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Alicante para el recuerdo

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Alicante para el recuerdo
Alicante para el recuerdo 

Desaparecieron las esperanzas. Después del último tragicómico acto protagonizado en Alicante, se acabó lo que se deba. Acabamos de liquidar la última huella de que esta ciudad, esta provincia, significaran algo por sí solas. Sí, no se equivocan, estamos hablando de CAM. Y después del trance, posiblemente, haya llegado el momento de reflexionar, cuando no de pedir responsabilidades acerca de un hecho incontestable. ¿Cómo es posible que esta provincia, que es la cuarta de España en todo, pese tan poco? Posiblemente porque, parafraseando lo que los mexicanos dicen de EEUU, nos encontramos, tan lejos de Dios y tan cerca de Valencia.
Pero la respuesta puede parecer cualquier cosa menos sencilla, tal vez porque desconfiamos siempre de las respuestas sencillas. Y la sencillez sólo podría conseguirse si afirmamos que tenemos unos representantes políticos, empresariales y sindicales que, lejos de dar la talla, parecen sólo preocuparse de sí mismos. El olvido frecuenta sus intereses y parece preocuparles poco el ofrecer alguna alternativa. Para eso hay que escuchar, pensar y razonar, es decir, hay que saber ser líder justo lo que no posiblemente no tenga esta sociedad que está más necesitada que nunca de sentirse orgullosa de un adalid que ofrezca un camino que no conduzca al desastre al que parecemos encaminarnos de forma indefectible.
Hace algunos años, en los tiempos en los que un PSOE omnipresente gobernaba la mayor parte de las administraciones, hubo intentos, monopolizados en aquellos momentos por un PP ascendente, en los que parecía que había quien se preocupaba porque los alicantinos no quedaran olvidados, no quedaran relegados en la toma de decisiones. Pareció, incluso, que esta sociedad estaba viva, que pedía, que reivindicaba, aunque a veces las peticiones pudieran parecen excesivas. Pero el papel del dirigente si quiere tener trascendencia local debe ser ese. No hace falta ser de mayo del sesenta y ocho para decir: ¡seamos realistas, pidamos lo imposible! Hay que reivindicar, pedir lo que necesitamos e incluso algo más, aunque luego sea necesario admitir algún que otro recorte porque al compromiso reivindicativo debe añadirse la sensatez. E incluso entre las filas socialistas hubo quien marcaba el camino (García Miralles, Valenzuela y algunos más) que nos hacía confiar que había quien defendía a esta tierra, a esta sociedad...
Pero bastó el triunfo del PP en Alicante y la Comunidad Valenciana para que nos diéramos cuenta que todo había sido una ilusión. Es verdad que en los primeros tiempos, posiblemente por el liderazgo de Zaplana, se mostró alguna sensibilidad hacia los intereses de esta tierra, pero pronto llegó la desilusión. En Valencia volvieron, si es que alguna vez habían dejado de hacerlo, a mirarse el ombligo y a pensar: ¡que raros son estos alicantinos! Nada que no nos temiéramos y que no esperáramos, pero lo que ha terminado provocando la indignación ha sido el quietismo, el conformismo de la sociedad alicantina, cuando se observa que se toman decisiones que nos perjudican sin que nadie, ni tan siquiera con la boca pequeña, sea capaz de decir ¡ya está bien! Ello ha puesto de manifiesto que quienes en tiempos de gobiernos socialistas en Valencia protestaban y se quejaban, no lo hacían porque estuvieran convencidos de sus quejas, sino que estaban siendo instrumentalizados en una batalla política. O que posteriormente fueron compensados para conseguir su silencio con su participación en contratos públicos o en plusvalías inmobiliarias. ¿Hace falta que pongamos ejemplos de cuanto decimos?
Pero lo ocurrido con CAM resulta prueba evidente de lo que es la sociedad alicantina; aquí cada uno va a lo suyo, o mejor dicho a lo suyo, suyo, pero que muy suyo. Y si quien protesta se enriquece, pues se protesta, pero no porque preocupe el futuro colectivo, que con tener un presente particular cómodo y bien recompensado, pues basta.
Y así no vamos a ninguna parte, si es que alguna vez hemos sabido hacia donde queríamos ir. Lo ocurrido con CAM resulta sumamente significativo. Ahí los únicos que han sabido qué hacer han sido quienes han querido arreglar lo suyo. Mejor dicho, lo suyo, suyo pero que muy suyo. El mantenimiento en el mando, o si se quedaban fuera, quedar bien acolchaditos ha sido su máximo interés. El resto, como aquellos payasos bajo la lona del circo de la obra del autor alemán: perplejos. Y si mientras hemos dejado que el presidente de los valencianos, que debería actuar también como si lo fuera de los alicantinos, boicoteara otras alternativas menos perjudiciales, pues ¡no importa! ¡Ande yo calienta y ríase la gente! Y eso por no hablar de que han sido decisiones tomadas en buena parte desde Valencia las que han provocado las dificultades financieras de la que era "nuestra" entidad de crédito. Con la colaboración de algunos de los de aquí, por supuesto. Y no vale con decir, aunque sea verdad, que Bancaja aún estaba peor. Y por cierto, los leones de la Cibeles aún están asombrados de oír las carcajadas que salen del Banco de España cuando se lee que CAM, sin el SIP, superaba el test.
Pero, en fin, somos como somos y muchos piensan que tenemos los que nos merecemos. Si se invierte el dinero a espuertas en la Ciudad de las Artes y las Ciencias, si se pagan festivales operísticos a precios de oro, todo ello en Valencia, si, aunque el corredor ferroviario a Alicante sea el más rentable, se pospone al de Valencia, si se regala dinero al Valencia CF y nuestro Hércules debe contentarse con las migajas, si nuestra Alicante (o nuestro Elche, o nuestra Elda o nuestro Alcoy) no mejora mientras que han convertido Valencia en una ciudad modélica; en definitiva si todo ello ocurre con nuestro silencio, es que estamos siendo cómplices de lo que ocurre. Y para acabar, si Bancaja se sale de rositas, mientras que el president (que ni tan siquiera podemos ya considerar nostre) hace mangas y capirotes con nuestra CAM, es que tenemos lo que nos merecemos.
Tal vez porque, como en el poema de Salvador Espríu, nosotros seamos de la misma manera, seamos iguales de aquello que criticamos, que aguantemos todo lo que nos echen, "com aquesta dissortada pàtria nostra".







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