A propósito de los Silos de la Fábrica de Harinas Magro

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Íñigo Magro de Orbe LA veces, como diría Gabriel García Márquez, la historia no se escribe tan sólo sobre hechos reales sino sobre los recuerdos que uno tiene de ellos. Recuerdo la fábrica de harinas Magro como un lugar de sueños vinculados a mi infancia. Sin embargo, tenía una imagen difusa del imponente edificio de sus silos envueltos en aroma de pinos y sonidos ferroviarios amortiguados por los ecos futboleros procedentes del antiguo estadio de Bardín.
Ayer volví a pasar por allíÉ y la nítida figura de los silos, emergiendo sobre los bloques residenciales del barrio de San Blas, estimuló mis recuerdos sobre ese lugar tan ligado a mi niñez. Me sorprendió su potencia como edificio; su calidad constructiva inalterada con el paso del tiempo; su capacidad -tan moderna- de transmitir contenidos funcionales a través de la sencillez de sus formas puras y sus volúmenes cilíndricosÉ y pensé. Pensé en las inmensas posibilidades que tendría su arquitectura para regenerar esa zona marginal de la ciudad a caballo entre los límites expansivos de San Blas y las expectativas surgidas en torno a la llegada del AVE a Alicante.
Estoy al tanto de las distintas iniciativas que se están realizando por colectivos ciudadanos y profesionales que, a través de procesos participativos, buscan soluciones que hagan posible la compatibilidad del proyecto de la nueva estación (ADIF), con la conservación de los silos. En este sentido, las iniciativas de Asociación Cultural - Alicante Vivo, me parecen impecables. Los ejemplos de actuaciones similares realizadas en diferentes lugares (incluidos en el informe de la asociación), no hacen más que visualizar la idea de un nuevo concepto de valor patrimonial que va más allá de la mera valoración histórica de los edificios singulares, refrendada, o no, por su inclusión en el catálogo de edificios protegidos.
Voy a tratar de explicarme utilizando una cita de Paul Bowles. Decía el escritor estadounidense en su libro "Cabezas verdes, manos azules" que: "...lo que hace que Estambul merezca la pena para el forastero, no es la presencia de mezquitas y zocos cubiertos, sino el hecho de que todavía se utilicen como tales". Se trata de una valoración sumamente precisa sobre la capacidad del espacio construido a permanecer en el tiempo, y de mantener, en determinadas circunstancias, su condición de uso. Se estaría anteponiendo la calidad del espacio arquitectónico a cualquier valor añadido por el simple hecho de tratarse de un edificio histórico; es decir, estaríamos entendiendo el concepto de patrimonio como algo que tendría más relación con la calidad de lo construido (y, por tanto, con su capacidad de albergar nuevos usos), que con la mera pátina del tiempo.
Por otra parte, considerar la rehabilitación del patrimonio construido y la reactivación de espacios en desuso como estrategia para entender el desarrollo sostenible de las ciudades del futuro, parece una actitud que, al margen de sus inequívocos valores culturales, se convierte en una exigencia de coherencia a una clase política instalada en la desmesura y el despilfarro.
Una vez desactivada la "burbuja inmobiliaria", inmersos en la mayor crisis económica de la historia reciente, los arquitectos debemos de apostar por otras vías de actuación que nos alejen de los fantasmas de "grandes eventos" y de los edificios "emblemáticos y desarraigados" (en Valencia sabemos mucho de esto), y acerquen nuestra actividad profesional a las necesidades reales de los ciudadanos.
La propuesta de recuperar los silos se convierte en una ocasión inmejorable para reciclar un edificio que, más allá de su innegable valor arquitectónico, ofrece a los ciudadanos inmensas posibilidades de uso, garantizando, además, su permanencia viva en la historia urbana de Alicante. Es decir, no se trataría de restaurar los silos de la antigua fábrica de harinas para convertirlos en una pieza de museo congelada en el tiempo. No, lo que se propone es aplicar un nuevo concepto de valor patrimonial activo que permita, con un considerable ahorro económico, ofrecer a la ciudad un espacio urbano cualificado, reconvertido en lugar de encuentro y actividad ciudadana. Se trataría, en definitiva, de entender la actividad arquitectónica desde otros parámetros más racionales y sostenibles, capaces de poner en valor el patrimonio construido gestionando los recursos económicos y productivos en beneficio de Alicante y de todos sus ciudadanosÉ
Si fuéramos capaces de aplicar estos principios al caso que nos ocupa, el proyecto arquitectónico sobre los silos de la fábrica de harinas Magro (tan vinculada a la historia del desarrollo industrial de Alicante), acabaría convirtiéndose en el auténtico mediador entre su pasado histórico, su presente incierto y su futuro esperanzador.

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