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Habas contadas

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Jaime Vierna García El reciente artículo del señor Cela ha vuelto a poner sobre el tapete la confrontación entre los que se llaman creacionistas y los darwinistas. La cuestión, reducida a su núcleo principal, puede resumirse así: la teoría de Darwin afirma que todas las especies derivan de otra anterior a través de pequeñas modificaciones sucesivas provocadas por la necesidad de adaptarse a un ambiente que está en continuo cambio. Dando esto por sentado, se echa por tierra la teoría que afirma que las especies son el producto de un acto expreso de creación por parte de Dios, y, por lo tanto, quienes adoptan una postura favorable a la idea de creación se sienten en la necesidad de rechazar a Darwin.
Es ésta una cuestión sobre la que habría alguna cosa que decir, porque no es asunto que deba resultarnos ajeno. Lo primero que hay que decir es que no hay que perder la perspectiva: nos dicen los que saben de eso que el universo dio comienzo con una gran explosión que tuvo lugar hace aproximadamente quince mil millones de años. Diez mil millones de años más tarde -cuando ya habían transcurrido dos terceras partes de la historia del universo- se formó nuestro sistema solar, y hace sólo tres mil ochocientos millones de años surgió la vida en la tierra. Primero, en forma unicelular: los fósiles más antiguos que conocemos, denominados "estromatolitos", y que quizá fueron formas primitivas de vida bacteriana -aunque algunos sabios lo discuten-, son de hace tres mil quinientos millones de años. La teoría de la evolución no trata de explicar el origen de la vida, sino sólo los cambios que han experimentado los seres vivos, y su ámbito se limita, por lo tanto, a la última cuarta parte de la historia del universo: es decir, explicar el origen del universo no entra en el horizonte del darwinismo. No hay, por tanto, oposición entre las ideas de la creación y de la evolución de las especies.
Entonces, ¿por qué se mantiene esa oposición? Pues porque el conflicto no estriba en aceptar o no la idea de creación, sino en que Darwin postula una línea de continuidad ininterrumpida desde las formas de vida más antiguas hasta las actuales y los que se llaman creacionistas pretenden introducir en esa línea puntos de discontinuidad en virtud de los cuales aparecería una especie "ex novo", es decir, "de repente", por aparición súbita en el escenario. Pero esta afirmación carece de fundamento científico. Lo más parecido a una aparición repentina es la explosión de formas de vida nuevas que tuvo lugar en el Cámbrico, hace entre 530 y 520 millones de años: en sólo 10 millones de años surgieron al menos 11 de los 20 phyla de metazoos, es decir, de organismos multicelulares, que conocemos. Eso quiere decir que en ese breve plazo aparecieron al menos once planes diferentes de organización corporal, dando lugar a sistemas de locomoción completamente nuevos y a multitud de formas predadoras diferentes que fueron a ocupar nichos ecológicos hasta entonces deshabitados. La razón no puede ser la adaptación al medio, pues tuvo lugar en un ambiente marino homogéneo y en el que no existía presión selectiva alguna. La razón de aquella explosión de formas de vida fue la mutación en los genes reguladores, que son los encargados de decidir dónde, cómo y cuándo han de ponerse en marcha los demás genes. Son lo que determinan que las extremidades surjan a los lados del cuerpo, y no en la línea media; que las extremidades resulten ser brazos y no piernas; que los dedos se formen después del brazo, y no al contrario. Esto hizo que, con los mismos colores de antes, se pintaran cuadros completamente nuevos y distintos entre sí. Ésa es la misión del genoma, ése es su papel: codificar un programa dinámico perfectamente establecido en el que, desde la primera división, se van produciendo, en cascada, cada uno en su momento exacto y en su lugar exacto, cada uno cuando toca, todos los pasos sucesivos hasta realizar el plan que estaba ya completo en la primera célula que tuvo ese genoma.
Esto es ciencia. Decidir que una fuerza exterior obligó a esa línea continua e ininterrumpida a dar un salto en el Cámbrico no solamente no es ciencia, sino que es lo contrario de ciencia. No es ciencia, porque el conocimiento científico no lo avala. Y es lo contrario de ciencia, porque lo que la ciencia dice es precisamente que hay una continuidad expresa en la que cada paso es la consecuencia del anterior y la causa del siguiente.
Y eso está tan firmemente asentado en la ciencia actual que sorprende oír a estas alturas que durante el desarrollo de la forma de vida que llamamos hombre esa continuidad se rompe, y en algún momento todavía no determinado tiene lugar un acontecimiento aún por aclarar que hace que lo que antes no era un ser humano ahora haya empezado a serlo. No hay nada en la ciencia que apoye esta pretensión: lo que la ciencia enseña es que la única innovación que se produce es la constitución del genoma. Todo lo que viene luego ya no es más que desplegamiento de lo que estaba plegado, desvelamiento de lo que estaba velado: habas contadas. Negarlo a estas alturas no es más que volver a un creacionismo injustificado, y, desde luego, algo completamente ajeno a la ciencia.

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