Un otoño en España

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Rafael Simón Gil Como ustedes saben perfectamente -y si lo han olvidado aquí está la epístola sabatina para recordárselos con la misma rapidez con la que algunos galenos de los años setenta del siglo pasado recordaban a los jóvenes la bondad de hacerse la fimosis transversal y sostenible para evitar infecciones yÉ placer, es un decir-, estamos a las puertas cacofónicas del otoño en España. Y por desgracia, no se trata de una estación en compañía de Vivaldi, no; nos referimos al sonido poco temperado que las calles españolas irán tomando a medida que se acerque el 20-N, funeraria fecha escogida por el mago Fouché para que los españoles voten al joven Rubalcaba. Sí, el mismo prestidigitador que durante estos años ha ejercido de ministro y vicepresidente del Gobierno de Zapatero sin que ustedes dos lo supieran, amén, con perdón, de los que sumó en la era González, aunque a él se le haya olvidado y a nosotros tampoco. Para sanar la amnesia que atenaza cruel la límpida trayectoria de ciertos políticos, no hay mejor remedio que aplicarles unas sesiones de manicura mental junto al diván de la hemeroteca mientras el psiquiatra proyecta Retorno al pasado -el excelente film de Jacques Tourneur- en compañía de Robert Mitchum y Kirk Douglas. Milagroso. Si no recuperan la memoria en cuestión de segundos vuelven a proyectarles la película, pero esta vez en compañía del Hércules, no el héroe mitológico que mató a los pájaros de Estínfalo (aunque al parecer se le escapó alguno), no, el de Alicante y su alcaldesa. Curación garantizada.
Tomar la calle y manifestarse reivindicando derechos por parte de quienes, curiosamente, renunciaron a hacerlo durante estos años -sobre todo los sindicatos (uno de los colectivos peor valorados por los españoles)-; crear un clima de absoluta contestación, de airada queja por parte de quienes nunca protestaron pese a que con el Gobierno Zapatero-Rubalcaba hemos llegado a los cinco millones de parados; gritar como mantra indignado que desaparecerán los derechos sociales si cambia el signo político en las próximas elecciones, será la música que nos acompañe durante la romántica estación otoñal que se avecina. Ya hubo un ensayo sinfónico días antes de las pasadas elecciones autonómicas y locales, repetido después con gran estruendo durante la visita del Papa a Madrid y vuelto a practicar ahora contra los nuevos gestores políticos, casualmente de signo contrario a estas trompetas de Jericó antes mudas, pero nada que ver con la orquestación que se prepara, con las partituras que manejan los mismos y las mismas que ayer callaron complacientemente. Ustedes no padezcan por adquirir las entradas, el concierto se podrá ver y escuchar en primera fila, es gratuito y el escenario inmenso. Y si les apetece, lleven bajo el brazo, a modo de prospecto -como antaño llevaban los progres La náusea de Sartre, "en français, naturellement"-, el artículo que escribió Peces-Barba este martes en El País, Los indignados y la democracia. No es eso, no es eso. Lo mismo que en su día advirtió Ortega poco antes de conocer a Gasset. Pues eso.
Salir de la crisis no va a ser fácil, algo que ya sabíamos pese a que el Gobierno quiso negarla y luego minimizarla con ocurrentes y conmovedoras paráfrasis para ocultar la verdad; no parece que otros países, como Italia, lo tengan mejor (aunque tampoco soportan nuestra tasa de paro); no parece que la especulación vaya a cesar en su asfixiante hostigamiento al enfermo; y no parece, en fin, que la solución dependa exclusivamente de los países afectados, como si la gigantesca deuda que contrajeron fuera ajena a la gigantesca codicia de quienes prestaron el dinero; no será fácil. Ahora bien, con nacionalistas ocupados en parodias donde se compara al Rey, al Ejército, la Policía y la Guardia Civil con los nazis, en quemar banderas españolas, desobedecer a la Justicia y exigir la independencia; con un despilfarro público que propicia la existencia de costosísimos aeropuertos sin pasajeros donde directores sin aviones cobran más que el presidente del Gobierno, o que permite decenas de televisiones públicas ruinosas; con cajas de ahorro carcomidas por el enchufismo, la invasión política y el analfabetismo de sus rectores sin que el Banco de España pareciera enterarse o pusiera orden (disciplina que nos impondrán a latigazos desde fuera); con unos sindicatos pendientes de proteger la canonjía de miles de liberados, las subvenciones del poder y el estatus de sus cúpulas dirigentes a cambio de bendecir las ocurrencias de Zapatero y callar frente a los cinco millones de parados; caldeándose un ambiente otoñal de selectiva indignación, a la carta, para tomar las calles y blindarse en huelga permanente, aún será más difícil superar la crisis. O todos trabajan en la misma dirección -no hay muchas-, o quienes pueden ayudarnos acabarán hartos. Y no se queje el Gobierno y el PSOE por las críticas, como dijo Morrow, si un partido político se atribuye el mérito de la lluvia, no debe extrañarle que sus adversarios lo hagan responsable de la sequía. ¿No íbamos a superar a Francia, José Luis?

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