CIPRIANO TORRES
Hace años, ayudando con su muerte a la descontaminación ponzoñosa del aire, se fue el racial y estentóreo Jesús Gil, el de los caballos, el de las corruptelas, el quinqui barrigón que confundía lo público, Marbella, con lo privado, sus negocios, y que se bañaba en la pileta de Tele 5 rodeado de niñas con las tetas turgentes. Estos días llegó a Italia un tipo extravagante que no sale de su tienda beduina si no es para atraer la atención con su espectáculo de circo carísimo pero apestoso y grasiento. Muammar el Gaddafi sabe de qué va esto, y la lía. Entiende a la perfección la sociedad del espectáculo, y él lo hace a lo grande. Otra cosa es que también consiga que algunos espectadores incrédulos tengan que ir al baño varias veces para evacuar. Sabemos que el líder libio hace negocios con el líder del implante capilar y operaciones de estética italiano. Hablan el mismo idioma.
Por eso Silvio Berlusconi, en vez de alarmarse por convertir una visita de Estado en un plató de televisión, llama a las cosas por su nombre. Es sólo folclore, ha dicho el pájaro. También podía haber dicho es el dinero, estúpido, es el dinero. Esta chusma de altura es lista, y maneja los cebos como auténticos maestros. Por eso el libio se trae de su país 30 caballos bereberes, una cantidad llamativa, pero menor que las 500 jacas de menos de 30 años contratadas por una agencia de modelos para rellenar el auditorio en el que Gaddafi trataría de convencerlas de que el islam es la religión que nos espera en Europa. Así, medio obnubilados por la estridencia, los caimanes de la política pueden firmar sus pactos con sosiego sabiendo que el populacho se entretendrá con las cáscaras de la nuez, pero sin alcanzar la pulpa. Bajo los focos, los chorizos se mueven mejor.