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Juan España

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Andrés Castaño Me resultan incomprensibles tanto la histeria apocalíptica como la complacencia interesada con que los medios informativos están despachando el llamado movimiento del 15-M. Es paranoico creer que Rubalcaba anda detrás del guirigay y miope no advertir que las protestas en cualquier época y lugar suelen dañar a quien gobierna. Por primera vez, los protagonistas no son una reata de tipos desaliñados con telarañas en las meninges que recitan consignas rancias (el otro día, uno de ellos berreó por el micrófono "el pueblo unido jamás será vencido", ese "Santiago y cierra España" de soviet prehistórico, mientras un grupo de jóvenes le observaba como quien ve aterrizar a un extraterrestre). Esta es la superficie ruidosa, la charanga que la izquierda organiza cada lustro aproximadamente para demostrarse que sigue respirando aunque sea con mascarilla. No, lo que está ocurriendo es un movimiento de desafección nada virulento, y por lo tanto mucho más expresivo que la simple bronca, hacia el Poder, ese magma mayúsculo que identificamos con los partidos políticos pero que también engloba a grupos de comunicación, sindicatos, jueces, policías, empresarios y presuntos intelectuales con subvención garantizada.
Como desgraciadamente saben en Lorca, los efectos más dañinos de un terremoto no son los cascotes de una iglesia, sino las grietas casi invisibles que aparecen en sus pilares. Mientras fuimos jóvenes, felices e indocumentados, pudimos creer que la "belle epoque" no tendría fin. Tolerábamos la ostentosa arrogancia de los políticos, el enchufismo administrativo o la voracidad de la ventanilla bancaria porque el sistema nos manumitía satisfactoriamente. Era un pacto tácito que descansaba sobre la premisa de dos tribus que comparten la explotación de un cortijo con vocación parasitaria, pero precaviéndose de mantener en niveles mínimos de dignidad a los jornaleros. Sin embargo, las revoluciones siempre comienzan en una panadería con los estantes vacíos. La gente del 15-M no es antisistema, ni filoterrorista, ni cree que haya que destruirlo todo para recomenzar. Por el contrario, son el elector en su estado más noble, el del ciudadano que comienza a estar desesperado porque tiene hambre y nadie le ofrece pan ni soluciones. No hay que despreciar algunas señales: mucho más grave que las casi nulas expectativas de los jóvenes (al fin y al cabo, son jóvenes y sabrán salir adelante), es la inminente realidad de una masa de parados que agotan las prestaciones de desempleo e hipotecaron su porvenir creyendo que todas las vacas son gordas, y ustedes disculpen la ordinariez. Eso no es una revuelta, ni siquiera una revolución: eso es quiebra social. Yo creo que los vaticinios aconsejaban hace demasiados meses fórmulas de gobierno de coalición, pero la ceguera irresponsable y el sectarismo más ruin han permitido prolongar una situación que ahora amaga con desbordar a nuestros servidores públicos con puños almidonados. El conde Witte advirtió a Nicolás II sobre los disturbios en San Petersburgo: "La situación es grave". El zar no le hizo caso.

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