Ripoll, el inefable González y los consejeros de la CAM

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Manuel Alcaraz Ramos Aunque parezca mentira, aún quedan españoles que, en esta época, regresan al trabajo. Ya se sabe: es una de las virtudes de la Constitución, que predica el derecho al trabajo. Menos mal que los partidos dinásticos no se han enterado, que capaces son de reformar ese maldito artículo, pues con parados y pobres en abundancia los mercados funcionan infinitamente mejor. Sea como sea, me he alegrado mucho de que, al parecer, a Ripoll se le arregle lo suyo y se vaya a hacer ruedas de prensa al puerto. Gente de poco seso dirá que porqué no se busca para esta colocación a un ingeniero o a un gestor o, qué sé yo, a alguien con experiencia en asuntos navales, un funcionario incluso. Eso, claro, son tonterías demagógicas que obvian las actuales corrientes del management creativo que se basa, en este punto, en el llamado "efecto multiplicador del amiguismo partidario". Observe el lego lector: el actual jefe se va de diputado, el actual concejal se va al puerto a dar algún palo al agua, ergo sale del paro y genera otro puesto de trabajo: el del nuevo concejal. Si finalmente Trillo se va a Madrid -quiero decir, que se queda allí, como suele-, se implanta otro puesto de trabajo, y van dos. Magnífico. El único requisito para entrar en la combinación y salir con autoridad portuaria es ser Jefe Provincial del Partido, pelearte con tu Presidente autonómico y tu Alcaldesa y que aquél dimita aquejado de sospecha de corrupción. Para facilitar la solución, estar implicado en otro asunto turbio quizá sea mérito, pero no estoy seguro. En fin, que le vaya bonito, que reciba muchos cruceros y flotillas de la OTAN y a ver si acaba con las medusas.
Con estas técnicas avanzadas no me extraña que Esteban González Pons, con su autocontención y elegancia habituales, anuncie que una victoria del PP traería consigo la creación 3 millones y medio de puestos de trabajo. Es verdad que luego ha dicho que no es una promesa, pues tengo entendido que en esta campaña PP y PSOE, y viceversa, han prometido no hacer promesas, por respeto a los electores, al parecer. Me parece muy bien: tal y como va el prestigio de los políticos, más vale que, al menos, no se les pueda acusar de mentirosos. Corrigiendo su incorregible verborrea, finalmente advierte, inefable, González, que la cifra es un deseo. Piadoso, supongo, porque, como suele, la derecha se guarda un montón de menesterosos para practicar la misericordia, ya que, si no es por eso, no entiendo porqué no desea cinco millones de puestos de trabajo, directamente.
La varita mágica para el inefable González es la férrea voluntad de favorecer la emergencia de emprendedores. Digo yo que cada emprendedor, a poco que emprenda, creará al menos un puesto de trabajo, con lo que, en realidad, los colocados nuevos serían 7 millones, o sea, que los cálculos del PP harán que pronto tenga que rebrotar la inmigración, para espanto del alcalde de Badalona y otros cristiano-liberales del PP. Ya veo contratando a Sarkozy y Merkel de asesores constitucionales o de cáritas. Y a Strauss Kanh impartiendo cursos de promoción de la igualdad. En ese contexto el PP anuncia que suprimirá la asignatura de educación para la ciudadanía según manda la Santa Madre Iglesia, y que, en su lugar, se creará la de formación del espíritu empresarial, o algo así. Nos acercamos al paraíso: ya que ni estos tiempos de adversidad crece la nómina de seminaristas, al menos todos nos encaminamos a ser empresarios. A mí las cuentas no me salen, pero me inclino ante la superior inteligencia emocional del inefable González, aunque reconozco que, quizá, el "método Ripoll" nos ofrezca una pista: no se ha dicho que para que te den el certificado de emprendedor responsable debas presentar carné del PP, visado por la fiscalía anticorrupción, pero va de suyo.
Los que no vuelven al trabajo son los consejeros de la CAM. ¡Ohhh! Reconozco que, perdido en los entresijos del lenguaje esotérico aplicado a estas cosas, he dejado de lado la lectura de apasionantes matices sobre la caída del Dios de las finanzas alicantinas. Sin embargo estas últimas semanas leo con delectación pecaminosa todos los artículos y declaraciones de los mencionados consejeros. Y es que, tras meses de prudente (?) silencio, tras incitaciones diversas a que demostraran, al menos, que sabían hablar o/y escribir, al fin lo han hecho. Tras recibir esta apasionante información lo que a uno le sorprende es que el chiringuito haya durado tanto, porque, resumiendo lo leído, se concluye que: A) ellos tampoco entendían el lenguaje esotérico; B) saben leer o/y escribir, pero no de cuentas; C) se dejaron manipular y engañar con un gozo tan inmenso, tan inadecuado en los lúgubres tiempos en que vivimos, que más hubiera valido sentar a la mesa a ninots de cartón piedra. Como no sabemos cómo acabará la cosa, propongo que la próxima vez se deje de lado a beneméritos catedráticos de economía, líderes empresariales de acrisolado recorrido y emprendedores audaces y se ponga a aconsejar a la tuna compostelana: gastaríamos en créditos blandos para bandurrias lo que se perdió en ladrillos, pero la cosa sería mucho más amena. Menos mal, en fin, que los mencionados consejeros, que yo sepa, no tienen apuros y no han de irse al INEM, como le aconteció al pobre Ripoll. Dios aprieta pero no ahoga. Que si llega a ahogar, el puerto de Alicante lo acabará dirigiendo una masa coral. Porque muchos son los llamados y pocos los elegidos.
Y así todo. Y esto no ha hecho más que empezar. ¡Viva la Volvo y abajo la escuela pública!

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