La dignidad política de la izquierda

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Cecilio Nieto Es fácil hacer leña del árbol caído, pero no es esa mi intención; sólo quiero compartir con ustedes estas reflexiones con el ánimo de aportar algo de luz al oscuro panorama que se le plantea a la izquierda y, en especial, al PSOE, tras la severa advertencia del electorado. Me preguntarán, ¿y por qué no hablas también de la derecha?, al fin y al cabo también forma parte de la fauna política. Pues sí, lo he pensado, y me he encontrado ante una disyuntiva, entre decir que la derecha carece de dignidad política, pues va a lo que va y no le importa esperar lo que haga falta para conseguirlo; ahí están M. Rajoy y J. Arenas como ejemplos indiscutibles. Pero tal afirmación es muy arriesgada e inexacta por su amplitud. Será preferible afirmar, esta es la otra parte de la disyuntiva, que la derecha tiene una concepción de la dignidad política "distinta" a la de la izquierda; en este caso habría que escribir un artículo aparte.
La izquierda, en su origen, proviene de proyectos éticos grandiosos, universales, de unidad metafísica de todos los seres humanos, de las utopías de grandes filósofos, como Kant, Fichte y Hegel. No es el caso de la derecha. A la izquierda se le exige, en consecuencia, más coherencia con sus orígenes utópicos y éticos. Es verdad que las cosas, incluidas las ideas y los ideales, cambian con el paso de los días; es verdad que la moral es relativa al momento histórico y a las características de las sociedades. Es verdad que lo que ayer fue digno, hoy es indiferente; que lo que ayer era terrible, hoy es deseable; que las grandes éticas de sólidos principios, se diluyen juntamente con el resto de valores tradicionales en nuestras sociedades líquidas, como diría Bauman. Todo esto es verdad; pero los humanos hemos creado una vacuna contra tal exceso de liquidez: la dignidad. Aunque los modelos éticos duren pocos años, siguen existiendo; serán nuevos modelos, es cierto, pero al fin y al cabo siguen siendo modelos, que entre otras cosas, poseen determinados valores que permanecen sin envejecer con el tiempo. La dignidad es uno de ellos.
Poseer dignidad en el complejo y enmarañado campo de la política exige poseer unos ideales éticos, identificarse con ellos y saber llevarlos a la práctica con sabiduría, de tal manera que ni los ideales ni la realidad social se violenten. ¿Qué ocurre cuando se fracasa en ese empeño? Recordemos que fracasar es incumplir alguna de las notas que hemos descrito como dignidad política. El concepto de fracaso es más amplio que el de éxito; el éxito justifica incluso a los pésimos gestores; el fracaso, magnifica su incompetencia. En nuestro país estamos acostumbrados a suplir competencia por buena voluntad. No hacemos caso de aquella máxima de que el infierno está empedrado de buenas intenciones y seguimos erre que erre con lo de buen chico o buena chica como valor primordial; tampoco hacemos caso de aquella otra: hasta para ser malo hay que ser listo; el tonto no vale ni para ser bueno. Tonto no es sinónimo de fracasado, es cierto, pero sí lo es, y mucho, cuando el que fracasa no toma conciencia de su fracaso, no lo sabe analizar y no comprueba si este fracaso ha sido por una mala estrategia, por una mala gestión o por su incapacidad, tan grande como su ambición e incompetencia.
En este país los de arriba se suelen rodear, para sus equipos, no de los mejores, sino de los más obedientes, de los más dóciles y de los más cortitos para, de esa manera, sobresalir ellos con poco esfuerzo. También ocurre, otra prueba de falta de inteligencia, que cuando una idea no se les ocurre a ellos, no es contemplada en absoluto, no se tiene en cuenta. Resulta un panorama desalentador. Es pronto para pedir cabezas; no está en nuestro ánimo hacer leña del árbol caído, ya lo hemos dicho. Pero este varapalo político, ya que la derecha es incapaz de hacerlo porque su concepto de dignidad es "distinto", obliga a la izquierda a revisar la relación en sus dirigentes entre ambición política, capacidad de gestión, y capacidad para una adecuada acción política. La bisoñez de algunos dirigentes del Gobierno, su ambición mayor que su competencia, la idea cristiana del presidente de la inmolación política para salvarnos de no sé qué quema y la incompetencia generalizada de los gestores subalternos, han propiciado esta severa advertencia del electorado.
Tal vez no necesitemos refundación alguna del partido; sí que necesitamos gente honesta y capacitada para volver a empezar. ¿Tomarán nota los que se aferran al cargo?

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