Los nuevos paisajistas

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Roc Gregori Aznar La verdad es que no soy nada dado a renunciar a los orígenes. Creo que no se debe -ni se puede- esconder la procedencia de cada uno ni hace falta alterar circunstancias y vicisitudes vividas -a no ser que sean inconfesables, claro- por mucho que nos hayan llevado por derroteros bien distintos de aquellos con los que arrancamos a abrirnos paso en la vida. Lo digo porque, aunque ahora en esta tierra las profesiones han proliferado con tanta variedad, la verdad es que, a poco que se rasque, descubriremos que muchos de nosotros procedemos del ámbito rural, que nuestros antepasados vivían del campo, que eran labradores.
Sí señor, labradores se denominaba a aquellos campesinos del arado y la azada, del cultivo del secano, algo de huerta y poco más. "Labrador", esa era la profesión que constaba en el DNI de mi padre, que nunca se cambió, aunque ya no se dedicara a las tareas de trabajar la tierra, porque le hubiera parecido como cometer algo vergonzante, como una especie de traición. También, como caso paradigmático, habría que citar a Jaume Fuster i Llorca (La Ramoneta), de Benidorm, multi empresario de alto rango, que en un alarde de desconcertante modestia (ya que él nunca trabajó con el arado) hizo constar en el apartado de la profesión correspondiente a su DNI la de "labrador".
Con el paso del tiempo fueron incorporándose nuevos cultivos que requerían la aplicación de otras maneras y métodos. Se extendió el regadío. Primero por el sistema "a manta" ("per parà", decimos todavía por aquí), evolucionando hasta nuestros días en los que se emplea el sistema de goteo. Y lo que ha ocurrido es que los arados y las azadas han ido desapareciendo y, quizás por eso, los antiguos labradores han sido denominados "agricultores".
Mientras tanto llegó el turismo, el de las playas y el del interior y explotó la urbanización del campo con la connivencia y la perfecta convivencia entre esta nueva fuente de riqueza y la tradicional de los agricultores. Tanto era así que la estrategia generalizada era la de vender para construir chalets los terrenos altos, con buena vista, sí, pero de bajo rendimiento agrícola y quedarse con los hondos ("la foia") para seguir cultivando las especies de moda como el naranjo y el limonero. Y, qué quieren que les diga, funcionó. El agricultor se quedó con lo más valioso para él y el nuevo residente con el panorama espectacular mejorado ahora por las bien cuidadas plantaciones. Ya sé que voy a caer en la simplicidad y tampoco quiero justificar errores y abusos que ahora, a toro pasado, todos nos apremiamos a detectar y condenar, pero lo cierto es que ambos intervinientes, el turista y el agricultor, estaban felices.
Razones de índole socio-económica, cultural y técnica, que no requieren destalle pormenorizado ya que son bien conocidas por todos, están produciendo el abandono de las actividades agrícolas con el consiguiente deterioro paisajístico de aquellos panoramas tan bien valorados que dan como resultado que ese paisaje y esa no menos importante convivencia estén en retroceso y acaban produciendo el deterioro de la calidad que antaño poseían.
Ya sé que si analizáramos en profundidad los porqués que han llevado a la actual situación detectaríamos un sinfín de circunstancias que dificultan la recuperación de situaciones anteriores, cuando convivían casas y huertos, pero hay una que destaca por encima de todas a una simple y primera vista: la cuestión económica. No me negarán que resulta muy difícil convencer a los agricultores para que mantengan el cuidado de sus fincas si no les es rentable, lo que nos conduce inexorablemente al abandono progresivo de esta actividad. Una auténtica pena que desmoraliza a los frustrados agricultores. Si no que se lo pregunten a mi amigo Diego García, de l'Alfàs del Pi, que cada año (o quizás cada día) sopesa la posibilidad de abandonar sus naranjos porque le cuestan Dios y ayuda mantenerlos. Vamos que no ha sido la construcción la que ha matado el rendimiento de sus fincas sino lo poco que saca de su producción.
Así las cosas, no resulta infrecuente escuchar el lamento y el relamo de subvenciones al campo por parte de algunos agricultores. Y mira que soy contrario a las intervenciones de la administración, pero no me extrañaría que finalmente se tuvieran que crear algunas líneas de salvación para conseguir un campo bien cuidado, aunque hubiera que producir un drástico reciclaje del sector. Bueno, al fin y al cabo no sería nada contrario a la evolución que han ido sufriendo los que se ocupaban del campo: de labradores pasaron a agricultores porque a ello les llevó la evolución. ¿Tan descabellado resultaría dar un paso más movidos por la nueva situación y que los agricultores se convirtieran ahora en "paisajistas"?
Como sueño no queda nada mal, ¿verdad? A la postre siempre acaba saliéndome la vena de mi procedencia de labrador. No hay manera.

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