Bulimia catódica

 

Cipriano Torres La bulimia catódica no es una enfermedad, aunque pudiera serlo. Es la definición de un estado, de una necesidad, de una imperiosa necesidad por consumir imágenes, datos, por estar pegado a todo tipo de pantallas, la de la tele, la del ordenador, la de los cacharros que no te dejan comer porque, aunque tienes al lado a un amigo, a tu vecina, a tu madre, estar al tanto de lo que ocurre en esa luminosa porción de plasma es más interesante. O sea, que quizá sí sea una enfermedad. Hace nada, asistiendo a comidas y cenas grupales, todo el mundo, o casi todo el mundo, llevaba su ingenio móvil y tecleaba con autista entrega la maquinita, y uno, que no tiene esos cacharros, y ni siquiera distingue entre un iPad y una Blacberry -dicho sin la altiva arrogancia del ignorante-, miraba de soslayo el gesto sonriente o apretado de mis acompañantes, y me daba un poquito de grima ver semejante espectáculo, así que, prosaico uno, a falta de chisme para protegerte del vecino, ataqué el bacalao al pil pil con santa gula de obispo pecador. Mi consumo de pantallas es mínimo, el necesario, o sea, no soy bulímico. Lo curioso es que estoy casi seguro de que cuanta menos televisión se ve más bulímico catódico se es. Yo no veo televisión, dicen muchos. Y será verdad. Pero no pueden despegar el ojo, los dedos, los sentidos, de otro tipo de pantallas. Bulímicos perdidos. ¿Qué tiene que ver todo esto con lo que nos congrega aquí? Los caminos de la reflexión -Pienso, luego existo, La 2, los domingos, no se lo pierdan, hoy Fernando Savater- son inescrutables, como el humor. Al personaje más inesperado le pueden sacar perlas de mucho valor. Por ejemplo, estas. Tú tienes de gracioso lo que Rita Barberá de tía buena, dice Antonio Molero - La Sexta, BuenAgente-. O este otro y profundo pensamiento. Kiko Rivera sabe más de derecho internacional que yo de show business -misma serie, misma cadena-.

Un poco, siempre es mucho
Contra la bulimia -catódica, televisiva para más señas-, Mario Vaquerizo. Lo pillé la otra noche en su actuación estelar en El hormiguero. Mi primer impulso fue apretar el mando y correr, pero mi altísimo sentido del deber me retuvo para ver en qué estúpida sección lo ha contratado Pablo Motos, el hombre exitoso menos seguro de la televisión, el que se muestra más inquieto, el de cara más preocupada, el que está comiéndose un plato con María Castro pero no lo disfruta porque piensa que no hay ritmo, que no ha hecho la pregunta más chorra, pero quizá pueda superarse en el siguiente bloque, donde estará a la altura de su concepto de espectador, un imbécil que se apaña con un jiji jaja industrial, así que adelante Mario, Mario Vaquerizo, el hombre que mejor rentabiliza su fresca modernidad de gañán. Esta semana le ha tocado contarnos que él, para mear, no lo duda, sentado, por higiene y por comodidad. Además, así, evita hacer ruido de noche molestando al vecino, que en Japón sería una falta cívica. Los dejo ahí, no los aguanto. He comido poco, pero lo tengo que arrojar al váter como un anoréxico catódico. Todo, por poco que sea de algunos programas, de algunos conocidos, me parece mucho. ¿Les pasa igual con algunos políticos? A mí también.

Rajoyistas por el mundo
En la audiencia que el Jefe del Estado ha tenido con presidentes de comunidad, no liarla con los personajes de La que se avecina o Aquí no hay quien viva, aunque también, la de Castilla-La Mancha no acudió con peineta y mantilla. Mariloli Cospedal ha perdido otra oportunidad de ocupar el ranquin de los vídeos más vistos en sistema pagar para ver. Tantas descargas, tantos euros. ¿Quién dice que la clásica tacita a tacita de Carmen Maura no pueda ser el contemporáneo vídeo a vídeo para evitar algunos recortes? La colérica Esperanza Aguirre también acudió a esa cita protocolaria pero, lista, sabe que en estos teatros brilla poco. Ella apunta alto y afila su mala leche en platós propicios, y como cuando se cabrea es cuando más sincera es, y mejor salen sus ideas neoliberales de radical gobernanta, acosada por la huelga de educación, en vez de asumir su culpa pide la dimisión del ministro Ángel Gabilondo -es como si a Paolo Vasile no le salieran las cuentas en Sálvame de pus y pidiera la cabeza del consejero delegado de Antena 3, Silvio González, por emitir a la misma hora Ahora caigo-. La señora dice lo que piensa, que la educación no tiene por qué ser gratuita. No me valen las aclaraciones posteriores, sobre todo porque me da más miedo cuando rectifica. Esperanza lo tiene claro. Contra la bulimia educativa, ella. Mientras, haciendo ver que su mundo está en la galaxia del mundo feliz del planeta de "los de la ceja", Mariano Rajoy recorre el orbe buscando rajoyistas que lo aclamen como el mesías, el salvador. Vean el vídeo. Al final, va a ser que sí. La que se avecina será algo así como aquí no hay quien viva.

De glotones, a anoréxicos
De hecho esta semana, para ir acostumbrándonos a la que se avecina después del 20N, el PP está en la onda de Aguirre y sin complejos, en su descarado ataque a la televisión pública, ha dado un paso más. ¿Qué es eso de que los informativos sean independientes y se emitan con criterios periodísticos en vez de con desvergonzados criterios políticos? La propuesta de los representantes de Rajoy en el Consejo de RTVE de convertirse en redactores jefes de los Telediarios -da igual que ahora, alarmados por la alarma general pidan su retirada- es más que un indicio de por dónde vendrán los tiritos. La abstención de los consejeros del PSOE enturbia una etapa impecable de independencia y calidad. Pero como son cosas de la tele, quizá a la gente estas cosillas le traigan sin cuidado. Uno cree que son fundamentales. Que nadie se indigne luego, cuando la censura, la manipulación, el descaro, el control de contenidos, y la parodia informativa al estilo de las teles autonómicas no tenga vuelta atrás. Entonces vendrán los lamentos. Y de ser satisfechos bulímicos consumidores de tele pública pasemos a impulsivos anoréxicos que buscan con urgencia un váter para vomitar lo consumido. Al tiempo.

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