El vendedor de regaliz y el xiquet dels botijos

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T. Martínez Blasco Vendedor de regaliz. Eran muchos, los vendedores que concurrían en colmo a nuestras calles con prodigiosos manjares. Estaba el paciente barquillero con su ruleta -creo que trucada- porque nunca salían los diez barquillos. También un personaje extraño, puesto de gorra y con cesta a la cadera que pregonaba a grandes voces: "saladitos, saladitos, los ricos camarones". Pero el alma limpia -con germinado oficio de nuestra tierra- era el viejo "regalissiero". Un labrador venido del aire del campo con su carga de raíces que para la ciudad era un cuerpo sin voz. No como los otros que imponían el género clamando a gritos. Callado, con su saco vacío doblado cual montera al hombro, llevaba colgada sobre él diferentes calibres de sus tubos dulzones.
Y los niños íbamos a buscarlo a sitio fijo; siempre atraídos por sus sabrosos canutos de regaliz. Y en silencio le entregábamos el dinero, sabiendo que este honrado labrador, nos cortaría al punto y su antojo, el puro que correspondía a nuestro deseo. ¡Qué amargo fue que desapareciera el regalissiero! Aquel buen hombre que nos servía en galopante fantasía los primeros habanos de nuestra inocencia fumadora. ¡Perdimos el ascenso a la mayoría de edad!
Xiquet dels botijons. El muchacho de los botijos no cumplía un oficio sino un servicio. Se trataba de hacer responder -al más joven de los aprendices en cualquier taller o fábrica- de la obligación de llenar los botijos. Así que su trabajo era muy simple: alimentaba los botijos en la fuente de agua más cercana y los mantenía en lugares frescos para llevarlos a quienes se les despertaba la sed. Alguien me dirá que ello suponía poco esfuerzo, un sacrificio menor; mas para mí su obligación era grande. Porque el "xiquet dels botijons" quedaba siempre sujeto al hacha de la burla. Quienes sudaban su trabajo, lo enviaban de aquí para allá y se le tenía siempre atormentado e inquieto, vejado con apóstrofes desdeñosos. De esta manera el servidor de los botijos iba, aprendiendo simpatía en su menester ganando así dignidad para esperar que otro "xiquet" menos espabilado, cargase con la prenda de ser aguador.
Sin embargo, dentro de este cargo había para él una circunstancia feliz: era la llegada del sábado de Gloria, día en que se celebraba la Resurrección de Cristo. Porque siendo las diez de la mañana en punto, se tocaba a gloria. Y acostumbraba la gente de Elche ir a Santa María, para ver levantarse el teloncillo del Camarín y aplaudir entonces a la Virgen de la Asunción, momento en el que repicaban todas las campanas de la ciudad y sonaban morteretes, logrando que Elche viviera la Resurrección. Y también era el instante solemne para que todos los botijeros de las fábricas rompieran con gran estrépito sus viejos botijos.
Todo un rito pascual, signo fulminante de la renovación. ¡Y es que, en tan brillante hora y en un año envejecido, se imponía exigir un botijo nuevo!

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