público, lo ostentan para quienes protestan, para quienes le votaron y quienes no, para quienes comparten sus gustos, equipos o creencias y quienes no, para quienes sienten la legítima necesidad de pitar o de alabar. Ahí radica la riqueza de este país y el necesario respeto entre las personas. No creo que unos cursillos sean la solución como dijo el Alto Comisionado de la Marca España; quien no entiende la discrepancia no merece representar a nadie. En cambio, las personas que, desinteresadamente y sin dictados, han dado afecto y ayuda merecen toda la admiración. En tan sólo unos días qué dos comportamientos tan antagónicos, qué lección le han dado los ciudadanos a sus políticos; juzguen ustedes y verán que lo mejor de este país son sus gentes, diversas y plurales. Les deseo un agradable descanso; sean felices, porque la vida es absolutamente impredecible. Nos vemos en septiembre.

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