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Lorca, un sol de ciudad

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Pepe López De niño, recuerdo que al llegar a Lorca por la vieja carretera de Caravaca, una vez dejada atrás la horrible cementera, había un cartel que rezaba así: "Lorca, la ciudad del sol". Llegado el verano, la familia nos dirigíamos a pasar unos días en la playa de Águilas y aquel vetusto cartel, puesto contra el Poniente, imagen de un tiempo en el que Lorca solo era ciudad de paso, es casi el único recuerdo de aquellos años. Llegó la adolescencia y, junto a mi padre y al camión cargado de cebada, descubrí que detrás de aquel eslogan había vida, mucha vida. Gentes que se afanaban trabajando en los cientos de cebaderos de cerdos que copaban el paisaje de su ancho campo. Parecía una tierra empeñada en hacer frente a las duras dificultades de entonces trabajando por el día y trabajando por la noche. A la hora que fueses parecía que siempre estaban trabajando.
No había rincón de su extenso término municipal que se escapara de aquel ajetreo. En aquel paisaje llamaba especialmente la atención la presencia activa de mujeres en ámbitos donde en otros sitios apenas se las reconocía. Ataviadas con un pañuelo en la cabeza, se las veía ir y venir sin pausa en las labores de la tierra, del propio cebadero. Sin ellas todo aquello no hubiese sido posible. Ellas, las mujeres, eran pieza necesaria de aquel engranaje tan diferente al de mi tierra, Caravaca. Eso, cierto, lo acabé de entender más tarde, cuando en los tiempos de juventud la vida me acercó a la ciudad con otros ojos y con otra mirada. Fue la época en la que empecé a ver que aquella tierra abrasada por el sol guardaba en su interior inmensos tesoros. Tesoros artísticos, un patrimonio monumental tan vasto como desconocido (Palacio de Guevara, la Colegiata de San Patricio, su castillo, su casco viejo...), unas fiestas de Semana Santa sorprendentes y llenas de pasión azul y blanca... Su riqueza ambiental era, y es hoy, tan grande que el campo (es el segundo término más extenso de España) rivalizaba con sus playas vírgenes (Puntas de Calnegre, San Pedro, Cala Honda...), esas mismas que solo ¡y afortunadamente! la puñetera crisis ha salvado de la vorágine y el ladrillo.
Con el transcurrir de los años fui regresando esporádicamente a Lorca y entonces lo que pude ver era una tierra mestiza. En poco tiempo la ciudad se había convertido en madre de acogida para miles de emigrantes que encontraron aquí un sueño al que agarrarse. Sus calles se poblaron de gentes venidas de fuera, la mayoría ecuatorianas, tanto que en algunos momentos se dijo que el 20% de su población procedía de la emigración. La ciudad fue antes que nadie espejo de la nueva realidad social que empezaba a vislumbrarse en este país. Con sus tensiones, seguro, pero también generosa, dinámica y emprendedora, y siempre dispuesta a mirar al futuro con fuerza. Así fue labrando un presente lleno de esperanza. Sus calles y plazas se convirtieron en una mezcla de razas y culturas que llamaban poderosamente la atención cuando en otros sitios el fenómeno apenas apuntaba. En eso, la ciudad también fue pionera.
Hoy, Lorca llora a sus víctimas del terremoto del pasado miércoles, llora su patrimonio herido, y cuando lloran lo hacen juntos los nuevos y viejos lorquinos. Seguro que muchos de ellos se están preguntando hoy mismo cómo ha podido ser, cómo solo 5,1 grados de intensidad de un maldito terremoto han podido causar tanta destrucción. Ayer, una mujer y amiga lorquina, en su momento de desesperanza, lo resumía así: "Somos Haití y no Japón, y por eso ha pasado lo que ha pasado". Pero no es cierto. Y, en medio del paisaje destrozado, se preguntarán también quiénes no hicieron lo que debieron y si hay responsables que han posibilitado con su avaricia que la herida y el dolor sean hoy más grandes. Hay que recordar que no es la primera que vez que esto le ocurre a la ciudad. Otras veces la fatalidad y la desgracia se cebaron con esta hermosa tierra y no lograron paralizarla. No lo consiguieron entonces y tampoco lo lograrán ahora. Sus gentes, sus hombres y, sobre todo, sus mujeres no lo van a permitir. Eso también lo aprendes con el tiempo.
No sé si el viejo cartel de mi infancia sigue ahí, raído y vetusto, dejado caer contra el sol de Poniente, si habrá aguantado el fuerte temblor de tierra. Y ni siquiera podría asegurar que su texto fuese exactamente el referido al principio de este escrito. Pero eso ahora, en el momento de llorar a las víctimas, de hacer el duelo y levantarse, da un poco igual. Hoy, sus gentes, los nacidos allí y los llegados de fuera, los que aprendimos a amarla, saben, sabemos, que más que nunca Lorca volverá a brillar, que nos seguirá dando ejemplo y nos volverá a sorprender. El mismo ejemplo que ha hecho posible que su desgracia y dolor de ahora hayan sacado lo mejor de tanta gente de una parte a otra de este país tan poco acostumbrado a mirar lo que en verdad importa, una bien merecida ola de solidaridad que ellos pensarán no merecer. Porque Lorca, sus gentes, seguro, ya están pensando en cómo levantarse otra vez. En como seguir siendo ese Sol de ciudad que tanto nos ha enseñado.

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