Matar y contar

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Juan José Millás No es fácil deshacerse de un muerto, aunque tengas jardín. Incluso cuando el muerto es imaginario, las dificultades para ocultarlo son enormes. Yo me paso la mitad de mis insomnios intentando deshacerme de cadáveres irreales porque yo, fantásticamente, mato mucho. Soy un criminal imaginario nato. Y mato bien, no por listo, sino por novelista. Como decía García Hortelano, para ser novelista no es absolutamente necesario ser tonto, pero ayuda bastante. Para matar bien (siempre imaginariamente) no es preciso ser superdotado. Basta con tener una mente novelesca y un poco de práctica. Yo no dejo huellas ni de ADN, mato con la cabeza tapada, para no perder ningún pelo, y con la garganta seca, para no dejar restos de saliva. Y el día antes de matar me hago un piling ficticio para no perder ninguna escama en la escena del crimen.
El problema es deshacerse del cadáver. Olvídense del jardín: aunque haga usted el hoyo a las cuatro de la madrugada, siempre habrá alguien espiándole desde alguna ventana. El mundo de los insomnes es muy desconocido. Estos seres pálidos, con frecuencia demacrados, lo ven todo, lo saben todo, interpretan el movimiento más pequeño sucedido durante la noche. Está el método del descuartizamiento en la bañera. Pero dejas ADN del muerto por todas partes. Desde el descubrimiento de la genética matar se ha puesto por la nubes. En cuanto a la cal viva, no funciona. A Lasa y Zabala los mataron auténticos profesionales y al general Galindo le cayeron ochenta o noventa años, ahora no recuerdo la cifra.
Al final, el procedimiento más seguro es el más simple: colocar a la víctima unos zapatos de cemento y arrojarla al mar. Es el método de la mafia y el del Gobierno de los EE UU. Bin Laden no aparecerá jamás. A estas horas, los peces se han comido ya las partes blandas de su cuerpo y acometen la tarea de acabar con las duras. Quiere decirse que la mafia y el Gobierno matan bien, entre otras cosas porque para matar de forma real tienes que ser listo. Pero la mafia y el Gobierno carecen sin embargo de temperamento novelesco. No saben contar la historia de un modo verosímil. En el momento de escribir estas líneas, Obama ha dado tres versiones diferentes del crimen. Y parece dispuesto a continuar.

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