Opinión

UNA CIUDAD CONFUSA: EL CURSO POLÍTICO 2009-2010 EN ALICANTE

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Ramiro Muñoz Ahedo (*) El curso político 2009-2010 puede definirse con la palabra "confusión". No es extraño a ello el bloqueo de la política valenciana: sombreada por la corrupción y la crisis, es difícil encontrar el pulso a las instituciones autonómicas. Una mezcla de prepotencia e indiferencia invita al partido gobernante, sencillamente, a dejar transcurrir el tiempo. Ayunos de un modelo alternativo y con los servicios públicos en declive, la imagen de la Generalitat es la del inmovilismo. Sin embargo, reiteradas encuestas apuntan a una revalidación de la mayoría absoluta del PP. Es ese contraste entre quiebra de la política valenciana y ausencia de recambio lo que evidencia el bloqueo. Ello planea sobre Alicante. Pero hay matices significativos porque el pasado curso sucedieron hechos de aparente calado que, sin embargo, no han servido para alterar la percepción de la política alicantina. El término "populismo" es el que mejor cuadra a la actitud de la alcaldesa, pero ello no debe reducirse a su afición a ser el centro de atención en todas las celebraciones. Esa inclinación es el resultado residual de la ausencia de programa de gestión -el heredado hace aguas por todas partes- y de una nítida comprensión de la realidad. La predisposición de Castedo apunta intuitivamente a preservar su poder y a incrementarlo, lo que es legítimo. Para ello afianza banalmente su imagen intentando que pasen inadvertidas las contradicciones existentes y la fragmentación de los intereses sociales. Pero, al hacerlo, provoca que la ciudad quede cada vez más confundida: eso no es legítimo, es egoísta.
Así, ha tratado de dar respuestas inmediatas a cuestiones de mayor o menor relevancia pero, casi siempre, la medida se ha empantanado, ha generado crispación y se ha saldado con resultado nulo. Carente de cualquier estrategia que incorpore diálogo y participación, prefiere los aplausos fáciles de grupos clientelares. Por todo ello en la gestión ordinaria de la ciudad no hay sino cambios epidérmicos. La oposición no ha sido capaz de entender esta tendencia y se repliega en el mero ataque fácil a las expresiones más sencillas de populismo. Por todo ello el día a día ciudadano se encrespa: no se advierten cambios en aspectos clave de la convivencia y se fosilizan los problemas. Pero ello se vive de manera sorda, sin mecanismos para coordinar esfuerzos, protestas o alternativas. Que en estos momentos haya tres concejales del PP imputados por la comisión de posibles delitos relacionados con sus cargos aporta mayores sombras: es una epidemia inaudita en una institución democrática, pero más insólito es que la alcaldesa se niegue a informar y opinar de los hechos conocidos
Pero es cuando nos trasladamos a cuestiones más profundas cuando apreciamos que el bloqueo y confusión de la ciudad es preocupante:
1.- El Ayuntamiento ha seguido sin intervenir, con política activas, contra la crisis económica. Los niveles de desempleo son pavorosos, la debilidad del pequeño comercio alarmante y confiar en la recuperación de la construcción es una quimera. Pues bien: no existe noticia de intentos de actuación y el Pacto Local por el Empleo ha tenido unos resultados prácticamente nulos. Ni siquiera ha tomado nota de los planes estratégicos formulados últimamente. Tampoco se conoce ninguna reflexión sobre la política presupuestaria ni el Ayuntamiento es un factor en defensa de los servicios públicos. Por otra parte, elementos de dinamización, como el Palacio de Congresos, siguen sin desarrollarse. El Puerto tampoco consigue despegar. Algunas acciones positivas, como el desarrollo del TRAM, la Casa del Mediterráneo o el avance de las obras del aeropuerto, no tienen que ver con la gestión municipal. Desde otro punto de vista, la indefinición, por culpa de las tres administraciones implicadas, sobre la Estación Intermodal introduce otro elemento de incertidumbre. Y ello por no hablar de la ausencia de reacciones públicas ante el final de la CAM como instrumento financiero de la provincia.
2.- Ha culminado sin pena ni gloria la fase municipal del nuevo PGOU. Si no conociéramos el contexto se diría que es increíble que el Plan que debe regir el futuro urbanístico de la ciudad en las próximas décadas haya merecido tanto silencio. Pero su falta de ambición, su visión continuista y la ausencia de un auténtico proceso de participación, explican la pasividad colectiva. Al PGOU le falta bastante recorrido hasta su aprobación definitiva que, previsiblemente, no se producirá antes de las elecciones. Pero, insistimos, lo peor es que no atiende a la necesidad de renovar el modelo de ciudad. Además, en los últimos meses hemos asistido a reformas del PGOU vigente para atender a intereses particulares.
3.- El Plan Rabassa ha atravesado por diversas vicisitudes: tras su suspensión temporal por el TSJ hemos visto cómo el mismo Tribunal autorizaba la ejecución. Pero quedan por resolver recursos en los que también se pide la suspensión y, en todo caso, falta mucho para contar con una sentencia definitiva. Todo ello debería obligar a extremar la prudencia sobre el futuro. Lejos de ello, en el Plan se ha incrustado Ikea y dos centros comerciales. Reiteradamente hemos indicado que no nos oponemos a la instalación de Ikea aunque, sí a la de los centros. En cualquier caso ya no sabemos de qué Plan Rabassa estamos hablando, porque tras diversos recortes en su suelo, impuestos por la llegada del AVE, y las exigencias del proyecto comercial, nadie ha aclarado ni las viviendas ni el desarrollo urbanístico definitivo. En estas circunstancias y con la crisis de demanda de vivienda, el aviso de que el año próximo habrá pisos disponibles y que las obras serán el "maná" para Alicante no nos merece más respeto que el que valga para cualquier publicidad engañosa. Castedo ha jugado la baza de Ikea como alternativa a su pasividad ante la crisis económica pero, aludiendo a los puestos de trabajo que crearía, omite aludir a los que se perderían y a otras disfunciones urbanas. Un buen ejemplo de que la gestión populista de la economía sólo aumenta la confusión.
4.- El ascenso del Hércules es un factor de incremento de la autoestima y la integración simbólica de la ciudad, así como de dinamismo económico. Esta constatación se vio inmediatamente empañada por el intento de apropiación partidista del triunfo por parte de la alcaldesa y por sus esfuerzos urgentes por transferir activos públicos o expectativas de beneficio al conglomerado deportivo-empresarial en que se ha convertido el Hércules. No nos parece mal que haya ayudas, pero nos parece inaceptable la cuantía de las mismas -55 millones en plusvalías- así como la forma de "intercambio" a base de dejar en manos privadas la gestión de espacios de la ciudad con el argumento de su deterioro -¡como si el Ayuntamiento no fuera culpable de ello!- y eludiendo los mecanismos legales de adjudicación. A ello se sumó la noticia sobre la posible compra de partidos: sin entrar en las circunstancias jurídicas que hacen imposible la investigación, no es aventurado pensar que una buena parte de la ciudadanía cree que las artimañas se produjeron. Ello es compatible con el respeto a la seña de identidad herculana, pero la empaña, y el peso de la sospecha hace que sea absolutamente impensable activar la propuesta de la ayuda tal y como fue concebida. A ello contribuye el papel preponderante del máximo accionista herculano: apareciendo en diversos sumarios por corrupción, con grabaciones en que se pone en entredicho su respeto por las instituciones democráticas y protagonista de demasiados proyectos dudosos, se ha convertido, más allá de lo que diga la justicia, en un factor de desestabilización en la ciudad. El PP debería repensar si lo que más le interesa es continuar apareciendo como brazo legitimador de sus intereses.
La oposición ha respondido de diversas maneras, que van desde las contundentes y comprometidas, hasta las ambiguas y vacilantes. Pero es difícil encontrar una línea conductora apreciable, lo que se ve agravado por la ausencia de un discurso general sobre el futuro. Demasiadas veces reduce hacer oposición con la respuesta a una cuestión o con la protesta ante decisiones adoptadas. Esa forma de concebir la política sólo en el corto plazo será un peligroso obstáculo a sus expectativas electorales y contribuye a la confusión, al no provocar contraste y alternativa. También hay que dejar constancia de muchos silencios en la sociedad civil que, salvo honrosas excepciones, se ausenta de los debates: ni muchas asociaciones ni colegios profesionales ni la Universidad, participan activa y críticamente en el espacio público, ejerciendo sus funciones, que también son sociales y de contribución a conformar una opinión pública plural.
No hay demasiadas razones para el optimismo. Y difícilmente podría ser de otra manera en un ambiente de crisis y corrupción. Pero tampoco se trata de hacer proliferar la desesperanza: de lo que se trata es de construir la esperanza sobre bases más firmes que el refugio en la rutina política, la aceptación de promesas infundadas o la nostalgia por un pasado que puso las bases para la actual situación. El año que viene hay elecciones: una buena ocasión para exigir a los partidos nuevos impulsos y, a la sociedad civil, compromisos más activos. La cosa está difícil, pero habrá que intentarlo.

Firman también este documento, por la Plataforma de Iniciativas Ciudadanas:
Manuel Alcaraz, Ernest Blasco, Teresa de Nova, Juan Ángel Conca, Mar Esquembre, Manuel Marco, Rosana Arques, Olga Fuentes, María Luz Díez, Juan Cruz Gárriz, Adrián Martínez Ramos, Araceli Pericás, Séfora Bou, Ismael Vicedo, Joan Rovira, Rafael Bonet, Mario Serra, Reme Amat, Isidoro Manteca, Quico Consuegra, Pere Miquel Campos y Francisco Candela.







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