CON OTRA CARA

Urbanidad

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Isabel Vicente Recuerdan que andaba yo el otro día preocupada por si mi aversión a los niños en los restaurantes es un síntoma de una creciente intolerancia hacia el género humano? Pues bien. No sé si sirve de descargo pero los hay peores. Les cuento... Mi cría adolescente organizó el jueves una barbacoa en el jardincito del bungalow. Reunió a siete amigas y amigos, compraron unas longanizas y cuando a las diez de la noche llegué del trabajo me los encontré cenando y charlando en la terraza. Como me habían pedido permiso, saludé a los chavales y me puse a ver una peli en el salón, no sin antes rogarles que no hicieran mucho ruido, que una para eso es muy mirada. Sobre las diez y media pusieron música en el radiocasete, un chun chun algo impertinente primero y Bisbal después, lo que me dejó más tranquila. Además, pensé: si yo desde el salón que está al lado de la terraza puedo seguir la peli sin problemas, y eso que es argentina, no creo que estén molestando a nadie. Con todo, a las once y media, como habíamos convenido, recogieron y se marcharon. Cinco minutos después, llaman al timbre. Abre el pequeño y me llama con un hilo de voz porque, al pobre, vaya usted a saber por qué, le imponen mucho los uniformes."Mamá, es la Policía. Que salgas". ¿Hay fuego?, ¿alguien ha tenido un accidente?, ¿me he dejado el coche con las luces puestas?... Enseguida me sacaron de dudas: "Hemos recibido una denuncia por celebrar una fiesta". Les aseguro que, así de golpe, no sabía de qué me hablaban. ¿Qué fiesta? Si nadie se ha quejado... ¿Son los amigos de mi hija disfrazados para gastarnos una broma? Joder, ¿a que me pierdo el final de la peli?... Todo esto cruzó por mi cabeza en el tiempo en que logré enlazar en mi cerebro la presencia de los dos policías uniformados en la puerta con la barbacoa de mi hija. Ya me veía pasando la noche en el calabozo pero dado que a esa hora, doce menos veinte, lo único que se oía en mi casa era a Ricardo Darín confesando por fin su amor a la protagonista, salimos indemnes.
Vale, no me detuvieron pero reconozco que por la mañana al salir de casa me embargaba la vergüenza ¿Cómo voy yo ahora por mi urba con semejante estigma defensora como soy del estricto cumplimiento de las normas de urbanidad? ¿Puedo vivir señalada como la consentidora o incluso instigadora de semejante juerga? ¿Vendo la casa y me marcho del barrio?... Puf.







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