Ese oscuro despacho del deseo

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Vicente Valero Todos tenemos un punto oscuro. En el alma. Su atracción fatal abarca una geografía de pecados capitales: soberbia, avaricia, lujuria, gula, ira, envidia, pereza. Uno de esos pecados, o varios, se instalan ahí, en ese punto. Existen personas que, de no estar alerta, se les multiplican de modo feroz; tanto, que les ocupan la superficie del alma.
Pues lo mismo sucede con ciertos despachos. Les crece el punto oscuro y, al cabo, termina en salvaje erupción: de mangoneo. ¿Procedimiento?: el oscurantismo y sus reglas, o sea, furtivo, trápala, mendaz, esquivo, hermético, con un toquecillo rufián.
Con tal negrura y la persistencia del hollín acumulado, los despachos devienen fondas, de esas groseras: cocina y catres. Así: "una de permuta de terrenos", ¡marchando!; "una de amaño del PGOU", ¡oído cocina!; "un cuarto de fiscal", ¡al punto!; "una de sindic asado", ¡ya!; "un carril-yate", ¡listo!; "una subcontrata para untar", ¡al catre!
Ya digo, más que despachos, fondas siniestras: se guisa receta apañada, preséntase con truco y la gente, sesteando en el catre, se la traga. Y regidores y encomendados, es decir, los del ayuntamiento y los de la "oficina externalizada", poniéndose -tiznada su alma- morados de grasa. Una grasa negruza, repelente, ¿cómo diría?, pastosa. Eso.
Podría enumerar los despachos-fondas de la provincia. Uno hay, empero, en la capital, en cuya cocina y catres, el vínculo, las alianzas entre el poder político y económico, esto es, la trama, el contubernio, el engranaje lúbrico, la coyunda obscena entre ambos, logra cotas de delirio supremo: un paradigma de placer y trapicheos.
Alicante: condiciones sobradas de ubicación, historia, luminosidad, habitabilidad, pudo haberse convertido en la más bella ciudad mediterránea. No lo es. ¿La causa?
Nula decencia. Carencia de escrúpulos. Sin respeto ciudadano. Puro desprecio y chuleo. Sin ética ni estética. Colonizan aire y suelo. ¡Y se quedan tan panchos! Una banda. Subordinada a intereses bastardos. Sin amor alguno a la ciudad. Su alma, opaca, presa de un pecado capital: la avaricia, tumor maligno. Una banda que esquilma, destroza el futuro. Hace años. Y los sueños. ¡Qué banda! De trileros.

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