El discreto encanto

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Andrés Castaño Orihuela es tierra de frontera. El capricho político y la demencia administrativa la han hecho compartir membrete autonómico con Vinaroz o Requena, que son a Orihuela lo que el billar al taekwondo: dos deportes y punto. Ese espíritu fronterizo y el individualismo congénito del agricultor, omnipresente en Orihuela, abruman al visitante. Yo lo fui durante unos años en que tuve que desplazarme hasta allí con frecuencia. Los abogados de la zona tenían fama de roqueños y en el vetusto juzgado de entonces solían masacrar a los forasteros impertinentes. Siempre regresaba a Elche con la sensación de que un pleito aparentemente sencillo podría haber finalizado con mi cliente en el calabozo o de que la sentencia del juez merecía incorporarse al Antiguo Testamento por salomónica. Todo ello expresado con la anacrónica urbanidad de esos lugares en que se sigue confiando antes en los mojones que en el catastro. 
Algunos abogados y procuradores también eran concejales y en ellos se advertía un manual de estilo político redactado por el mejor John Wayne: gesto crudo pero familiar, hospitalidad sin formalismos y lenguaje cuartelero cuando el tema de conversación era un colega municipal. Después supe que en los plenos el tono se elevaba hasta convertir a Cela en un mojigato. Mónica Lorente debía de pandillear en el instituto por entonces. El alcalde a la sazón era Luis Fernando Cartagena, cuyo hermano jugaba también con "espíritu fronterizo" como defensa central del Elche, y de quien las monjas carmelitas aún no tenían motivos para sospechar (cito el caso porque incluso a Quentin Tarantino le parecería inverosímil como guión cinematográfico). Supongo que fue en esa época cuando comenzó a germinar la inmaculada convulsión que ahora aqueja a la zona y ha asolado varios vertederos de basuras y otras tantas carreras prometedoras.
No es el caso de Mónica Lorente. Es cierto que ha sido imputada, pero este matiz ya ha adquirido rango de tradición y las actas de concejal comienzan a entregarse grapadas a una citación judicial. Otra cataplasma es la reiterada indiferencia del electorado por los descosidos contables y la tácita aceptación de que el comisionista es una figura tan venerable como el cura o el boticario. Siendo una vocación esencialmente apolítica, no hay siglas libres de pecado y esto explica, de un lado, que en Orihuela haya tantos homenajes a Miguel Hernández como escisiones y, de otro, que el Partido Popular avasalle inexorablemente cada cuatro años. Esto permite cierto donaire en el ejercicio del cargo, por ejemplo pidiendo disculpas a la portavoz socialista por unos informes traspapelados, pero también un cuajo resabido, exigiendo a continuación a la portavoz socialista que ella también pida disculpas. En este sentido, la alcaldesa es una superviviente, es decir, una depredadora que podría ascender al rango de musa salvaje si se maquillara algo menos y se despeinara algo más. Al tiempo.

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