Desenvoltura verbal

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Vicente Valero Costa Tómate el vermú con las amigas y una aceituna por mí; en cuanto remate un negocio que llevo entre manos iré a casa a comer. Esta frase, deslizada por el marido al oído de su esposa tras la misa de 12 del domingo y después de comulgar, no admitía réplica: un leve mohín, si acaso. Luego, con paso firme, parsimonioso, él se dirigía, aupada la corbata, al piso de la querida.
En mi infancia, acontecía en todos los lugares, y los señores, como siempre en nuestra España cañí, eran ricos y de derechas, o sea, muy respetables y machos. Ellas, recatadas, sumisas.
El profundo cambio sociológico -y legal- que en treinta años ha sacudido las raíces patrias arcaizantes y machistas, ha operado de modo severo en sus pautas de conducta. Los varones, con la liberalización de costumbres, se barruntan que entre tarjetas oro, pilates, automóviles, esteticién y compras compulsivas, las esposas, al menor descuido, les devuelvan la tostada.
La diferencia más notable, sin embargo, no es la aplicación del ojo por ojo y diente por diente en materia de coyunda y fornicio. Lo más chocante estriba en el vocabulario.
Las de las derechas nuevas, las de ahora, salvo excepciones, se han convertido, al socaire de pelotazos y burbujas, en un batallón con afición a deslenguarse. En alarde de modernez, se deleitan en malsonantes palabras. Diálogos y cintas dan fe. Tacos de carretero, interjecciones indecorosas y blasfemias tabernarias jalonan las conversaciones de estas hembras, tan bravuconas de lengua como pulimentadas de fachada y peripuestas de avíos.
¿Por qué en vez del verbo halagar, adular, alabar -entre otros-, la señora Cospedal, presidenta de Castilla La Mancha y de una docena de cargos más, bufa que el Gobierno "le ha hecho la pelota" a los bancos? Tan fina ella y con altos estudios, exclama semejante ordinariez sin inmutarse, omitiendo ejemplarizar el lenguaje.
¿Cuándo llegarán a entender, (en general, sin distinguir por sexo, edad, afiliación política o afinidad social), que la estética es la dermis de la ética y que, sin aquélla, la pulpa y el corazón de la ética se pudre o se seca?
Y ahora que caigo: la quintaesencia, el prototipo de la tal desenvoltura verbal que se contagia sin hartura, de esa mezcolanza en negativo entre ética y estética -con consecuencias varias cuya suciedad apesta-, ¿no la podría encarnar en estos momentos el lenguaraz Mourinho?

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