La última carga

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Jorge Alarte es el gran desconocido de la política valenciana, el candidato sin rostro ni voz, la ausencia de ultratumba, el viajero de incógnito. Podría haberse perpetuado como alcalde de Alacuás, dedicándose a remozar su monumental palacio o a difundir el festival de rock que él mismo creó, pero le pudo la inquietud del político ambicioso y optó por abandonar su luminoso palacio y el rock. Ahora vive enclaustrado en la sede de Blanquerías y canta lánguidos tangos. Preside un partido aficionado a decapitar dirigentes con naturalidad jacobina y a organizar combates de lucha libre en los comités federales que se intentan hacer pasar por democracia interna cuando solo son una exhibición de anarquía costumbrista. La sonrisa que Alarte despliega en los carteles electorales es la sonrisa del cristiano en el Circo romano, la del vecino de Hiroshima que cree haber oído un avión, la del rabino entrando en las duchas de Auschwitz. Alarte no lucha para vencer sino para sobrevivir y se le nota. 
Sus posibilidades de éxito pasan porque el PP decida retirarse de las elecciones y su partido logre movilizar a la famélica legión, cada vez más famélica y menos legión. Esta  plácida decadencia en que se ha instalado el PSPV no puede atribuirse íntegramente a la voracidad del PP. Los socialistas valencianos viven en el desconcierto y la trifulca desde hace varios lustros y el respetable tiende a rechazar este frívolo modo de vida con una elocuente pedorreta depositada en la urna. En su descargo, cabe añadir dos obstáculos de los que no es responsable. En primer lugar, Alarte no es parlamentario autonómico y este déficit le ha restado relevancia. Él no habría arrojado una piedra a los pies de Camps como hizo Luna, pero sí hubiese rogado desde la tribuna al presidente que al menos cambiara de sastre. El mayor capital de Alarte es la mesura, a veces excesiva, con que se desenvuelve en la jungla. En segundo lugar, las apariciones de Alarte en la televisión autonómica son tan frecuentes como las de la presidenta de Islandia. No solo es un desconocido: tampoco se le espera.
Demasiados flancos desguarnecidos. Esta personal carga de la Brigada Ligera por el valle de la muerte tiene fijado su toque de retirada: por debajo del 30% de los votos, el sanedrín del PSPV decretará el ostracismo del candidato y su sustitución por cualquier otro mártir despistado. Si supera esa cifra, dedicará los próximos cuatro años a intentar desembarazarse de entrañables compañeros como Leire Pajín y acosar educadamente al estilizado Camps. Desde luego, la patética campaña electoral perpetrada por el PSPV aumenta la probabilidad de una masacre y quizá esto se dé ya por descontado en la ventanilla de defunciones electorales. Los socialistas hubiesen preferido que se celebraran solo elecciones municipales; en cambio, el PP prefiere las autonómicas. Lo cual que sic transit gloria mundi, Jorge.  

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