Cien días que cambiaron el mundo

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Miguel Ors Montenegro En un trimestre que llevo incorporado a la vida política activa he padecido tres cólicos nefríticos, tengo averiado el menisco de la pierna izquierda, con lo que no he tenido más remedio que interrumpir temporalmente una más que prometedora carrera futbolística y, lo más grave, el agua de la piscina se me pone verde cada dos por tres. También he sufrido pesadillas. La más aterradora fue una en la que, en una noche cerrada, mi amigo Pablo Ruz y la Dama de Elche Viviente, cogidos de la mano, me perseguían por la avenida del alcalde Vicente Quiles. Menos mal que -las cosas de los sueños- interrumpieron la carrera para besarse acaloradamente, con la misma pose que en la célebre fotografía parisina, por lo que, cojo y todo, pude escapar. Le comenté al médico del Seguro si encontraba una relación causa-efecto entre todas estas anomalías y la asistencia a los plenos municipales y me dijo que sí, que la política estropeaba a los individuos en cuerpo y en alma. Argumenté que era independiente y que mi carrera política no era precisamente prometedora y, segundos antes de llamar al siguiente paciente, me espetó: "Tú sigue así y verás".
Y es que estos cien días han sido muy entretenidos. Con respecto a Mercedes Alonso, tuve ocasión de darle un par de besos a raíz de su victoria electoral. Con mucha suerte porque no había gente por la calle y creo que no nos vio nadie (esto, por favor, que no salga de aquí). En general, sus opositores estamos razonablemente satisfechos porque con lo fácil que es conducirse con prudencia y discreción, nos ha dado algunas alegrías: se ha cargado a la Pasionaria y un par de calles; se ha ganado el aprecio de la gente del 15-M; ha contratado a un familiar con lo que su discurso regeneracionista se convierte en papel mojado (imagine el lector que sus catorce concejales y medio hicieran lo mismo) y, en general, manifiesta un mal humor preocupante, con lo contenta que debería estar tras tantos años en la oposición. Sobre si tiene o no coche oficial, me faltan datos y me aburre extraordinariamente el asunto.
De su equipo me gusta que haya de todo un poco: diversidad sexual -hetero y homosexuales-; diversidad religiosa -ateos y numerarios del Opus Dei-; y, sobre todo, diversidad ideológica, con numerosos exmilitantes del PSOE que hasta hace bien poco llevaban a su partido en un corazón tan grande en el que, por lo visto, cabe el PSOE, el PP y un rostro tan grande como un camión. Es lo que gente rara como los politólogos llaman "catch all" (atrápalo todo). Lo que no sé si tienen es algún masón, que tampoco les vendría mal. Recuerdo a un alumno inolvidable que tuve, Pedro Zaragoza Orts, por aquel entonces octogenario, que veía masones por todas partes y me llegó a confesar que el PP estaba infectado por la masonería, hasta el punto de que en el último Gobierno de Aznar veía nada menos que a tres masones. Le contesté que amén, le puse un notable y él se despidió de mí con estas palabras: "Que Dios te lo pague" y me mandó una caja de vino estupendo. La verdad es que nos hicimos muy amigos.
Cuenten o no con masones, tienen dos portavoces, dos "manolos": Manuel Rodríguez y Manuel Latour. El primero tuvo la peor intervención de todas las que he escuchado: insultó miserablemente a un miembro de la Corporación por carecer de estudios universitarios. Peor, imposible. Al segundo, mi amigo Manuel Latour, le conocí hace 40 años jugando al fútbol y ya era tan marrullero con el balón como ahora lo es en la política. También se pasa siete pueblos con sus descalificaciones, pero le debo agradecer que haya dejado de escribir como columnista dominical, por aquello que colocaba los signos de puntuación aleatoriamente, con lo que, si te leías de golpe un artículo suyo, te entraban mareos.
En cambio, en el partido al que apoyo, todo va estupendamente. En Elche, si no somos inteligentes, puede ocurrir que se produzca una guerra intestina que nos acerque al muy poco recomendable modelo de Alicante capital y, mientras tanto, estamos liderados por Jorge Alarte, un buen chico que además ha leído a Tony Judt, pero con el que perderemos sin remedio todas las convocatorias electorales que él esté dispuesto a encabezar. Nos hemos quedado sin un magnífico portavoz parlamentario como Ángel Luna y el 20-N nos tocará votar, si nadie lo remedia, a Leire Pajín, una máquina trituradora de votos.
Total, que lo de ser concejal como experiencia se puede aguantar, aunque se añora la vida de las personas normales. De todas maneras, entre los achaques propios de la edad, el agua de San Pascual, la crisis económica, el Partido Popular y la que nos viene encima, a mí me queda básicamente el Barça: ¡Visca el Barça i Visca Catalunya!

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