En el fondo no les gustan las mujeres

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Pilar Garcés El Fondo Monetario Internacional (FMI) sigue a estas horas manejado vigorosamente desde una celda de la prisión norteamericana de Rikers Island, la famosa Roca de las películas de acción y de la mítica Ley y Orden, serie con un punto escéptico en la que no siempre triunfan la justicia y el bien. Allí ha ido a parar por decisión de una jueza Dominique Strauss-Khan (DSK), el director gerente del organismo económico, acusado de siete delitos por abuso sexual e intento de violación a la camarera que limpiaba la suite de 3.000 dólares por noche donde se alojaba en Nueva York, mientras reflexionaba sobre la manera de rescatar a Grecia del inminente desastre. En tan elevados afanes se hallaba cuando, presuntamente, salió en pelotas de la ducha y atacó por la espalda a la trabajadora, una madre soltera treintañera con décadas de vida laboral bastante sufrida. Ella logró zafarse, el presunto caballero francés escapó hacia el aeropuerto dejándose olvidado hasta el teléfono, allí le detuvo la policía y él contrató a un abogado pez gordo. Espero y deseo que los miembros de las bandas neoyorquinas de delincuentes con las que va a compartir su valioso tiempo de aquí al viernes, cuando el tribunal le reclamará de nuevo, le ayuden a aclarar conceptos de déficit de respeto al prójimo y superávit de testosterona. A lo mejor ellos no son tan misericordiosos como los encorbatados y trajeadas con los que comparte su imprescindible labor de político de altura con moral de bajura, que se aprestarán a proveerle de las gráficas de las finanzas mundiales en instructivos vis a vis.
Porque, ¿qué ha hecho el FMI ante tan ejemplar comportamiento de su líder? Pues nada. Mantenerle en su cargo hasta que escampe, aunque nombrando un director en funciones. ¿Y la Eurozona? Pues menos todavía. Decir que sus desmanes privados son privados, por mucho que haya una pila de pruebas del delito, y que esto no afectará a la estabilidad de nuestros mercados. Por boca de la vicepresidenta económica de España, Elena Salgado, sabemos que hay que respetar la presunción de inocencia de DSK, quien tiene "una personalidad fuerte". Deseo que ni la ministra de ZP ni su propia hija se encuentren encerradas con un hombre de "personalidad fuerte" en un ascensor en próximas fechas, de verdad, pues a lo mejor no tiene tanta suerte como la camarera del Sofitel New York, que peleó en solitario por su integridad física porque sabe que no hay que esperar demasiada ayuda. En verdad, chica, no somos nadie.
Buena parte de los perfiles que se están escribiendo sobre Strauss-Khan insisten en un mismo rasgo: le gustan mucho las mujeres, de manera que lo que ha ocurrido estos días se veía venir. Lo decía él mismo hace un par de meses, en plan alarde de ser un tipo cojonudo: "Sí, me gustan mucho las mujeres, ¿y qué?" Algo falla en este razonamiento tan extendido como equivocado. A los agresores sexuales no les gustan las mujeres, sino la violencia; no les gusta el sexo, sino hacer daño. Es más, a las mujeres las odian y las desprecian, y las usan y las tiran. Y en el fondo, no les importa un pimiento lo que sientan ni lo que piensen. Ni en el fondo, ni en la forma, ni en el Fondo Monetario Internacional, que sigue comandado de boquilla por un hombre encerrado en una celda, con arañazos en el pecho que le hizo una camarera de hotel que se resistió a ser violada, presuntamente.

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