Tocar las teclas

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Juan Rodenas Cerdá Tocar las teclas y dar con la oportuna, es algo que ocurre pocas veces porque casi nada hay seguro en esta vida, conocida, pero es posible aspirar a ello después de un periodo de ataraxia.
Ataraxia es un término, de la filosofía postaristotélica, que se traduce por ausencia de inquietud, tranquilidad de ánimo e imperturbabilidad. Un sustantivo femenino que sirve para referirse a un estado de ánimo que se caracteriza por la ausencia de cualquier deseo o temor. Se alcanza cuando se consigue el estado emocional necesario (huyo de la palabra felicidad), al disminuir la intensidad de nuestras pasiones y deseos, y con fortaleza del alma frente a la adversidad. Es por tanto paz interior, espiritual y como les decía, imperturbabilidad. Como alguien apostillaba en valenciano, en una reunión al hablar de este estado o sentimiento: ¡Una merda, perquè així tot se´m en fot!
Les aseguro, sin embargo, que aunque nada me altera tanto y me jode literalmente el ánimo, como vivir indiferente al mundo, sirve para poder dar en él los últimos pasos por esta vida.
Les he de confesar que al cumplir los cuarenta años mi salud sufrió un importante quebranto y experimenté la beatífica sensación, de estar en otra órbita, que produce la anemia grave secundaria a una hemorragia interna. No digo que me acercara a la famosa luz, de la que algunos hablan, pero ciertos destellos todavía me distraen alguna vez y les aseguro que no existe mayor estado de bienestar. Cortarse las venas no es ninguna grata ocurrencia pero sí una buena elección, para adquirir un billete de ida, porque es un morir placentero.
Como las neuronas andan imbricadas, unas con otras, a la memoria me viene ahora que estando en el umbral de la muerte, el escritor Azorín, dijo a su enfermera: "No, no es doloroso morir, es penoso". Y yo, sin querer, acabo de perder con esto el hilo de nuestra conversación.
A los cuarenta años, les decía, muy joven para tomar según qué determinación, una vez curado opté por no luchar más para ser sabio o rico. Lo que ignoro, a estas alturas de mi dilatada vida, es si acerté porque tampoco así he conseguido la felicidad soñada. Cierto es que creo hallarme -no sé si para mi desgracia-, muy cerca del estado de ataraxia.
Llegados a alguna parte no es fácil decir cómo se ha conseguido acceder, a través de que o de quienes y responder por qué se quiso ir hasta allí. Tras la afrenta antes mencionada y un tiempo de ataxia, incapaz de dar un paso, entré en fase de ataraxia y salí reforzado al comprender que, como en mi profesión de médico ocurre, muchas veces lo mejor es enemigo de lo bueno.
En el pasado escribía lo que hago para ustedes al comenzar la semana, por temor al futuro y así malvivía el presente. Ahora sin prisas y con la mente en blanco, escribo cuando me apetece. Hay días, que todavía con la ropa interior en las manos me acerco al ordenador y le doy a la tecla. Ustedes dirán si acierto.
Nunca corran porque, solo y sin buscarlo, todo llega o no viene nunca.

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