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Efectos de la manipulación mediática

04.03.2013 | 01:19

A menudo insisto en que el cambio más importante en el escenario político de las democracias es la puesta a disposición de la gente de instrumentos capaces de detectar qué se cuece en los mentideros del poder, revelar sus secretos y seguir casi en tiempo real las idas y venidas de los políticos, jefes, autoridades y, en general, de todos aquéllos que desempeñan funciones de autoridad, sea política, religiosa, económica o científica.
Por contra, eso que se llama "sistema" -compendio impersonal de las reglas, medidas, sanciones y mecanismos que rigen nuestra vida diaria- controla, debido a los avances acelerados de la ciencia, más información sobre nosotros que nosotros mismos, por lo que se puede determinar cómo serán nuestras reacciones, sentimientos e inclinaciones, y cómo hay que hacer para convencernos de lo que tenemos que hacer, pensar y desear.
En este último aspecto incide especialmente Noam Chomsky, el esforzado crítico del capitalismo y de la democracia norteamericana. En un ensayo reciente, "Armas Silenciosas para Guerras Tranquilas", el pensador y activista norteamericano enuncia diez estrategias de manipulación mediática, que, sin necesidad de muchas adaptaciones, vienen como anillo al dedo para describir la realidad española, a saber:
La estrategia de la distracción, que consiste en "desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por la elites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes". Sin comentarios.
La estrategia de crear problemas y ofrecer soluciones. Una técnica antiquísima, aplicada con entusiasmo por los actuales gobernantes y sus terminales mediáticas (es decir, casi todos los medios), ya ensayada con éxito desde los tiempos en que se encontraban en la oposición.
La estrategia de la gradualidad, que consiste en no aplicar de una vez medidas inaceptables (privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desempleo masivo, etc.), sino hacerlo a cuentagotas. No denunciarlo insistentemente es probablemente el principal fallo de Rubalcaba.
La estrategia de diferir. En esto, Rajoy, Montoro y De Guindos son consumados especialistas. Se trata de aprovechar el extendido sentimiento de la gente de que "todo irá mejor algún día", que el sacrificio exigido tendrá recompensa, pese a que los datos y tendencias indican lo contrario.
La estrategia de dirigirse al público como si fuera menor de edad, un efecto bien conocido por la psicología de masas. Se trata en este caso de utilizar discursos, argumentos, entonación, etcétera, particularmente infantiles, como hacen Ana Mato, De Cospedal, o Fátima Báñez, como si el espectador o destinatario fuera una criatura de corta edad.
La estrategia de las emociones, muy cultivada también en toda su extensión, y no exclusivamente por políticos, sino por la vanguardia de la publicidad creativa. Consiste en una sofisticada manera de acceder al inconsciente para implantar o injertar ideas, miedos y temores, e inducir el comportamiento.
La estrategia de mantener al público en la ignorancia y la mediocridad. Como al propio Chomsky indica: "la calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de manera que la distancia entre las clases inferiores y las superiores sea imposible de alcanzar".
La estrategia de promover entre el público la creencia de que está de moda ser estúpido, vulgar e inculto, y, sobre todo, y por último, la estrategia de la autoinculpación, esto es, "hacer creer el individuo que él es el culpable de su propia desgracia a causa de su falta de inteligencia, de capacidades y de esfuerzo". De manera que en lugar de poner en cuestión los factores que lo degradan, que le arrojan al paro, a la marginación y la impotencia, descargue contra sí mismo la agresividad, lo que genera una mortal depresión.
Gracias a la "liberalidad", o más bien miopía del anterior gobierno, el "sistema", gestionado por la derecha actual, dispone de la casi totalidad del poder mediático y propagandístico. ¿Serán suficientes los medios underground, redes sociales, boca a boca y otros, para compensarlo?

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