La ruina al poder

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Antonio Rodes Terrible. Hay modas que se imponen y no hay manera de quitártelas de encima. La más reciente es la de alarmar a la ya machacada población con la inminente llegada del juicio final a las arcas de las instituciones. El Apocalipsis a horas visto. De verdad, temible. Te meten una congoja en el cuerpo que te irías sin pensarlo a urgencias si no fuera porque temes encontrártela cerrada por recortes. Y no crean ustedes que la puñetera manía de maltratar con semejante saña el buen nombre y honorabilidad de las haciendas institucionales viene de sus proveedores o de sus financiadores. Viene de sus propios administradores. De los políticos que las gobiernan. Y, para colmo, es un tic transversal. Afecta a todos. Claro, en estos tiempos decir a todos significa decir a todos los del PP, que son quienes gobiernan todo. Así, Mercedes Alonso, alcaldesa de Elche, acusa de dejar la caja del Ayuntamiento en la más absoluta ruina a Alejandro Soler, que, a su vez, pide un ajuste de caballo a Luisa Pastor en la Dipu para emparejar los desaguisados de Ripoll que, para colmo, era amigo. El nuevo alcalde de Castellón, Alfonso Bataller, declaró como absoluta prioridad de su mandato la adopción de un paquete de medidas para restaurar los maltrechos dineros municipales que ha heredado de su antecesor, Alberto Fabra, que, a su vez, se ha ido a la presidencia del Consell a imponer un terrorífico Plan de Ajuste para paliar la ruina en que ha dejado a la sufrida Generalitat el, al parecer, extinto Camps. Cuentan que la propia Sonia Castedo la ha tomado consigo misma y anda poniéndose verde por los dispendios que cometiera hace tan sólo tres meses antes. Así está esta terrible manía justiciera.
Claro que el nivel de escandalera promovido en este repentino deporte nacional se modula en función de a qué partido perteneciera el anterior responsable de la administración derrochadora. La pauta la marcó la insigne Cospedal. Qué tronío. Y qué desparpajo. Pobre Barreda. Pero no se pierdan ustedes a mi alcaldesa Alonso. Otras cosas no, pero este guión se lo sabe al dedillo. Y cómo lo aplica. Se ha buscado como ejecutor al bueno de Manolo Latour, cuyas capacidades administradoras van palideciendo al vertiginoso ritmo en que van refulgiendo sus dotes melodramáticas. La última ha sido estos días. Se despacha anunciando a prensa y platillo que se las ve y se las desea para enderezar esto, que todo está mucho peor de lo que se imaginaba, que tendrá que prorrogar el presupuesto, que no podrá pagar la nómina de diciembre a los mil setecientos perplejos funcionarios municipales. Y, bueno, a uno oyéndole confesar sus desgarradores desvelos acaban asaltándole algunas dudas.
Por ejemplo, si la causa de todos sus pesares estriba en el anterior presupuesto, ¿cómo es que se propone repetirlo? O no era, entonces, tan malo o es que no sabe hacer otro. Pero, claro, eso nos lleva a otra duda mayor. A ver si es que estamos ante una velada confesión de incapacidad, a ver si está lanzando un SOS para que alguien le rescate de su propia inutilidad. Algo tiene que haber. Porque nadie se lo ha tomado en serio. Es lo que tiene la manía de sobreactuar. Sólo mueves a la chufla. Todo el mundo sabe en esta ciudad que las nóminas se pagan y se pagarán. Los sindicatos han reaccionado con manifestaciones que van desde la condescendencia hasta el pitorreo ante sus declaraciones. Hay alguna duda más. Tiene que ver con las insistentes declaraciones que el apesadumbrado concejal y su jefa de filas venían haciendo reiteradamente antes de las elecciones. En ellas denunciaban de manera clara y abrupta que el dinero municipal estaba en la más absoluta ruina. Que la única forma de arreglar aquello era votándoles a ellos. Y, bueno, el personal, crédulo y bienpensante, les votó. Y lo hizo con la convicción de que, tal y como habían comprometido, solucionarían el problema. Pues bien, ya han ganado, conocían el problema, tenían la soluciónÉ ¿A qué esperan? ¿O no era verdad?
La otra posibilidad es más descorazonadora. Que se sientan cómodos con la situación. Que les interese más el problema que la solución. Que hayan encontrado un filón político aireando el problema, un filón que dejaría de serlo solucionándolo. ¿Ustedes saben lo que da de sí este estado de permanente sobresalto? Cada dos por tres se saca una factura sin pagar, nadie sabe por qué causa porque todos los circuitos de transparencia han sido convenientemente desconectados. Se exhibe con la adecuada dosis de alarmismo. De vez en cuando se vuelven a exhibir, de nuevo, las mismas facturas porque el personal no lleva la cuenta. Se asusta a la población. Y, finalmente, cuando viene la solución -que siempre llega a poco que el equipo que gestiona gestione- la ciudadanía quedará impactada al comprobar cuán acertada fue su decisión de votar a tan providenciales administradores.
La pregunta es cuándo terminará el empeño en buscar cada semana un pretendido escándalo en vez de una responsable solución. Cuándo acabará la queja como acción política. Cuándo dejarán de hacer oposición desde el gobierno. Cuándo se pondrán a trabajar. Cuándo. Cuándo.

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