Crisis económica y política

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Luis Perant Fernández Nadie sabe dónde terminará esta pesadilla de bancarrota de las administraciones públicas. Nuestros políticos, economistas, intelectuales y demás enterados siempre opinan, pero a remolque de los acontecimientos. Primero llega la mala noticia, y después, todos justifican lo injustificable, es decir los recortes del Estado de Bienestar. Nadie se atreve a contradecir la explicación oficial. Una de dos, o no quedan espíritus críticos en este país, o aquí no hay crisis.
Repasemos hechos conocidos para aprender algo sobre hechos desconocidos. El sistema político democrático es el resultado de pactos negociados de las clases sociales, en los que se establecen el reparto de poder y las reglas de juego políticas y económicas. Con la Unión Europea, estas reglas se desvirtúan, el Gobierno de la nación está sujeto a una autoridad superior. Pero con la globalización, aparece otro nuevo escalafón de poder, éste por encima de Bruselas: la autoridad mundial de los mercados financieros. Nuestros gobernantes, los partidos políticos, sindicatos de trabajadores y empresarios, pero también las tradicionales élites locales y nacionales, no se percatan del traslado de la toma de decisiones por encima de los estados-nación y de Europa. Todos están descolocados, nadie encuentra su sitio en el nuevo sistema, todos buscan la salvación colaborando con el sistema, pero sin enterarse de que el sistema ha cambiado de dueño. Se ha producido una revolución silenciosa que ha transformado las instituciones políticas y económicas a nivel mundial. El futuro es imparable y la historia está abierta a lo desconocido. Sin embargo, si repasamos la historia pasada, más que predecir el futuro, podemos comprender el presente.
Aristóteles ya decía que los gobiernos puros gobiernan a favor del interés general, mientras que los gobiernos corruptos gobiernan en interés de la autoridad dominante. Sólo esta cita da qué pensar sobre el deterioro de nuestro sistema democrático. La bancarrota de la Hacienda pública sólo puede ser el resultado de un gobierno oligárquico, porque el dinero no desaparece, sino que cambia de manos. Otros autores afirman que los regímenes autoritarios promueven el desarrollo económico mejor que los democráticos, ya que su control sobre la sociedad les permite imponer sacrificios colectivos en pro de un interés general imaginario. Aquí tampoco faltan los ejemplos pasados. Conocemos la rápida industrialización de la URSS de Stalin a costa de los sacrificios de la clase trabajadora, y de la economía de guerra de Hitler con cargo al capital judío y su exterminio. Estos ejemplos no son suficientes para comprender el presente, pero sirven para cuestionarnos las medidas arbitrarias tomadas para salir de la crisis.
Los actuales motores económicos mundiales, y que sirven como referentes para los gobernantes occidentales, son los países llamados emergentes o BRICS. Acaparan las materias primas, la producción, el comercio, el consumo y muy pronto serán los banqueros mundiales, pero no son precisamente referentes democráticos. Las constituciones de Brasil, Rusia, India y Sudáfrica son formalmente democráticas, sin embargo, los poderes tradicionales son los que dirigen el Estado y los negocios. En estos países, la clase media, la que sustenta el Estado democrático, es minoritaria y la clase trabajadora no alcanza la suficiente organización como para influir en la vida política y económica. El caso chino es el más alarmante, la República Popular China es el líder de los BRICS y va camino de convertirse en la primera potencia mundial a todos los niveles. Sin embargo, China está gobernada por una oligarquía militar-comunista que pretende desafiar el mundo occidental y su estilo de vida democrática, aun a costa de la esclavitud de sus más de 1.300 millones de súbditos.
Las actuales democracias occidentales están cediendo protagonismo económico y político a estos países que persiguen otro reparto de los recursos mundiales, que promueven otros estilos de vida y otros sistemas políticos. Sin embargo, el reparto resultante no es entre países, sino entre clases privilegiadas a nivel mundial, lo que hace pensar que una clase financiera elitista promueve la Revolución pacífica desde arriba. Si profundizamos algo más en la Ciencia Política, aprendemos que las revoluciones promovidas desde arriba siempre han desembocado en sistemas fascistas, que no son otra cosa que una coalición entre las clases altas y las administraciones públicas para controlar la sociedad. Y el resultado final siempre ha sido la represión fascista para conseguir un Estado fuerte y elitista.
La memoria histórica, casi siempre, es corta. Nuestros jóvenes, sobradamente preparados, desconocen que la mayoría de países europeos tuvimos gobiernos totalitarios en el siglo XX. Las democracias no son eternas y, hoy día, están amenazadas por un conjunto de desafíos y desafiadores que podrían no considerar la democracia como la única alternativa posible.

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