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El hombre sin rostro

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Andrés Castaño El indeciso más trascendente de la Historia ha sido Poncio Pilatos. Ustedes recordarán sus dudas acerca de Jesús y cómo el pueblo votó en referéndum por indultar a Barrabás. Después llegaron veinte siglos de gobiernos cristianos y dos infamias retrospectivas: que los judíos eran deicidas y que Poncio Pilatos titubeó fatalmente. No es un arranque demasiado alentador para hablar del indeciso, ese enigma que los sociólogos electorales han intentado diseccionar con mediocres resultados: el indeciso es brutalmente imprevisible y de tipología demasiado extensa como para admitir principios generales de análisis. En un episodio de "Monk", éste se recluye en la cabina electoral durante tres horas y reaparece con gesto desolado: no logra decidirse. El hecho de que tan solo se trate de elegir a un cargo del consejo escolar aquilata el voto de Monk. Porque el voto es el bien más valioso del ciudadano y su único símbolo de poder.
Naturalmente, es un ejemplo patológico y no sociológico. El indeciso relevante resulta más reconocible y menos agotador. Hay que presumir que es un individuo con tendencia a participar políticamente, pero sin criterio ideológico definido (lo que le permite desplazar su voto sin cargos de conciencia) o, en el otro extremo, de convicciones profundas (lo que le lleva a dudar entre votar a su partido o abstenerse). Ambos personajes se entremezclan en las encuestas para desesperación de los estadísticos y de quienes todavía confiamos en los estadísticos. Hace un par de semanas leí que seis de cada diez castellano-manchegos suspendían la gestión de su gobierno autonómico; el siguiente dato era que seis de cada diez castellano-manchegos tenían una buena imagen de ese mismo gobierno autonómico. Me pregunto si razonablemente alguien puede aspirar a entender este trastorno bipolar sin caer en la melancolía. 
En consecuencia, la del indeciso es una realidad virtual. Se admite generalmente que el indeciso dejará de serlo antes del cierre de los colegios, pero nadie puede pronosticar si optará por la abstención (la actitud más crucial en cualquier escrutinio) o se permitirá la excentricidad de apoyar una de esas listas cuyos candidatos ni siquiera se votan a sí mismos. El problema radica en averiguar por qué los indecisos no se deciden y esto guarda una relación inexorable con la figura de la que hablaremos mañana, el elector. Un indeciso es, en último término, alguien decepcionado con dificultades para canalizar su frustración que recita entre murmullos la letanía universal "todos los políticos son iguales" y disfruta descuartizando folletos de propaganda electoral junto al recibo impagado de la hipoteca. En otras palabras, son una bomba de relojería que ocasionalmente provoca síncopes inesperados: Truman ganó unas presidenciales mientras el New York Times lanzaba una edición especial anunciando su derrota y Churchill perdió abrumadoramente las elecciones de 1.945 tras la derrota del nazismo. Con estos antecedentes, comprenderán que me despida de ustedes con gesto indeciso.  

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