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José Asensi Sabater A menudo tendemos a creer que los problemas que nos aquejan son sólo nuestros y que por ahí afuera las cosas son de color de rosa. Ello ocurre, por ejemplo, en relación con el estado de la educación y con el mundo de la enseñanza.
Todos sabemos que la enseñanza en España no es precisamente el retablo de las maravillas, que la escuela, la formación profesional, el bachillerato y la Universidad están desbordados en cuanto a sus funciones y prestaciones ante un mundo que cambia a pasos acelerados. El patrón de la institución educativa se diseñó en su época para responder a un tipo de sociedad -y de sistema productivo- industrial, estandarizado, vertical, donde el conocimiento emanaba de lo alto, bajo la batuta de un profesorado cuya autoridad venía preestablecida. Estas pautas están en entredicho desde hace ya tiempo.
El problema es universal. En los Estados Unidos, por ejemplo, la calidad de la educación, salvando elitistas universidades y centros de enseñanza cuya fama y esplendor todos conocemos, es más bien pésima, intratable e insostenible, como reflejan los datos más fiables, hasta el punto que se ha convertido en uno de los más graves problemas nacionales. Un presidente tras otro se presentan con un plan bajo el brazo con el fin de revertir la situación, pero sin resultados por el momento. El penúltimo de ellos fue precisamente el presidente Bush, que decía tener un plan radical para acabar con el impresentable panorama, pero que en lugar de fomentar la creatividad, el pensamiento, la auto-responsabilidad y la innovación, lo único que logró fue más rutina, más evaluación estandarizada de los estudiantes, más "eficacia" de instituciones obsoletas, y más segregación social.
En Europa el último grito en materia universitaria fue el "proceso de Bolonia", cuya consistencia no es mayor que la "Agenda de Lisboa", ambas arruinadas por efecto de la crisis. El Proceso de Bolonia pretendía introducir en la enseñanza las herramientas de la "economía del conocimiento", un eufemismo para significar que la tarea de la Universidad es formar gente para el mercado de trabajo, en las condiciones en que éste se desenvuelve actualmente (es decir, para un mercado que a menudo no existe). Pero por el momento, el énfasis se sigue poniendo, en términos generales, en un aprendizaje tipo almacén, cuya base es la memorización y la repetición.
Sean bienvenidas a este respecto las orientaciones del Papa de Roma que ha dicho que la misión de un profesor universitario, o la de cualquier educador, no debe ser, exclusivamente, la de formar profesionales competentes y eficaces que satisfagan la demanda laboral en cada preciso momento: "Sabemos que cuando la sola utilidad y el pragmatismo inmediato se erigen como criterio principal, las pérdidas pueden ser dramáticas, desde los abusos de una ciencia sin límites, más allá de ella misma, hasta el totalitarismo político que se aviva fácilmente cuando se elimina toda referencia superior al mero cálculo del poder. La Universidad ha sido y siempre será la casa donde se busca la verdad propia de la persona humana, que no debe desvirtuarse por servilismo a una lógica utilitarista de simple mercado que ve al hombre como puro consumidor". Sabias palabras, que se quedan ahí cual adorno, pues los dictados en materia de enseñanza van justamente por el camino contrario: rendirse al utilitarismo más banal.
Pero no seamos injustos o derrotistas. La evolución de la educación y la formación en España en los últimos treinta años ha rendido un servicio inestimable a la sociedad en su conjunto. Y en ello ha tenido mucho que ver el modelo de enseñanza pública y la labor abnegada de educadores y profesores. La crisis nos ha mostrado que, en efecto, hay que cambiar y mejorar, llevando al ámbito educativo, y potenciando desde allí, las herramientas de la "sociedad del conocimiento". Necesitamos estudiantes mejor formados, aunque la "formación" no es un concepto que deba apuntar exclusivamente al mercado de trabajo, con ser ello muy importante, sino a la formación como objetivo integral que abarca el conocimiento de uno mismo y del mundo que le rodea.

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