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Primarias... ¿qué primarias?

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MANUEL ALCARAZ RAMOS El PP no tiene problemas para nominar a sus candidatos. Por aquí se ha puesto de moda la autoproclamación, aunque parece que para ulteriores nombramientos será mérito relevante estar imputado o, al menos, aparecer citado en un sumario judicial. La Constitución exige a los partidos tener un funcionamiento interno democrático, pero al PP puede pasarse años sin convocar a afiliados u órganos de dirección. Manda el que manda. Hasta hace poco mandaban dos, pero desde que los dos están en los papeles por la cosa de la corrupción, se han hermanado. La cosa aguanta porque a los propios afiliados no les importa: al menos aquí el PP se ha convertido en una maquinaria clientelar que proporciona beneficios a los adeptos, aunque no sean cargos públicos. Y hay algo en la cultura política de la derecha española que le lleva desconfiar de fórmulas participativas.
Magro consuelo para los socialistas son los tics antidemocráticos del PP, en particular si no son capaces de usarlos como palanca ideológica o electoral. Y es que cuando se critican las prácticas conservadoras, a veces, aflora una especie de indisimulada envidia: es tan cómodo poder hacer listas triunfadoras sin angustiasÉ Pero al PSOE le es imposible, una y otra vez. La cultura política de los socialistas es mucho más democrática y participativa, pero lo malo es que eso se evidencia sobre todo cuando van mal dadas. Si la cosa va bien, la nostalgia por los tiempos en que quien se movía no salía en la foto reaparece con fuerza. El PSOE, pues, tiene un problema: la ambivalencia para la designación de sus candidatos bascula al socaire de sus resultados electorales, de tal manera que debe abordar la cuestión, en toda su intensidad, cuando las expectativas son peores, cuando las tensiones se agudizan. Las primarias, que son vistas como un innecesario fantasma en épocas de vacas gordas, se hacen carne cuando las vacas flacas pastan por las asambleas y hay poca hierba que comer.
Solemos tener como modelo a EE UU. Pero allí hay varias modalidades, al igual que en otros lugares. Por eso el traslado mimético no es oportuno. Sin embargo existen estudios -recuerdo uno de la Fundación Alternativas, que los dirigentes socialistas deberían ser capaces de leer- que muestra cómo primarias bien diseñadas y practicadas con lealtad dinamizan la política y mejoran la imagen de los partidos que las usan. Lo malo es que, aquí, se está usando de la fórmula de manera cicatera y hasta surrealista. En primer lugar porque las primarias se lanzan, esencialmente, cuando se aprecia, vía encuestas, que los presumiblemente llamados a encabezar listas van mal. Si esa es la única razón sería mejor que el partido encargara sondeos y automáticamente designara al que quede mejor parado. ¿Horroriza la idea? Claro que sí, porque tenemos presente el sueño irrenunciable de una democracia deliberativa, en la que se argumenta para tratar de convencer al elector, incluso dentro del propio partido. El problema surge cuando ese nivel de debate argumental se esfuma en la práctica de las primarias, convirtiendo lo que debería ser una manera de profundizar la democracia en su adulteración. A ello contribuyen factores a los que en otros lugares se ha buscado solución.
El primero es que no participan simpatizantes: por ello los debates giran más en torno a problemas internos que a posiciones políticas abiertas. El segundo es que, se supone, la coherencia programática no la aportan los candidatos, sino el propio partido. Pero como el partido yace ensimismado en la elección interna, a nadie parece preocuparle lo que los candidatos vayan a representar: las primarias se autocaricaturizan, se convierten en pura imaginería. El tercero es que el candidato, que gozará de la legitimidad que le aporta el sufragio universal, no puede confeccionar la lista, por lo que es posible que aquellos que pierdan ganen la batalla, decisiva, del equipo. La cosa es mucho más grave cuando esa lista depende de apaños difícilmente confesables entre jefes de familias autoperpetuadas, sindicatos de repartirse las migajas del poder sin referencias ideológicas que soporten un debate racional. El cuarto es que las direcciones no pueden mantenerse neutrales, en parte porque viven el proceso como un fracaso -sobre todo si el secretario general de turno quiso ser candidato- e intentan, una y otra vez, aportar candidatos de consenso, lo que, en definitiva, anula la virtualidad de las primarias mientras se cantan sus virtudes. Y tanto más cuando algunos ya cuentan los votos para el próximo congreso del partido, que preocupa más que las elecciones.
El resultado, en fin, nunca puede ser bueno pues obedece a una paradoja de imposible resolución: tras años de postración e impotencia, parece que las bases socialistas y la mayoría de sus cuadros sólo esperan la emergencia de un líder carismático que les redima de sus propios pecados. Pero ese líder difícilmente saldrá de unas primarias-espectáculo como el que vemos en Alicante. ¿Cómo podría salir si son desautorizados los candidatos antes de abrir la boca?, ¿cómo, si se asiste a una especie de subasta de nombres sin que conozcamos el contenido de lo que proponen?, ¿cómo, si muchos saltaron contra el primer propuesto que aseguraba rigor, experiencia y una nítida imagen de contraste frente al PP?, ¿cómo, si un candidato con recursos parece representar un intento de las élites económicas de evitar poner todas las magdalenas en el mismo cesto, pero sin alterar el esquema de ciudad conocido?, ¿cómo si a algunos se les invita a participar en un proceso de manera que se subvierten las bases mismas de ese proceso? Ha habido una lógica poética en que uno de los invitados sea un especialista en riesgos naturales y en perturbaciones climáticasÉ En fin, a distraernos, que es lo que nos ofrecen. Las primarias deberían servir para que los electores siguieran con interés las ideas de aquellos a quienes les gustaría votar. Estas, me temo, sirven para que muchos decidan a qué partido no piensan votar. Al fin y al cabo se parecen cada vez más a una carrera de galgos: la liebre es el humo de la victoria y las cenizas de la razón. Y esa película ya la hemos visto. Demasiadas veces.

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