Cuando los empresarios se hacían oír

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Javier Mondéjar Parece mentira -se lo cuento a mi hijo y no me cree- pero hay un momento, a principios de los setenta, en que las asociaciones empresariales eran clandestinas, vamos, que en teoría te podían llevar a la cárcel por pertenecer a un sindicato de empresarios o por reunirte con otros para crearlo.
¿Se acuerdan del estereotipo de empresario de la época, popularizado por Perich?: sombrero de copa, gordo a reventar y fumando un enorme veguero encendido con billetes de mil pesetas. La imagen dolía profundamente a muchos empresarios de finales de los setenta. Normalmente no habían heredado grandes fortunas, ni provenían de la cultura del estraperlo ni habían participado en las cacerías franquistas. Eran sencillamente tipos que con una maletita se echaron a la calle a vender, y que con el tiempo fueron llevando la maletita cada vez más lejos, normalmente sin saber más que algunos conceptos de marketing y cero patatero de idiomas, aunque sí vender, producir y adaptarse a los mercados.
Trataré de citar bien la frase de Lampedusa: "Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie". Aunque la mayoría no hubiesen leído la novela ni visto interpretarla al mítico Burt Lancaster -un titiritero metido en el papel de Príncipe de Salinas, por cierto-, ese era el espíritu empresarial en los cenáculos privados.
Su némesis: los sindicatos de clase se movían de vicio en la semiclandestinidad, por ello un puñado de empresarios alicantinos eligen unidad empresarial frente a pluralidad sindical. "Nosotros éramos uno a la hora de negociar y ellos por lo menos dos, si no más", como me comentaba muchos años después un eximio representante de la patronal. Le fue de cine con esa táctica.
Lo he hablado algunas veces con antiguos dirigentes y creo que pesaba más la necesidad de reivindicación de la imagen del empresario que la vanidad de aparentar -o ayudar a sus propios negocios- por lo que se metieron en el lío de patronales y cámaras.
No era ningún chollo en aquel momento ser presidente, fundamentalmente porque las Cámaras no tenían un duro, apenas una estructura modesta, y a los dirigentes de la patronal les tocaba directamente pasar el platillo entre sus amistades para pagar los viajes a Madrid y los sueldos de un técnico y una secretaria.
Pero había grandes hombres en el empresariado de los setenta a los noventa, y se me olvidará alguno: José Llorca, Isidro Martín, Francisco Sala Lloret, Francisco Gomis, Emilio Vázquez Novo, Eliseo Quintanilla, Fernando Gallego, Joaquín Arias, Manuel PeláezÉ Los veinticinco años que trascurren entre la muerte de Franco y el año 2000 son una edad de oro de las organizaciones empresariales en Alicante. Recuerdo una frase de Emilio Vázquez: "Se influye más desde la trastienda", y esa era casi una norma irrenunciable de los empresarios que he mencionado y de alguno más que se me olvida y me lo recordará para mi eterna vergüenza.
Influencia: toda. Con la derecha, con la izquierda y con el centro de Suárez. "Respetamos a las instituciones, tenemos nuestras simpatías políticas, pero nos tenemos que llevar bien con todos". Y a eso se dedicaban, poniendo una vela a Dios y otra al diablo (o dos al diablo por si acaso) y por ello los ayuntamientos y la Generalitat gobernaban ojo avizor a los foros empresariales.
Ya influimos, ahora toca mejorar la imagen. Y para ello se ponen en marcha dos fórmulas paralelas: por una parte se crea un club de opinión, "Encuentro", que trae a Alicante a los primeros espadas del mundo económico y político-económico, además de funcionar como un lobby "de facto". De otra, se inventa la Noche de la Economía Alicantina.
El Club Encuentro se convierte en un referente: no hay acto político o económico de talla que no organice el club. Para más añadidura se convierte en un lobby, si bien limitado en su ámbito geográfico a la provincia. Quizá no quisieron sus fundadores ir más allá -y el más allá era Valencia- aunque el club tendía más Madrid: creían más en el estatalismo que en el Estado autonómico incipiente. ¿Craso error?
La otra pieza de este tinglado es la Noche de la Economía. En la Noche se ensalza la figura del empresario, concediendo unos premios -que al final son una excusa- y juntando a empresarios, políticos, periodistas y sociedad civil en un acto que nunca defraudaba. No es baladí que los presidentes de la Generalitat a menudo tragaran quina con lo que momentos antes había discurseado el presidente cameral de turno, especialmente si se llamaba Quintanilla o Alperi, o Valenzuela ya en el siglo XXI).
Pero independientemente de los fuegos de artificio verbales, y hubo muchos, lo importante era su filosofía: dejar la imagen de que no se debían traspasar tres líneas rojas: sentido del deber, respeto institucional e independencia.
Honestamente creo que al menos una parte del mensaje fue entendida y dejó su poso y creo también que Alicante, que suele ser una provincia bastante cainita con sus prohombres, tiene una deuda moral con unos empresarios que ya tenían éxito antes de meterse en líos de representación y que quizá con los cargos satisfacían sus egos, pero poco más. ¿Debo añadir aquello de que quien olvida el pasado se verá obligado a repetirlo, o no hace falta?

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