Limpieza de sangre

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Xavier Domènech Este es un chiste de posguerra. Una mujer habla a gritos con su marido encerrado en un campo de prisioneros. Él pregunta: "¿cómo están los chavales?". Pero ella entiende "avales" y responde: "tengo uno del cura y otro del alcalde". Los vencedores de la guerra civil improvisaron campos de detención de los que se podía salir con avales de buena conducta política. Era otra versión de la limpieza de sangre que la monarquía española empezó a exigir tras la expulsión de judíos y moriscos, cuando se cerraban puertas a quien no acreditara varias generaciones de antepasados cristianos. Los que cumplían el requisito presumían de "cristianos viejos", en oposición a los conversos o hijos de conversos, siempre sospechosos de practicar los viejos rituales en secreto. La decisión política de crear un reino uniconfesional, que reforzaba el papel del monarca en tanto decía serlo por la gracia de Dios, llevo a las conversiones masivas y forzadas y, con ello, a la desconfianza y a la sospecha de simulación, origen de la obsesión por la pureza.
Han pasado cinco siglos y el mundo sigue en las mismas: la Casa Blanca se ha visto obligada a hacer pública la partida de nacimiento de Barack Obama, ante el auge de los rumores que ponían en duda su cuna estadounidense, requisito indispensable para acceder a la presidencia. Hijo de padre keniano y madre americana, Omaba vio la luz en Honolulu, según su biografía, pero desde la misma campaña electoral la derecha extrema lanzó la sospecha de que en realidad había nacido en África. Como buena calumnia, esta fue corriendo y creciendo, alimentada por los medios políticos y periodísticos interesados en creerla, a los que se sumó la poderosa y mediática figura del multimillonario Donald Trump, promotor inmobiliario tan conocido por su fortuna como por sus divorcios y a quien se atribuyen aspiraciones políticas. Con un estilo muy visto en España en los últimos años (desde la instrucción del 11-M hasta la lucha antiterrorista) la excusa para propalar el bulo era exigir que se investigara. Al principio el presidente pretendió ignorarlo, pero desistió tras comprobar la extensión de la infamia. Trump, por su parte, se ha felicitado con razón: el gesto de la Casa Blanca es una victoria de su estrategia, y ahora irá a por más. Su próximo objetivo son los títulos universitarios del presidente. Aunque el cadáver de Bin Laden lo haya blindado para una temporada, no duden que la campaña renacerá, porque cuenta con un buen sustrato donde echar raíces.
Mal que nos pese, si Obama hubiera tenido una piel, unos ojos, un pelo, un nombre y unos apellidos netamente anglosajones, el bulo no se habría puesto en circulación. Pero, se diga lo que se diga, la sospecha racial está viva en Estados Unidos (como en cualquier parte del mundo), y aunque todo lo conquistado en la larga lucha por la igualdad impida utilizarla abiertamente, sí que sirve de base para atacar desde otros flancos, y para que el ataque prospere. Como en la España de la Inquisición, donde oficialmente todos eran católicos, la teoría proclama la igualdad de todos los norteamericanos, pero la práctica lo desmiente mediante la presunción de culpabilidad hacia los recién llegados a los derechos civiles. El aprovechamiento de esta realidad requiere también la participación de un universo mediático que ha ido substituyendo los informadores por predicadores, y que destina bastantes más minutos a la destripación simplista que al examen serio de los datos. Algo que también podemos ver por nuestros lares, en ciertas mañanas radiofónicas, en determinadas noches televisivas, y en ocasiones selectas en las mismísimas Cortes.

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