Sin demagogia

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Jorge Cremades Sena Reformar la Constitución no es baladí y, por tanto, es necesario que todos los ciudadanos tengan una información objetiva y despojada de todas las demagogias que, unos y otros, quieran añadirle con un claro objetivo político-electoral. La reforma del artículo 135, pactada entre Zapatero y Rajoy -es decir, entre el PSOE y el PP-, ha desencadenado una serie de reacciones que no van, a mi juicio, en la dirección correcta hacia esa información objetiva a la que la ciudadanía tiene derecho. Hablar de ruptura del consenso constitucional, de exigencia de referéndum, de triunfo de la derecha, de eliminación del Estado del Bienestar, de hacerlo a espaldas del puebloÉ y otras tantas exageraciones, me parece un ejercicio demagógico excesivo que sólo pretende pescar en el río revuelto de un electorado que pronto tendrá que pronunciarse en las urnas.
            La propia Constitución -por lo tanto, el consenso constituyente- acepta dos métodos para su reforma, según los artículos afectados. Ambos requieren una mayoría de dos tercios del Congreso y el Senado. Además, si la reforma afecta al Título Preliminar, al Capítulo II-Sección I del Título I o al Título II, se exige la disolución de las Cámaras, el refrendo de éstas tras las elecciones y el posterior sometimiento a referéndum popular. Sin embargo, para el resto de títulos y artículos no se requiere disolver cámaras ni convocar referéndum, salvo que éste sea solicitado por un diez por ciento del Congreso o del Senado. Teniendo en cuenta que la presente reforma afecta al artículo 135, ubicado en el Título VII sobre Economía y Hacienda, es obvio que la reforma se ajusta perfectamente al más escrupuloso respeto a la Constitución, resultado del consenso inicial entre todos los españoles, salvo que el citado porcentaje de senadores o diputados exija la convocatoria de un referéndum. Es por tanto descaradamente demagógico manifestar que la reforma se hace a espaldas del pueblo y, mucho menos, rompiendo el consenso que, en su momento, acordaron todas las fuerzas políticas.
            La reforma pretende, elevándolo a rango constitucional, garantizar el principio de estabilidad presupuestaria vinculando al respecto a todas las administraciones públicas, reforzar el compromiso de España con la UE y garantizar la sostenibilidad económica y social de nuestro país. En definitiva, evitar en el futuro un despilfarro incontrolado que, en estos últimos años, nos ha llevado al borde de la ruina. Así lo tienen establecido algunos países, como Alemania, sin que ello signifique la quiebra del Estado del Bienestar como aquí dicen algunos. La cuestión no es gastar más, sino gastar mejor, ajustando al máximo posible el diferencial entre gastos e ingresos, lo que también exige una mejora en la recaudación. Por tanto, desde esta perspectiva, no es razonable hablar de triunfo de la derecha, salvo que algunos piensen que una política de izquierdas es gastar y gastar incluso lo que no tenemos, endeudándonos hasta las cejas e hipotecando a las generaciones futuras. La orientación ideológica de la Economía sólo depende de dónde se carguen las tintas a la hora de gastar y a la hora de recaudar, dentro de las capacidades reales de riqueza que cada país tiene. Establecer un tope máximo de gasto en relación a dichas capacidades no es ni de derechas ni de izquierdas, es simplemente de sentido común.
            Otra cuestión distinta es el momento y la forma en que Zapatero ha planteado la reforma, solicitada por Rajoy desde hace tiempo. Hacerlo cuando está a punto de irse y en precampaña electoral es darle oxígeno a Rajoy y dejar a Rubalcaba entre las cuerdas. Pactarlo con Rajoy al margen de Rubalcaba es dejar muy tocado al desnortado PSOE, que venía rechazando hasta hoy la propuesta del PP tachándola de derechas, como hacen otros, de forma demagógica. Sólo desde esta contradicción del PSOE se puede considerar que la reforma suponga un triunfo de la derecha. Pero es la consecuencia lógica del caótico proceso de sustitución de liderazgo que han decidido los propios socialistas, ¿no sigue siendo ZP el secretario general del PSOE?, ¿no ha sido la rectificación su ideología? Rubalcaba y el resto de barones socialistas, quienes hasta ahora obedecían ciegamente al sacrosanto Zapatero, están siendo ahora víctimas de sus propios errores y, para evitar males mayores, no tienen más remedio que seguir acatando sus decisiones hasta el final, aunque sólo sea de puertas hacia fuera y esta decisión esté cargada de sentido común. ¡Cómo no van a hacerlo si aplaudieron sumisos otras muchas decisiones cargadas de sin sentido! Pero rectificar en estos momentos sobre un asunto tan importante y de la forma en que lo ha hecho ZP, plegándose a lo que la derecha venía planteando de forma razonable desde hace tiempo, es dar una baza electoral a los partidos de izquierdas y nacionalista, de la que, por mera decisión de ZP, queda inerme el PSOE -y su candidato Rubalcaba-, susceptibles de ser atacados por las demás opciones de izquierdas y nacionalistas, que utilizarán todo tipo de argumentos ideológicos, por demagógicos que sean, para arrebatarle un buen puñado de votos. Ya dice la sabiduría popular que "a perro flaco, todo son pulgas", sobre todo si el perro lleva mucho tiempo sin comer y no encuentra dueño que le proporcione alimentos.

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