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El culto a la irrealidad

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Manuel Alcaraz Ramos Una constante de nuestro tiempo, como advirtiera Joan Fuster, es el descrédito de la realidad. Lo meramente real ha de volverse aparencial, difuso o confuso para circular por lo canales que configuran el conocimiento público. La sociedad adquiere así ese carácter tan actual de "in-transparencia". Se dice que la realidad es tozuda y que, al final, se abre camino. Y es cierto: hemos llegado a los 4.900.000 parados (600.000 en la CV de la prosperidad) y eso es una realidad incuestionable: ¿pero es toda la realidad?, ¿nos hemos dotados de mecanismos para interpretar esa realidad?, ¿podemos atribuir causas a esa derrota de la esperanza?, ¿podemos deducir respuestas reales? Lo insobornable de la realidad se tergiversa en una miríada de desvíos hasta negar-nos la misma percepción de la realidad. Habituados a la sospecha, podemos, legítimamente casi siempre, imaginar razones ocultas para lo que nos es presentado como incuestionable, puro, ingenuo. Un efecto de ello es la invitación a dejar de preguntarnos por las razones de lo que nos disgusta, para, todo lo más, alistarnos en un voluntarismo pesimista que, casi siempre, conducirá a la esterilidad de los gestos: donde no hay realidad la crítica se desvanece.
Por supuesto, la irrealidad sólo puede construirse con los ladrillos de lo real. Ana María Matute ha proclamado que sólo viven los que inventan, pero a esa creación reivindicada con sabiduría se opone una combinatoria de luces y sombras que acaban por transfigurar el diálogo social a partir de hechos ciertos pero que se sobredimensionan o minimizan según unas lógicas opacas que terminan con cualquier anhelo de perspectiva racional. Lo real, lo absolutamente real de esta semana es la disputa Madrid-Barça, una boda británica y la beatificación de un Papa. No diré que no tengan su sustancia y hasta que preocupen sobremanera a determinados sectores de la opinión pública que tratarán de autojustificar su interés, casi siempre por la necesidad de tener vías de escape en tiempos de crisis. Pero son enigmáticos los criterios de los medios de comunicación para hinchar hasta lo indecible estas cuestiones: argumentan que son de interés generalÉ ¿pero lo serían si los mismos medios les dedicarán, por ejemplo, sólo un 50% del tiempo y espacio?, ¿no se genera una suerte de presión invisible que hace que los ciudadanos se queden al margen de la conversación social si no están dispuestos a alimentar cada minuto con estas cosas?
Y estas cosas son las que se mezclan con otras, más reales, más inevitablemente reales. Y de esta manera se produce el paso a la irrealidad. Y tanto más cuando esas (pre)ocupaciones colectivas y preferentes, una vez establecidas como vitales en el imaginario colectivo, una vez que se constituyen en el cotilleo "del siglo" en la aldea global, han de usar de códigos y de discursos similares para su comprensibilidad y uso masivo: el exceso en las metáforas, el gusto por la anécdota, el descomedimiento en ensalzar las bondades de los protagonistas, el intento de buscar conflictos, la necesidad de inquirir significados ulteriores a lo que son hechos planos, el incremento tendencial de la ansiedad que sólo podrá resolverse en otros dramas previstos o intuidosÉ Por eso, al final, los protagonistas que la casualidad reúne son intercambiables. Ya no sé si se van a casar -quizá de penalti- Mourinho y Guardiola, si beatifican a Lady Di o si el Papa conseguirá infaliblemente la champion; me he liado y no sé si Juan Pablo II se casa por el rito anglicano, si la Reina Isabel está lesionada, si el Madrid goza de la presencia de Dios o si el Barcelona ha sanado a una monja.
Estos códigos y discursos contaminan la política, en una última ilusión por hacerla comprensible. Contribuyen así a una cultura democrática banalizada en la que sólo la competición, el elogio o el denuesto tienen cabida y en la que sus actores han de ser triviales y milagreros si quieren sobrevivir. Si el análisis del descrédito de la realidad se aplicaba al arte contemporáneo desobjetivado era porque se afirmó que arte es lo que hacen los artistas. De la misma manera la política ahora es lo que hacen los políticos. La polis se queda fuera de la ecuación, como si se superpusieran dos mundos impenetrables: el de los súbditos/ciudadanos -"casi fascinados", como pedían los manuales políticos de finales del medievo- y el de la casta política, entretenida en sus cosas.
Llega así la campaña electoral por estas tierras y el candidato de Compromís que una semana compra acciones de la CAM, a la siguiente denuncia que esta entidad está implicada en un posible caso de corrupción; EU esconde su programa y se disgrega en un millón de reivindicaciones paralelas que vuelven incomprensible su mensaje y lo reducen al esqueleto de las buenas intenciones; el PSOE anuncia que no subirá los tributos y propone un plan para el que no existen recursos y que se contradice con la política del Gobierno socialista (no hay nada más aparentemente real que un niño escribiendo la carta a los Reyes, peroÉ); Castedo alude a crear un Parque Tecnológico olvidando (?) que la UA ya tiene uno en marcha y divulga otras evanescentes medidas económicas. Y en esas estamos. Pero las cosas pueden ser peores: la candidata del PP es también capaz de decir en una entrevista que Ángel Luna es mala persona, expresión, por cierto, que también aplicó Camps a Zapatero. A la ausencia de propuestas en esta guerra extraña, en la que el PP presume de haber vencido pero en la que la presión sobre sus disparates crece hasta en sus propias filas, le siguen estas agresiones personales, rebasando fronteras que siempre se respetaron en la democracia. No perdonan a Luna -como tampoco a Mónica Oltra- que hayan liderado un sano regreso a la realidad llevando luz a las zonas de sombra. Y no le perdonan a Luna que sea inocente, y no presunto inocente, que es, en el sentido en que la derecha valenciana lo usa, la instalación máxima en el principio de irrealidad. Y es que la realidad a la que nos acostumbró el PP de aquí pasa por la creencia en: A) el que manda en el patio político/económico, es impune; B) es imposible gobernar sin laminar a las oposiciones; C) es imposible la generación significativa de riqueza sin traspasar algunas líneas éticas, democráticas y hasta jurídicas. Por eso nuestra forma de irrealidad es la hiperrealidad.

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