La izquierda fragmentada

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Virginia Mataix Helle-Thorning-Schmidt, socialdemócrata, ha ganado las elecciones en Dinamarca por mayoría absoluta en coalición con los verdes y partidos minoritarios de izquierda. Eran las primeras elecciones en Escandinavia tras la masacre anti-islamita en Noruega. Han transcurrido diez años de gobierno de derecha hacia los daneses y estos esperan ver pronto cumplidas las promesas de subir el impuesto a las grandes fortunas y empezar una negociación entre gobierno patronal y sindicatos para fomentar el empleo en la tierra de La Sirenita. Es una buena noticia que debería esparcirse entre acogotamiento español. Aquí gobierna la crisis, el paro y la angustia de ver que la gestión privada tiene derecho a gestionar lo público. En tres años y medio hemos ido descubriendo una realidad tan despiadada que cualquier rastro de inocencia se ha quemado en el consciente e inconsciente colectivo. El desencanto. Una profunda decepción. La decepción es una apisonadora que te funde la mente, el cuerpo y el espíritu. A mí me ha sucedido esto con Equo (un partido verde con exdiputadas de IU y un primero en cabeza de lista procedente de una ONG-fundación ecologista, con proceso judicial pendiente en Dinamarca) al rechazar una coalición entre los partidos rojo-demócrata-verde de esta nuestra España defraudada y avasallada. Justo ahora, cuando la indignación e ilusión del movimiento 15M va adquiriendo una experiencia en el debate y se afianza en la Universidad, barrios y plazas, es cuando más se precisa que todas los partidos minoritarios con sano juicio, verdes, dejaran atrás sus desavenencias, ambigüedades, matices dialécticos, egocentrismo, narcisismo, frustraciones del pasado, rebotes, cabreos personales  y diferencias para aliarse. Se está pidiendo a gritos desde todos los ámbitos de enseñanza pública, sanidad, clases populares, intelectuales... que algún político dé la altura ética y afirme con la convicción de un Clint Eastwood (de la segunda etapa) que hasta aquí hemos llegado. Como se le dice a un adicto que avasalla para conseguir su dosis, cada vez mayor. Ni siquiera hay que remitirse a una estrella del cine de Hollywood. Creo que podemos inspirarnos en hombres y mujeres de un pasado reciente Marcelino Camacho y Josefina Samper, Nicolás Redondo, Tierno Galván infundieron el respeto y la credibilidad entre la ciudadanía de hace unos cuantísimos años. No tan guapos, ni glamourosos, pero hombres de buena voluntad y de acciones coherentes sin miedo, sin dudas hacia los poderosos. Además sabían conciliar y limar asperezas entre unos y otros grupos. Sabían sumar, no restar, unidos. Ahora es preciso dejarse de mirar el ombligo o estar más pendiente de si salgo o no en tal o cual periódico, o si celebro tener un mínimo 3% en próximos resultados electorales. Eso queda para las estrellas del séptimo arte. No para una fuerza como Equo. Para el día a día y asuntos de gran envergadura como los que azotan a España hace falta unión, compañerismo, colaboración, dirección, no andarse con rodeos en las respuestas, mojarse con los movimientos cívicos, sociales y una ruta a seguir entre los aplastados por la decepción.
Dinamarca ha necesitado diez años. Y por aquí Gaspar Llamazares junto a Nuria Buenaventura, dio  muestra de coraje y persistencia contra la reforma de la Constitución. Tiene treinta y dos firmas de diputados y senadores (le faltan tres) para denunciar la inconstitucionalidad de la reforma trapera. Ahora su empeño es persistir hasta la eternidad en crear una coalición entre la izquierda fragmentada española. Por lo menos, en mi modesta opinión, Llamazares va haciendo lo que dice. ¿Qué? ¿Salimos de la fragmentación como los daneses?

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