Las palabras del ministro de Educación, doctor Gabilondo, en una reciente tertulia de televisión, expresan una idea progresista en la concepción de la educación. "La educación es lo más importante que nos puede pasar y de ella depende nuestro futuro". Se hablaba de las escuelas, próximo ya el inicio del curso. Y se lamentaba una madre por no haber podido matricular a su hijo en un centro público de calidad y haber tenido que hacerlo en un centro privado. He aquí el quid de la cuestión que, sin embargo, no interesa a nadie.
En primer lugar habría que ponerse de acuerdo en lo que se entiende por "calidad" de la educación. Se trata de una cuestión política. Pero los ciudadanos despolitizados (especialmente la derecha más reaccionaria a la que la palabra "política" le suena muy mal) se mueven muy bien con otros valores distintos (el orden, la eficacia, el recurso a la técnica, etcétera). Ha de ser decisión política organizar la educación de otra manera para facilitar una vida en democracia.
Los políticos cada vez hablan de una cosa distinta. Primero se habló de tecnología, después de aprender idiomas, después de viajes... pero es de muchas cosas de las que hay que hablar porque es un asunto muy complejo. Alguien predijo en el mundo financiero una burbuja inmobiliaria que estalló, dejándonos malheridos por la crisis, pero podemos pensar igualmente en una "burbuja educativa". ¿Cuándo estallará? ¿Cuáles serán sus consecuencias?: la gente inculta, incivilizada, insolidaria, falta de respeto para con los "otros", que abusa de su poderÉ puede acabar con la democracia. El ejemplo nos lo están dando algunos políticos que, en algunas comunidades autónomas incitan a los ciudadanos a no cumplir las leyes. Como decía Heráclito, el ciudadano deba luchar por sus leyes como el aristócrata por sus murallas. Tampoco los intelectuales realizan hoy una función crítica como les corresponde. Porque la defensa de sus intereses personales y el "conformismo" social han destruido la defensa de los intereses públicos.
Los griegos no hacían ascos a la política, y, desde Sócrates, el diálogo era el instrumento de la acción política: "Atenas es como un caballo apático y yo soy un moscardón que intenta despertarlo y mantenerlo vivo".
Para el filósofo y politólogo actual Philip Petitt (como para Platón e incluso para Kant) la política es el arte más difícil de la vida humana: el "republicanismo cívico" o "ciudadanismo" (que no es una forma de gobierno que excluya a la monarquía) consiste en tratar al pueblo con leyes conformes a la idea de libertad. Y hoy hemos perdido aquello por lo que luchamos los claustros de finales de los 70 y principios de los 80, que los directores de los centros fueran elegidos por el consejo escolar.
Pero los valores de la educación no son valores a corto plazo. El problema es de organización, de plazos y de tener las cosas claras. Ya basta de terminologías vacías de contenido, de psicopedagogos y evaluaciones, de la parafernalia de repeticiones (con tres, con dos, sin pasar curso, pasando curso, etcétera), las teorías de la enseñanza obligatoria, los grados de FP, etcétera.
Al grupo humano que no es homogéneo no se le puede impartir clase, los programas quedan reducidos a tonterías. Fallan la estructuración y la programaciónÉ Se trataría de conseguir en esos estudios medios una cultura general básica, una formación moral básica, como personas, como ciudadanos. Pero sólo hay cambios, cambios, cambios, dependiendo del partido político de turno. Y además, los intereses de los poderes fácticos, la IglesiaÉ
Los centros concertados gozan de privilegios: con el mismo marco, reducen itinerarios, tienen mayor número de alumnos pero escogidos, cualquier condición no cumplida elimina alumnos no deseados, los alumnos "rebotados" de otros centros han de ser admitidos en la públicaÉ
Es necesaria la acción política para que se cumplan las leyes.
Con la política (y la moral ) se puede profundizar en la democracia, en una época en la que los poderes de la globalización nos están haciendo regresar al pasado y la ola conservadora (como un nuevo Napoleón a caballo, como diría Hegel) se extiende por toda Europa.
La sociedad debe saber, además, que las políticas sociales no pueden cubrir todas las necesidades de todos los individuos. La justicia distributiva pide esfuerzos para todos, especialmente para aquellos que más tienen. El mismo filósofo liberal norteamericano Jonh Rawls, a pesar de ser cristiano o precisamente por ello, defiende una justicia política "antimeritocrática, con unas bases sociales de respeto debidas a la igualdad de las libertades básicas, a la igualdad de oportunidades y si hay desigualdad sólo será en beneficio de los menos favorecidos".
Las necesidades fundamentales en educación y sanidad son las primeras que, en un Estado de Bienestar, deben llegar a todos.
Sólo la educación pública ha de sufragarse íntegramente por el Estado. Sólo así los centros públicos estarán lo suficientemente dotados, se podrá afrontar la atención a la diversidad, el reciclaje del profesorado, el material necesario, etcétera. Pero, desgraciadamente, no creo que figure entre los propósitos de los gobernantes derivar los presupuestos hacia una enseñanza pública de calidad.
Mi experiencia docente de muchos años y como partícipe de las reformas en la asignatura de Filosofía de la que soy especialista (así nos forman en la Universidad), es frustrante en cuanto la Filosofía ha sido expulsada de los centros de Bachillerato. Salvo los alumnos de Letras, los demás no tienen contacto con la Filosofía en una época caracterizada por una ausencia de valores. Conozco a una antigua alumna, catedrática de Griego, que anda por el instituto enseñando a los alumnos "habilidades sociales" o algo parecido. ¡Qué pérdida de energía! ¿En qué va a consistir el reciclaje del profesorado?
Y, entretanto, faltan buenos carpinteros, buenos electricistas, etcétera, porque a la formación profesional no se la ha dado el valor que realmente tiene. Y se obliga a muchos alumnos a soportar unas clases que no les interesan. Perjudican al resto de alumnos y quitan autoridad moral al profesor. Sin embargo, la palabra maestro significa la culminación de la reverencia hacia una persona, porque es un ejemplo para los demás. Maestro de sabiduría fue Sócrates que, sin embargo, fue condenado por los enemigos de su magisterio (defendía la justicia y la verdad frente a los poderosos: la defensa de los valores representa un gran peligro en una sociedad corrupta) y murió envenenado haciéndole libar la cicuta.
Maestro, según la Biblia, fue Jesús y le condenaron sus enemigos los poderosos a morir en la cruz porque le temían. Se acostumbraba a descalificar a los maestros cuyo escaso sueldo condicionaba su falta de prestigio social. Vivimos en una sociedad inculta donde la sabiduría no cotiza como valor en alza.
Esperemos que el ministro pueda ir consiguiendo algunos progresos a través del diálogo con las fuerzas sociales, antes de que nos dañe definitivamente la "burbuja educativa".