Robertina

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Antonio Cuevas Robertina, en vez de cortarse la coleta, se pone extensiones y renueva el repertorio.
Las diosas jamás abandonan el Olimpo.

Me cuentan que Robertina se retira y no me lo creo pues es bien sabido que las diosas jamás abandonan el Olimpo y Robertina es una diosa, sin duda alguna. Su Olimpo es el cabaret, su vida el mussic-hall, su escuela el viejo y eterno varieté. Robertina, nuestra querida diosa, tierna y noctámbula, anuncia que ya es hora de jubilarse, que su hora ya pasó y es tiempo de entregar el testigo y encaminarse a cuarteles de invierno. Derecho a ello tiene, claro que sí y años (según dicen "las malas" que la envidian) también. Pero insistimos, no nos lo creemos. Es como si la Pavlosky (triunfal AngelHada estos días en el Español de Madrid) o la sin par Psicosis Gonsales (tan bruta y poderosa en Crazi Love, en el Circo Price del Foro) anunciaran el The End de sus respectivas vidas de película.
Robertina pertenece a esa gloriosa estirpe de valientes cabareteras. Heróicas "locas" que en vez de encerrarse en un armario (por otra parte, aunque quisieran no podrían hacerlo, pues el vestuario desborda en boas multicolores y satenes varios) se lanzaron a cuerpo descubierto a la pista iluminada. Son carne de noche y lentejuela. Oficiantas de una herética religión plebeya y canalla a veces, glamurosa siempre. Sacerdotisas nada frívolas (aunque sus atuendos, presuntamente, digan lo contrario) que desde los tugurios poco recomendables y anatemizados, libraron una batalla desigual en la que, a pesar de todo y contra todo pronóstico, salieron victoriosas y aplaudidas.
Robertina canta conocidas coplas, cuplés, boleros... cambiándoles las letras y añadiendo contenidos de crítica sarcástica y social. También recupera del olvido canciones de Mari Sampere, Lina Morgan, OndinaÉ desmitificando el chiste fácil del mal gusto imperante de la época del franquismo y post. Me cuenta una anécdota: en unos carnavales, en Valencia, la invitan a una fiesta en Belle Epoque diciéndole que fuese a ayudar (de telonera): la dejan en el escenario y las estrellas del show se van con prisas a cambiarse. Todo  el público en la sala y las "otras" que no salen  (parece ser que tenían una guerra interna entre primeras, segundas y terceras vedettes, disputando el "cierre" del espectáculo); así que tuvo que hacer todo el espectáculo solita y sola. Y encantada de la vida, por cierto. La aclamación del respetable hizo morir de envidia y estupor a las estrellas oficiales que abandonaron su pelea en el camerino e irrumpieron en tropel en el escenario para desplazar a la intrusa y arrebatarle su bien ganada gloria. Para colmo, entre el respetable público, un chongo de ensueño aplaudía y gritaba haciéndose notar. De noches como aquellas hubo muchas (y chongos como aquél, tampoco faltaron como premio) en la vida de Robertina. Los recuerdos de noche como aquella pueden alimentar la merecida jubilación anunciada, por supuesto, pero sin embargo, no terminamos de creérnosla. Recapacita, diosa, recapacita y canta el himno que María Elena Walsh escribió como homenaje al Viejo Varieté: "Pasaron guerras y revoluciones/ perdimos unas cuantas ilusiones/ no las del cuento extraordinario/ que alguien repite desde un escenario".

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