Cuando duele el alma

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Juan Rodenas Cerdá Aun hijo único y sin la presencia de hijos, como yo, al que le faltan los padres desde hace tiempo, muchas veces le asalta la soledad aunque tenga siempre el cariño de la familia y el amor de los amigos.
La soledad mata. Hay quienes confían en su poder creativo pero buscar en ella la inspiración conlleva mucho dolor. He oído decir: solo con una idea, solo con una mujer o solo con uno mismo, ¡pero solo jamás! Solo se está muy solo. La soledad, aunque a veces la busquemos para hacernos fuertes, debilita y no reporta beneficios.
Mi mujer, que conservo todavía con sus antiguas promesas de amor, me abandonará si continúo empeñado en ignorar este mundo, haciendo incursiones al subconsciente. Dice ella que es cosa de locos. Mi mujer que ha sido enfermera, dirigió una unidad de agudos psiquiátricos y del principio de su carrera profesional, en el bilbaíno Hospital de Cruces, cuenta que don Carlos Otáduy jefe del Servicio de Cirugía Torácica en aquellos tiempos, siempre advertía que los enfermos no tienen por qué pasar dolor. Hablo de muchos años atrás, cuando en este país parir con dolor y sufrir ese síntoma era premiado por los hombres que representaban a Dios en la tierra.
El dolor es un síntoma muy importante en la semiología médica: el aviso de que algo funciona mal en el organismo y hay que buscar la causa. El dolor, dice mi mujer que lo ha visto y yo como médico corroboro, provoca disforia, alteración nerviosa, taquicardia, eleva la tensión y pone en marcha mecanismos en el organismo que pueden originar la muerte.
El dolor, como síntoma, en una enfermedad cardiaca es lo que llamamos angina de pecho y a veces acontece sin que se produzca daño en el miocardio. Cuando ocurre, cuando el dolor se acompaña de isquemia y necrosis del músculo cardíaco, estamos ante un infarto. Una cosa es el dolor, el síntoma, y otra la lesión, el daño orgánico, y curiosamente aunque lo que mata es esto último el paciente lo que percibe con pánico es lo primero, que no es más que un aviso.
La falta de riego en una zona cerebral, produce también la muerte de ese territorio anatómico y la pérdida de las funciones correspondientes. Aunque éstas también pueden perderse sin la presencia de daño cerebral. La mente, que es un misterio, puede verse alterada aún con un aporte sanguíneo normal y con aparente salud.
¿Tiene el alma riego sanguíneo? Antiguamente se decía que la sangre era portadora del hálito vital. La fisiología que hoy conocemos nada tiene que ver con la del siglo XVII, cuando comienza a vislumbrarse como ciencia, pero en ciertos aspectos presenta hoy las mismas lagunas. Lagunas, por otra parte, es lo que muchos de los mayores tenemos, cada vez más, y un beneficio para ir viviendo porque olvidar algunas cosas ayuda a seguir en esta vida, que puede percibirse muy larga individualmente.
Del mismo modo que una lesión física puede producir dolor crónico los impactos emocionales generan dolor de características similares. Tampoco hay por qué sufrir dolor emocional -lo dice ahora el doctor Rodenas, que soy yo- pero es muy difícil suponer que alguien no lo experimente a lo lago de su existencia. Los dolores del alma, que parecen tener las mismas vías neurológicas que el dolor físico del cuerpo, también pueden originar la muerte.
El dolor físico se acompaña de un aparatoso componente emocional que es preciso tratar. El dolor emocional, que algunos llaman funcional, también afecta a nuestros órganos por las mismas vías y no debe quedar sin tratamiento.
Mis incursiones al subconsciente me retienen en ocasiones más de lo aconsejado y mi mujer queda sola. Eso no parece bueno. Además vuelvo igual de ignorante, aunque reforzado porque la memoria es selectiva y conviene recordar lo que inconscientemente olvidamos: sirve para saber quienes somos.
El alma duele, sus dolores matan y aunque cierta corriente psiquiátrica va en favor de la química parece más lógico exponer los problemas, analizarlos y eliminar el dolor que puede conducir al suicidio si la muerte se retrasa.

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