La crisis respeta a los diputados

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Matías Vallés Hay algo que los votantes pueden pedir a sus representantes políticos, dinero. Según la información que los propios parlamentarios han aportado, y no corren tiempos para envanecerse de la riqueza propia, navegan por encima de las apreturas de la clase media que estadísticamente deberían representar. España no correría peligro si disfrutara de la desahogada situación económica de sus diputados y senadores, comprometidos ahora a ilustrar a la ciudadanía sobre los métodos de gestión que les permiten conciliar un patrimonio inmobiliario más que adecuado, la liquidez de una cuenta corriente y un sueldo en condiciones.
En la interpretación positiva de la publicación por primera vez del patrimonio de los parlamentarios, existía el riesgo de que la crisis se contagiara a la clase política, lo cual obligaría a adoptar medidas especiales de rescate de diputados. Por fortuna, el hundimiento global ha respetado los islotes del Congreso y el Senado, cuyos miembros están muy bien heredados y sin morosidad a la vista. La excepción parlamentaria provoca cierta perplejidad, porque los cargos electos son en teoría responsables de la situación del país. La "sabiduría de las masas" que avala los procesos democráticos conlleva la elección de personas desahogadas, y los datos seriados en los próximos años permitirán averiguar si la carrera política merma o engrosa la riqueza de sus practicantes. En el supuesto de que la medida goce de larga vida, y no sea suprimida como antaño la exposición al público de las rentas declaradas por todos los contribuyentes españoles.
La situación acomodada del censo parlamentario refuerza el concepto de fraternidad propio de las castas, un destino y un patrimonio comunes por encima de las rencillas ideológicas. Por ejemplo, ofrece pistas sobre el nuevo impuesto al patrimonio, cuyo suelo se ha elevado para dejar indemnes a la mayoría de los políticos, que se verían afectados por la anterior edición del gravamen. Desde el bipartidismo, la diferencia de patrimonio entre representantes del PP y del PSOE -a favor de los primeros- supera al desfase existente entre votantes de ambos partidos. El voto a la derecha de las clases menos privilegiadas y viceversa es un fenómeno tradicional en Francia, y que perjudica las opciones de la izquierda. Un significativo contingente de desfavorecidos prefiere gobernantes conservadores, frente al progresismo favorecido por profesionales bien situados.
Gracias a la flamante transparencia, se sabe que Rubalcaba deberá pagar el impuesto de patrimonio. Mantiene el millón de euros líquidos que ya desvelara como miembro del gabinete, lo cual confirma que su pasión política lo aparta de las seducciones ociosas. En la economía personal, es tremendamente conservador y, si los políticos no consumen con entusiasmo, difícilmente podrán exigir al resto de los contribuyentes que se lance a un shopping sin complejos que relance el crecimiento. El candidato popular aventaja al socialista en potencial inmobiliario. Rajoy declara genéricamente cuatro casas, como si "casa" fuera un bien de precio único. La falta de precisión sorprende especialmente en un registrador de la propiedad, y se erige en el primer signo de sus reticencias al experimento de desnudo económico.
Según los datos divulgados por primera vez, la expresión "pobres diputados" sólo puede utilizarse en sentido metafórico. Cabría concluir que han sido más sagaces en la gestión del patrimonio privado que del colectivo. Sin alimentar la mínima sospecha infundada sobre los orígenes de sus propiedades -o sobre la exactitud al referirlas-, debería valorarse la puesta en marcha de reformas legales que igualaran las responsabilidades en el manejo de ambas fuentes de fondos. La malversación debería ganar peso sobre la carísima discrecionalidad de la Administración, una ligereza con el dinero de los administrados que los administradores inhiben cuando entra en juego su peculio.
La publicación del patrimonio de los diputados ha tenido más éxito que cualquiera de sus propuestas o intervenciones ante la cámara. De hecho, la aportación desmenuzada de su actividad parlamentaria no colapsa la web del Congreso, asediada en busca de datos morbosos o del contraste entre la realidad económica confesada y la percepción del entorno. Buena parte de la ciudadanía ha descubierto la identidad de sus representantes a un mes de su abandono del cargo. El dinero vuelve a superar al sexo como factor de cohesión social. En el apartado de disculpas, Llamazares defiende desde IU que "los de izquierdas no tenemos que vivir debajo de un puente". O en una versión más patrimonial, "los de izquierdas son dueños del puente bajo el que viven".

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