De la categoría a la anécdota

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Rafael Simón Gil Corren tiempos difíciles, no solo por sufrir una situación económica, financiera y laboral insostenible, profundamente injusta y con escasos visos de mejorar, sino porque lo que otrora eran valores que la mayoría de los ciudadanos consideraba suyos, válidos, conquistados con gran esfuerzo, disfrutados tras muchos años de oscuridad y referentes éticos de una sociedad democrática, libre, plural, tolerante y solidaria, se han convertido en papel mojado, no se reivindican, apenas concitan reacción alguna de defensa por parte de esa sociedad a la que sirvieron. Por contra, todo aquello que una sociedad sana debería combatir hasta la extenuación para evitar que se inocule en ella el cáncer de la apatía, la metástasis de la destrucción, pasa a un preocupante segundo plano cuando no a una autista resignación de lo inevitable. Y aunque resulte cómoda -un balsámico placebo- la coartada de atribuir la responsabilidad de este "menfotismo" ciudadano a la clase política, por su enfermiza obsesión en regular con carácter exclusivo la realidad social, económica, cultural, intelectual, universitaria, empresarial, sindical, religiosa, vecinal, familiar, sexual, en fin, la vida toda de los ciudadanos (incluso la verdad histórica) mediante miles de normas, nadie puede mirar hacia otro lado ante el preocupante fenómeno, todos somos responsables de que así ocurra.
No es de extrañar, en consecuencia, que vivamos secuestrados entre la anestesia que nos inocula intencionadamente el poder y el adormecimiento que nos procuramos también intencionadamente alegando cansancio insuperable. Y las preguntas se me antojan alarmantes: ¿Treinta años de democracia y ya estamos aburridos? ¿Tres decenios de libertad, de dignidad ciudadana y ya estamos vencidos? ¿Algo más de un cuarto de siglo de mayoría de edad y ya no sabemos disfrutarla? ¿Cómo se explica que nos hayan secuestrado tan fácilmente lo que tan difícilmente conseguimos conquistar? ¿Por qué la ideología de los ciudadanos, de los medios de comunicación, de los sectores culturales y universitarios, profesionales, sindicales, se tiene que transformar obligatoriamente en partidismo ideológico, en siglas políticas cerradas e inamovibles más pendientes de sus propios intereses? ¿Cuándo perdimos la capacidad de crítica contra el poder establecido; el valor de la verdad por encima de la verdad oficial; la supremacía del poder ético frente al brillo de la estética del poder; la voz ciudadana libre frente a la voz cautiva de su amo?
El diario El País publicaba hace un par de semanas los resultados de la encuesta "¿En quién confía usted?". Los datos -pese a que las encuestas no sean dogma- resultaban esclarecedores. Mientras políticos, partidos políticos, bancos, el actual Gobierno, los obispos y la Administración de Justicia eran los peor valorados, con cifras alarmantes, científicos, médicos, la Universidad, la Sanidad pública, la Policía, la Guardia Civil o las Fuerzas Armadas presentaban las mejores puntuaciones. Estaban peor valorados los tribunales de justicia, los jueces y los fiscales que los abogados. Maticen todo lo que quieran, rásguense las vestiduras, duden, pero ahí están las cifras, esas son las sensaciones de los encuestados. Y por culpa de esa peligrosa espiral de desconfianza hacia los poderes públicos, de recelo ante sus actuaciones, de resignación por lo irremediable, cotidiano y abrumador que resulta ese poder, por lo asfixiante que se hace, todo aquello que considerábamos categorías universales, verdades objetivas, referentes éticos, valores ciudadanos, se ha convertido en mera anécdota por mor de la perversa relativización que de las mismas ha hecho el poder.
Solo así se explica que la gran corrupción política que padecemos se convierta en un fenómeno usual e inevitable, en una plaga endémica que debemos sufrir cual pecado original. Solo así se explica que hechos tan graves como las quiebras de cajas de ahorro, la nefasta gestión de sus responsables, la irresponsable intromisión en las mismas del poder político, no se hayan traducido en respuestas ciudadanas contundentes, en exigencias firmes de responsabilidad. Sólo así se explica que consintamos el derroche de dinero público que han hecho los políticos a costa de un endeudamiento que, además de pagar nosotros, hace que ellos no paguen (la Generalitat Valenciana debe más por sus obras faraónicas que el total de tres autonomías juntas). Solo así se explica que la progresía de salón siga defendiendo dictaduras como la cubana y la iraní al tiempo que éstas expulsan de sus paraísos a los corresponsales de El País. Solo así se explica que nuestro Gobierno, el PSOE, se haya pasado ocho años predicando y exigiendo la paridad de mujeres y hombres en órganos de gobierno, en las empresas, y que INFORMACIÓN publicara días atrás la fotografía de Rubalcaba con los prebostes del PSOE. Veintidós personas aparecen en la misma, veinte hombres yÉ solo dos mujeres. Silencio sepulcral. Lo dicho: de la categoría a la anécdota. Y sin cambiar de peluquero ni de peluquera.

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