La rezadora y el señor de los niños

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T. Martínez Blasco REZADORA. Era aquel tiempo donde los días se hacían largos, al menos para nosotros los niños y más todavía cuando la familia estaba bajo la inquieta ansiedad del luto. Entonces se llamaba a la rezadora, esperando de ella una fortaleza de ánimo y de esperanza. Porque, acabados los funerales, se seguía rezando el rosario en el hogar del muerto durante algunos días. Y esto lo hacía una mujer devota y paciente que, recompensada con cualquier agradecimiento, era reconocida por su ayuda cristiana como rezadora familiar. Los rezos tenían su sentido. Se pueden entender como despedida que se le hacía al espíritu del fallecido desde la casa donde su corazón había amado a los suyos. Y más de un vecino solía unirse a los deudos pues se sabe que la muerte arracima a las gentes llevadas del dolor. Y entre tanto gentío, una voz limpia y profunda -la de la rezadora- ponía la casa en oración. Es más, en el barrio se sabía cual era el domicilio del finado. Había un signo. La cortina que cubría la entrada, se encargaba de señalar el duelo con una banda negra cosida de urgencia. Y a veces, quien pasaba ante la puerta, lanzaba un suspiro de pena que se unía al aire, cual acompañamiento de la desgracia. Todo este mundo de sentimientos, entretejidos entre personas del barrio, sé que ya no cuenta. Las gentes no mueren hoy en sus casas sino en los hospitales. Por eso, la rezadora ha huido, rosario en mano, dado que la comunidad no la necesita. Pero yo quiero volver a ser niño. Y recordar aquella voz amable que nos decía imponiendo diligencia: ¡Venid niños que vamos a rezar!
SEÑOR DE LOS NIÑOS. No es nuevo atender a los párvulos mientras los padres trabajan. Este papel que ejercen las actuales guarderías lo hacía, en tiempos lejanos, el señor de los niños. ¿Os parece poco trabajo ir de casa en casa, recogiendo tiernos pupilos? Nadie debe extrañarse ante la paciencia demostrada por este hombre ya metido en años, con ojos anublados y tristes que respondía como maestro sin serlo. Alguien que no se hartaba de sufrir aquellos párvulos que no cesaban de importunarle. Por ello es menester saber que nuestro Elche -envuelto en la esperanza industrial, con cabida para la mano de obra de la mujer- necesitase hombres capaces de amar a los niños. Personas con piel firme y endurecida, aunque conservando todavía su toque de ternura para inclinarse sobre la infancia, dejando libres a los padres. Y era de ver cómo se alargaba por las calles una hilera de pequeños, felices y alegres, marchando a su perpetuo recreo. Mas todo el mundo sabe que semejante servicio tenía que acabar. Bienvenidas fueron a su tiempo las guarderías. Pero -reseñando añoranzas- colma la imagen el cuido solícito de este señor de los niños, hoy figura desleída y borrosa. Se nos fue. ¡Se acabó aquel servicio de atención y cariño, roto en la distancia!

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